El mundo poético de Emily Dickinson recopilado en un libro

Inédita en su época, desde que fuera publicada gracias a su hermana Lavinia, la poesía de Emily Dickinson la ha convertido en una de las grandes figuras de la lírica norteamericana.

Emily Dickinson

No es frecuente que un escritor de mediados del siglo XIX conserve plena vigencia hoy. Sin embargo, la gran poesía es atemporal y los temas que cultiva responden a las inquietudes más profundas del ser humano, que por esto mismo son universales y comunes a cualquier época. Quizá en todo ello -y en su sencillez- resida el éxito que, aún hoy día, conserva la lírica de la norteamericana Emily Dickinson (Amherst, Massachusetts, 1830-1886).

Precisamente ahora contamos en el mercado con un libro que compendia toda su obra poética. Ha sido publicado por la Editorial Amargord y la traducción ha corrido a cargo de Enrique Goicolea. Se trata de un volumen completo que contiene mil setecientos ochenta y nueve poemas repartidos en mil treinta y dos páginas de magistral lírica.

No deja de resultar curioso el caso de Emily Dickinson. Formada en el estricto puritanismo protestante de Norteamérica, tan sólo publicó un puñado de poemas en vida. Por tanto, su obra permaneció inédita hasta después de su muerte. Sería su hermana Lavinia la responsable de que llegara a los lectores tras realizar una ingente labor de recopilación y buscar afanosamente una editorial dispuesta a publicarla. Desde ese momento, la fama de Dickinson no ha dejado de crecer y hoy es considerada, junto a Walt Whitman, la principal figura de la lírica estadounidense del siglo XIX. Pero, si extraño es el camino seguido por su obra, no menos lo es su trayectoria vital, pues a los treinta años se apartó de la sociedad para vivir retirada en su casa como una ermitaña que muchas veces ni siquiera salía de su habitación.

Como toda buena poesía, la de Emily Dickinson revela varias influencias pero, sobre todo, se aprecian en ella la de la Biblia y la de otra figura de las letras norteamericanas de su tiempo: el filósofo y poeta Ralph Waldo Emerson, creador de la doctrina del Transcendentalismo. No obstante, como también ocurre siempre con la lírica de calidad, la de la poetisa de Amherst consigue asumirlas y alcanzar una voz propia y original.

Casa Dickinson

Sus composiciones se organizan en estrofas breves y su léxico es sencillo, aunque envuelto en una sintaxis que enriquece la palabra corriente con nuevas connotaciones. Y es que habitualmente la poesía, cuanto más simple parece, mayor trabajo de creación y depuración requiere. De hecho, la propia autora señalaba para describir su proceso creativo lo siguiente: “Si tengo la sensación física de que me levantan la tapa de los sesos, sé que eso es poesía”. En cualquier caso, la amalgama de temas universales con sus propios sentimientos personales otorga a su lírica una franqueza que la hace muy cercana y, probablemente, en ello reside otro de los secretos de su éxito.

La edición que ahora nos ofrece Amargord clasifica los poemas en cuatro partes: ‘La Mañana’ o las primeras composiciones, ‘El Mediodía’ o las escritas entre 1862 y 1865, ‘La tarde’ o textos finales y ‘Poemas sin fechar’. En cuanto a los temas, destacan los dedicados al amor y los que reflexionan sobre la muerte. Pero, sobre todo, Emily Dickinson es una gran poetisa de la Naturaleza, a la que supo observar de una forma transcendente. Todos sus elementos están presentes en la creación de la escritora norteamericana, desde sus criaturas hasta los fenómenos meteorológicos, pasando por el paisaje o la cúpula celeste, y todos ellos son expresados a través de las sensaciones que en ella despiertan, rasgo muy propio del espíritu romántico en que se formó. Para los seguidores de Dickinson y para los amantes de la buena poesía en general, esta edición de su obra es una joya literaria.

Fuente: ‘El País’.

Fotos: Jemimus y Dpape.

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