Franz Kafka, el existencialismo a través del absurdo

Hoy se conmemora el aniversario del nacimiento del magistral autor de ‘La metamorfosis’ y ‘El proceso’, uno de los grandes escritores de la pasada centuria.

Kafka

Tal día como hoy, tres de julio, de hace ciento treinta años nació en Praga (entonces perteneciente al Imperio Austro-Húngaro) el escritor Franz Kafka, uno de los más importantes del siglo XX. Fue, quizá, el que con más originalidad reflejó la angustia del ser humano en el mundo moderno e industrializado, al que concebía como un enorme mecanismo que reducía a la persona a mera pieza de su engranaje, incapaz de entender su papel en él y mucho menos de descifrar las leyes que lo rigen. Y, en este sentido, ha sido considerado precursor de las corrientes existencialistas que recorren toda la pasada centuria.

Perteneciente a una familia de clase media, estudió Derecho pero jamás ejerció esta profesión. Trabajó en una compañía de seguros mientras su delicada salud se lo permitió. Pero lo más curioso de su biografía es que buena parte de sus obras han llegado hasta nosotros casi por casualidad o, por mejor decir, gracias a la traición de un amigo.

Antes de morir, Kafka encargó a su albacea Max Brod que destruyese todos sus manuscritos. Sin embargo, éste no le hizo caso y supervisó la publicación de buena parte de ellos. El resto, que obraba en poder de la última compañera del escritor, Dora Diamant, fueron ocultados para evitar que cayeran en poder de la Gestapo ?el escritor era judío- y bastantes de ellos se han perdido. En cualquier caso, la publicación de las obras de Kafka suscitó pronto el interés de la crítica, una admiración que fue creciendo hasta convertirlo en uno de los autores más influyentes de la segunda mitad del siglo XX al tiempo que aquélla vertía ríos de tinta tratando de interpretarlas y darles así sentido.

En lo que casi todos están de acuerdo es en el carácter existencialista de sus relatos: Kafka nos brinda su visión del Hombre en el mundo contemporáneo, una criatura indefensa ante una poderosa y anónima maquinaria que no acierta a comprender. Ello desemboca, forzosamente en la alienación. Pero lo más original es su forma de mostrarlo, muchas veces a través de lo fantástico, que en él se combina de forma natural con lo cotidiano, y otras mediante la reducción al absurdo.

praga

Magistral muestra de lo primera es ‘La metamorfosis’, cuyo protagonista, Gregor Samsa, un hombre corriente, se despierta un día convertido es un repugnante insecto, lo cual provoca el rechazo de su familia. Y, de lo segundo, ‘El proceso’, en el que un empleado bancario de nombre Joseph K. es arrestado un día y sometido a un largo y penoso juicio aunque jamás llega a saber de qué se le acusa. O ‘El castillo’, donde el agrimensor K. intenta una y otra vez inútilmente acceder a las misteriosas autoridades que gobiernan el pueblo en que vive. Estos tres relatos constituyen, probablemente, lo más granado de la producción kafkiana pero la sola enumeración de otros títulos nos da idea de la insistencia del escritor checo en los mismos temas: ‘Ante la Ley’, ‘La colonia penitenciaria’, ‘Un artista del hambre’ o ‘La obra’.

El estilo literario de Kafka se ha relacionado, por una parte, con el expresionismo y, por otra, con el surrealismo. Al primero le debe su redacción poco minuciosa pero enormemente significativa y, al segundo, esa combinación de lo fantástico con lo real y cotidiano que era capaz de congeniar de forma magistral (cómo si no leer con naturalidad la trama de ‘La metamorfosis’, por ejemplo). Todo ello desemboca en un profundo simbolismo. En este sentido, ha habido críticos como Hannah Arendt o Adorno que han defendido el sentido puramente literario de las obras kafkianas, sin mayores intenciones parabólicas. No podemos estar más en desacuerdo, ya que es imposible una interpretación de sus libros sin buscarles un sentido profundo y enormemente humano, el que lo erige como el autor que más originalmente ha sabido expresar la alienación del Hombre moderno a través del absurdo.

Fuente: The Kafka Project.

Fotos: Christiaan Tonnis y Fredéric Chateaux.

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