Luis de Góngora: El incomprendido “ángel de tinieblas” del siglo de oro

“Vuestros profesores, con raras y modernas excepciones, os han dicho que Góngora era un poeta muy bueno, que de pronto, obedeciendo a varias causas, se convirtió en un poeta muy extravagante (de ángel de luz se convirtió en ángel de tinieblas, es la frase consabida) y que llevó el idioma a retorcimientos y ritmos inconcebibles para cabeza sana…” Con estas palabras, nuestro recordado Federico García Lorca, comenzó una de sus magistrales conferencias literarias sobre la historia de nuestra poesía. Al igual que en aquellos años de la “generación del 27”, hoy, día en el que se cumplen 380 años de su muerte, Luis de Góngora y Argote sigue siendo objeto de análisis y admiración. Ejemplo de este afán por el estudio del ilustre poeta del “Siglo de Oro”, son páginas como Proyecto Góngor@ que intentan centralizar toda la información sobre el autor y su extensa obra.

Luis de GóngoraSobre su vida, sólo unos breves apuntes que comienzan con la fecha de su nacimiento, el 11 de junio de 1561. De distinguida cuna cordobesa, Góngora llega a convertirse en un joven libertino que se entrega a las letras de arte menor, como demuestran las canciones, letrillas satíricas y romances compuestos en aquellas décadas. Tanto es así que, por ellas, deja inconclusa la carrera de Derecho que había comenzado en la entonces reputada universidad de Salamanca. Sin embargo, con el tiempo consigue ser ordenado como sacerdote en la catedral de Córdoba, a la edad de 45 años. Después, y gracias a la mediación de su protector, el duque de Lerma, es nombrado capellán de honor del rey Felipe III, tras lo cual marcha a Madrid, en el año 1617.

Ya en la capital, pasa a intensificar lo que muchos estudiosos de su obra llaman la segunda época de Góngora, claramente identificada desde el año 1610 con su oda “A la toma de Larache”. Dicha etapa se caracteriza especialmente por una complejidad extrema en sus composiciones. Complejidad esta, que consigue con el uso de oscuras metáforas, abundantes referencias a la mitología griega, así como de numerosos cultismos, que buscan una vuelta a las raices latinas del lenguaje castellano. No es de extrañar que los detractores de este nuevo movimiento lo designaran con el nombre de «culteranismo», tildándolo así de herejía poética. Entre dichos enemigos literarios y personales se encuentra Francisco de Quevedo, con el que sostuvo intensas batallas en verso. Baste como ejemplo de dicho duelo poético el conocido soneto satírico que empieza con un “Érase un hombre a una nariz pegado…” que Quevedo le dedica a la nariz de su enconado opositor.

Acercándose los años del ocaso de su obra, Góngora aborda una de sus más emblemáticas creaciones, “Soledades”, claro exponente del estilo gongorino en su momento más culterano. Sin embargo, la enfermedad, que le priva de la memoria en sus últimos años, hace que quede inacabada, componiendo sólo dos de las cuatros soledades que preveía el autor. Enfermo y arruinado, el poeta vuelve a su casa en la ciudad de Córdoba donde fallece por una apoplejía, un día tal como hoy, de un 1627, a la edad de 65 años. Llegados aquí, y citando nuevamente al maestro Lorca: “Góngora ha sido maltratado con saña y defendido con ardor”, no obstante, y sin lugar a dudas, cuando hablamos de él, estamos hablando de uno de los más grandes poetas que ha tenido nuestra lengua.

Su obra | Proyecto Cervantes

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