Recordando a Gustave Flaubert

El pasado 12 de noviembre se cumplieron 195 años desde el nacimiento del novelista francés, gran figura de la Literatura Universal gracias a su ‘Madame Bovary’.

flaubert

Tres magníficos escritores personifican la gran literatura realista del siglo XIX en Francia. Uno es Stendhal, todavía con tintes románticos y autor de clásicos de las Letras Universales como ‘Rojo y negro’ y ‘La cartuja de Parma’. Otro es Honoré de Balzac, creador de todo un universo narrativo compilado en su ingente ‘Comedia humana’, quizá la saga más ambiciosa que se haya propuesto nunca un escritor pues, inacabada, consta de 85 novelas completas donde se retrata a la sociedad gala de su tiempo.

Y, finalmente, tenemos a Gustave Flaubert, de cuyo nacimiento se cumplieron 195 años el pasado 12 de diciembre y seguramente el mejor dotado estilísticamente de los tres. No en balde, es famosa la anécdota de que podía pasarse un día entero buscando la palabra adecuada, prueba evidente de su obsesión por el texto bien acabado.

Flaubert nació en Ruan -como decíamos- el 12 de diciembre de 1821, hijo del cirujano Achille Cléophas, que, por cierto, le serviría de modelo para el doctor Laviriere, personaje de su obra maestra. Pasó su juventud estudiando Derecho en París aunque más bien se dedicó a la bohemia. Allí trabó amistad con figuras literarias como Víctor Hugo, con quien haría un viaje a los Pirineos. Sin ninguna vocación para la abogacía, dejó la universidad y regresó a Ruan, donde pasaría el resto de su vida, salvo esporádicas estancias en la capital y algún que otro viaje al extranjero. Nunca se casó y la relación más prolongada que tuvo fue con la poetisa Louise Colet, que se prolongó 10 tormentosos años y que nos ha dejado una extraordinaria correspondencia. Murió el 8 de mayo de 1880 a la edad de 58 años.

Aunque ya había escrito una novela a los 17 años titulada ‘Memorias de un loco’ y después ‘Noviembre’, la etapa verdaderamente importante de Flaubert como literato empieza tras su vuelta a Ruan. Primero escribió una primera versión de ‘La tentación de San Antonio’ que no le dejó nada satisfecho y, en consecuencia, reharía más tarde casi por completo.

No obstante, pronto comenzó a redactar la que sería su obra maestra y una de las cimas de las Letras Universales: ‘Madame Bovary’, que le llevó casi 60 meses y apareció en 1857 acarreándole, por cierto, un proceso judicial bajo la acusación de atentar contra la moral pública del que sería absuelto. Tal fue el revuelo que se formó en torno a la novela.

En honor a la verdad, ‘Madame Bovary’ se difundió por entregas en ‘La Revue de París’ el año anterior pero eso es mucho menos importante que el valor de la obra, cuyo tema es el adulterio aunque ello sólo si la leemos de forma superficial. Porque en la actitud de Emma Bovary, la protagonista, hay mucho del hastío y la insatisfacción vital que dejó el Romanticismo. Algo que también hallamos, por cierto, en la Ana Ozores de Clarín y en la Ana Karenina de Tolstoi.

Si bien el principal, no es éste el único argumento de la novela. También hay en ella una crítica de la sociedad francesa de su tiempo y todo envuelto en una prosa labrada con cincel fruto del ingente trabajo estilístico de Flaubert.

Para ser sinceros, debemos decir que éste ya nunca alcanzó la altura literaria de ‘Madame Bovary’. Sus restantes obras son inferiores aunque de magnífica calidad y por tanto merecen un repaso. Cronológicamente, la que apareció a continuación fue ‘Salambó’, una mezcla de novela histórica y fábula al estilo de Oriente. Nos lleva a la Cartago del siglo III antes de Cristo para convertir en personaje principal de la trama a una hija de Amílcar Barca (y, por tanto, hermana de Aníbal), de la cual se enamora un mercenario llamado Matho. No hace falta decir que, con tal argumento, Flaubert pudo permitirse toda su brillantez estilística y además, del rigor de su trabajo, nos da idea el hecho de que incluso viajó a Túnez para visitar las ruinas de la antigua ciudad fenicia.

Tras esta obra, publicó ‘La educación sentimental’, donde narraba las andanzas de un joven lleno de ideales que se enamoraba de una mujer mayor que él. No es difícil ver en Frédèric Moreau, el protagonista, un trasunto del Flaubert mozo. Y a continuación, por fin, apareció ‘La tentación de San Antonio’, una suerte de drama filosófico inspirado en un cuadro de Pieter Bruegel donde el santo tiene que rechazar lo que le ofrecen distintos personajes alegóricos como la Lujuria o la Muerte.

En fin, el libro ‘Tres cuentos’, integrado por los titulados ‘Un corazón sencillo’ (historia de una desdichada sirvienta normanda), ‘La leyenda de San Julián el Hospitalario’ (otra vez sobre la vida de un santo) y ‘Herodías’ (inspirada en la historia bíblica de Salomé), completa la producción narrativa del autor galo. No debemos olvidar así mismo los textos sobre sus viajes que escribió. No es mucho para toda una vida pero ello nos da idea del rigor con que Flaubert trabajaba sus obras, casi hasta la obsesión. Quizá por ello, es considerado una de las grandes figuras de la Literatura Francesa y su ‘Madame Bovary’ un clásico de las Letras Universales.

Vía: ‘Aloha Criticón’ / The Literature Network’

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