La nómada biografía de Voltaire

El papel del intelectual es vigilar al Poder. Pero, a veces, aquél prefiere vivir a costa de éste y suele acabar mal. Esto le ocurrió, entre otros muchos, a Voltaire, cuya biografía se halla plagada de encuentros y desencuentros con los monarcas europeos de su tiempo.

Es función del intelectual la permanente y férrea vigilancia del Poder para denunciar sus desmanes. Por ello, ambos jamás podrán estar de acuerdo. Sin embargo, algunos pensadores del pasado –y también del presente- cayeron en la tentación de querer vivir a cuerpo de rey a costa de aquéllos a quiénes criticaban y así les fue.

Algo de ello le sucedió a François Marie Arouet (París, 1694-1778), conocido universalmente con el seudónimo de Voltaire. Calificado por los jesuitas con quiénes estudió como «niño inteligente pero pillo redomado» y, ya entonces, devorado por «la sed de celebridad», su vida transcurre entre el papel de protegido de los grandes monarcas europeos que admiraban su talento y el de repudiado y perseguido con saña por éstos mismos.

Foto de un busto a Voltaire

Busto de estilo clásico realizado a Voltaire

Como es lógico, sus vicisitudes comenzaron en su propio país, cuando, al poco de cantar loas al advenimiento de Felipe de Orleáns al trono, escribe una sátira que le propicia primero un destierro y, más tarde, once meses de reclusión en la Bastilla.

Sin embargo, al salir de prisión, estrena su tragedia Edipo y se corona como sucesor de Pierre Corneille y Jean Racine. Los salones aristocráticos e incluso la Corte le abren sus puertas y él les compensa con aduladoras composiciones.

Como tanta dicha no podía durar, en 1725, tras un incidente callejero con un aristócrata, termina de nuevo en la Bastilla. De ella saldría desterrado camino de Inglaterra, donde había sembrado su llegada enviando versos al Rey Jorge. Allí vivió de nuevo frecuentando a la alta sociedad y admirado por todos.

Pero retornó a Francia, donde aún escocían sus andanzas y, como no se resignaba a permanecer en segunda fila, aprovechó la invitación de Federico II de Prusia y se marchó a Berlín. Allí se convirtió pronto en consejero del monarca y las cosas le fueron bien durante un tiempo. Pero no podía durar mucho.

En esta ocasión fueron unas palabras de éste las que provocaron el cisma. Federico dijo en una reunión privada que se proponía «sacar todo el jugo a Voltaire como a una naranja y luego arrojar su corteza».

El filósofo, ofendido, escapó con un manuscrito del rey con el que se proponía ridiculizarlo ante toda Europa. Fue detenido en Francfort y de nuevo encarcelado. Finalmente, le desposeyeron de todos sus papeles y le expulsaron de Prusia como si de un criado ladrón se tratara.

Avisado por sus tristes experiencias, esta vez se asentó en la frontera franco-suiza para poder cambiar de país según le fuesen mal las cosas en uno u otro. Allí vivió hasta que, sorprendentemente, regresó a París para morir.

Si bien es verdad que los aristócratas nunca han tenido, precisamente, mucha estima por el pueblo llano, algo debía tener también Voltaire para condensar en su biografía peleas y trifulcas con las cortes de media Europa.

Fuente: Cibernous.

Foto: Busto de Voltaire: Dr. Jd en Flickr.

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