1984, novela futurista de George Orwell

1984 de George Orwell

1984 de George Orwell

Winston Smith vive en un mundo igualitario, dominado por el Partido y en el que el Gran Hermano no permite la diferencia ni la discrepancia, entendiendo la diversidad como crítica. Él y una mujer tratan de alejarse de la vida de los trajes azules y las cámaras, en una huída hacia ningún lugar que los lleva a enfrentarse con el Gran Líder.

La primera, y tal vez mayor, genialidad de 1984 de George Orwell, acontece en el momento mismo de su concepción. Imaginar un futuro, medio siglo después, en un periodo histórico tan convulso como el que vivía el autor, es un prodigio de visualización y de capacidad de proyección.

No sólo concebir escenarios o personajes, envueltos en un contexto distante, lejano en el tiempo, del que nada sabemos, pero que las palabras hacen real. Tan cierto como si, en vez de un libro de ficción futura, fuera una novela histórica. Orwell va más allá e imagina, con todo lujo de detalles, todo un planeta, sus países y las relaciones de poder que en él se dan.

Obvio es que ese futuro imaginado, guarda muchas de las coordenadas de la época histórica en la que vivió  el escritor inglés. Con la humanidad envuelta en guerras mundiales como único medio para dirimir diferencias, la pesadumbre invitaba a pensar que esas ansias militares iban a perdurar muchos años, convertidas las armas en la única vía de comunicación entre naciones.

Naciones que pasan de amigas a enemigas con el cambio de estación, porque lo único importante son los intereses particulares. Después ya se encargan los libros de texto y la propaganda periodística de modular la historia y la opinión de la sociedad.

Ese es el trasfondo más trágico de la novela. El libro narra la relación entre un hombre y una mujer, tan distantes entre sí que la única forma de encontrarse que tienen es en medio de una colisión.

En una sociedad que busca aislar al individuo, atomizarlo rodeándolo continuamente de los demás, para mezclar el espacio privado y el público, quedando sólo un espacio, el del Gran Hermano que todo lo ve. Como todo está expuesto, el único lugar que una persona puede guardar para sí misma es el interior de su cerebro, su mente. O eso cree.

Los protagonistas están convencidos que mantienen la libertad en sus cabezas, manteniendo vivas ahí  unas llamas que esperan que entre algo de aire para arder con fuerza. Ese oxígeno llega al encontrarse. La llama les lleva a querer disfrutar de todo aquello que no tienen. No buscan cambiar la historia, la política o la sociedad en la que viven, su revolución es una revolución individual. Tal vez la única posible.

El Gran Hermano, sin embargo, tiene otros planes. Cuenta con los elementos para conquistar ese último reducto de resistencia del individuo. Esta listo para entrar en sus mentes y cerrar el círculo de sus conquistas.

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