‘Crash’, de J. G. Ballard

James Graham Ballard es uno de los últimos representantes históricos de la ciencia-ficción social, una tradición que vincula a George Orwell y Aldous Huxley con William Burroughs (‘El almuerzo desnudo’) o Anthony Burgess (‘La naranja mecánica’).

James Graham Ballard es uno de los últimos representantes históricos de la ciencia-ficción social, una tradición que vincula a George Orwell y Aldous Huxley con William Burroughs (‘El almuerzo desnudo’) o Anthony Burgess (‘La naranja mecánica’). Ballard, que publicó este año su autobiografía y fue objeto de una retrospectiva en Barcelona, entiende la ciencia ficción como anticipo y admonición: una advertencia sobre los frutos que resultan del maridaje entre la psique humana y los rasgos de la modernidad.

‘Crash’ es sin duda la más popular de este género de novelas, en parte por su adaptación al cine por David Cronenberg. Al mismo tiempo es la más terrible de leer. Ni siquiera El almuerzo desnudo mantiene tal nivel de náusea mediante la violencia y escatología dilatadas en 200 páginas. La reseña original de 1973 de The Times lo resumía así: Ballard tiene una sólida reputación pero la obsesión de esta novela por el sado-masoquismo a través de accidentes de tráfico deliberados es enfermiza. El hecho de que escriba bien lo hace aún peor.


La distopía que describe Ballard no se distingue apenas de nuestro mundo. Un carrusel industrial de coches, aviones, atascos y accidentes que recorren los circuitos de autopistas y aeropuertos. La diferencia es que sus habitantes han perdido la capacidad de distinguir entre fruición erótica y sádica. Son nuevos niños obsesionados con sus máquinas y la violencia, incapaces de otra cosa que planear sus fantasías de choques, mutilaciones, muertes y coitos entre la chatarra que fusionen al hombre con el objeto.

Prefiero pensar que Crash es la primera novela pornográfica basada en la tecnología, dice Ballard en el prólogo. Ese es uno de los rasgos más perturbadores de la novela, el que venga narrada como la pornografía de la que disfrutaría el sadismo fetichista de sus personajes. Todo está descrito con primoroso detalle: los actos sexuales, las heridas, las deformaciones, las secreciones, los olores. Las mismas imágenes se repiten insistentemente, siendo la más frecuente la aspersión de semen sobre el tablero del coche. La náusea no ofrece un momento de tregua.

El otro punto sobre el que incide el narrador Ballard es el de estilización. La repulsiva brutalidad del círculo de aficionados a los accidentes es para ellos una toma de partido por una estética. No se trata sólo de chocar por el subidón de adrenalina, lo que realmente valoran son las múltiples transformaciones que se operan en la carne y el metal. Se vuelven incapaces de copular por los medios tradicionales y deben inventar nuevas oquedades y orificios, puntos de conjunción entre la piel y la máquina.

Crash no es otra cosa que una extensa fantasía sexual al detalle sobre violencia y tecnología que el autor utiliza como declaración estética. Lleva hasta sus últimas consecuencias la independencia del arte, jugando a estilizar lo moralmente repugnante, lo que emerge del inconsciente sin el filtro racional. Estoy convencido de que en cierto sentido el escritor ya no sabe nada. – escribe – Al lector sólo puede ofrecerle el contendido de su propia mente, una serie de opciones y alternativas imaginarias.

Las opciones proliferan a nuestro alrededor. – continúa – Vivimos en un mundo casi infantil donde todo deseo, cualquier posibilidad, trátese de estilos de vida, viajes, identidades sexuales, puede ser satisfecho enseguida. Treinta años después estas palabras se han verificado en la sociedad de la información de una manera que supera sus previsiones. La realidad se transforma en una ficción acomodada al gusto del usuario, y los límites del tabú sobre la violencia y el sexo se van levantado poco a poco, como en un juego en el que gana quien va más lejos.

Ballard novela la cara oscura de este juego, una metáfora extrema para una situación extrema, un conjunto de medidas desesperadas a las que sólo se recurrirá en caso de emergencia. Es decir, se anticipa a la debacle. En 1970 organizó una exposición de coches destrozados por accidentes y puso a una chica en top-less a preguntar a los asistentes sobre sus impresiones. Su objetivo era el de hacer saltar la relación inconsciente entre violencia y sexo. Crash es exactamente lo mismo, un experimento y una catarsis con el lector como conejillo de indias.

Crash no es una obra para todos los públicos. Es un revulsivo que ataca directamente a las vísceras. Se lee para pasarlo mal. Y no todo es perdonable en nombre de la estética. Su recreación del accidente mortal de Albert Camus es sencillamente indignante. No es ya una fantasía, es a una persona real a la que se veja. Pero entonces uno piensa en la fascinación mediática por las celebridades muertas en choques, las fotografías de Lady Di agonizante entre hierros retorcidos reproducidas en todas las portadas del corazón, y realiza el alto grado de lucidez en crudo de esta novela.

Crash
J.G. Ballard
Ediciones Minotauro, 2008, 210 páginas.

Imagen de J.G. Ballard | Ballardian

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