El Fin de la Eternidad, Isaac Asimov

A modo particular, he de decir que, al contrario de lo que se piensa, El Fin de la Eternidad es la mejor novela del mítico Isaac Asimov. Y decir esto no está exento de riesgo, pues habrá quienes argumenten que la gran serie de Elijah Baley y Daneel Olivaw (por ejemplo, Bóvedas de Acero y El Sol Desnudo), o Yo Robot, son más conocidas y trascendentes. También está la excelente novela Los Propios Dioses, que recibió merecidamente un Premio Hugo y un Premio Nébula de forma merecida. Es por esto que para un autor tan prolífico como Asimov es difícil seleccionar una obra en concreto que pueda representar a todas las demás, y proclamar que El Fin de la Eternidad es la elegida no es moco de pavo.

Ya que debo defender mi postura, diré también que El Fin de la Eternidad es, junto con La Máquina del Tiempo de H. G. Wells, la mejor novela que existe sobre viajes en el tiempo. Y tanto es así, que no se necesita explicar nada más sobre la trama de este libro. Es un libro sobre viajes en el tiempo. Y punto.
Una novela admirable en todos los sentidos, que primero fue un relato de 25000 palabras, reconvertido a novela, cambiando pasajes, escenas, lugares e incluso los personajes (Andrew Harlan, que en el relato original es un personaje irrelevante, es luego el protagonista). Dicen que Asimov critica el paternalismo del gobierno en el plano actual, yo creo, más bien, que utiliza la excusa de los viajes en el tiempo para insistir en lo que muchos autores están plenamente interesados: la impotencia del ser humano al jugar a ser Dios, cuando la naturaleza queda por encima de ello y se anota un punto a su favor. Y es que algo tan intrascendente como la instrucción de un Ejecutor, llamado Andrew Harlan, a un joven llamado Cooper, se convierte en el punto de inflexión por el cual cambia radicalmente la historia de la Humanidad. Por Ejecutor entendemos a alguien que cambia el curso del tiempo, que recibe misiones para alterar ciertos acontecimientos pasados o futuros y, digamos, optimizar la historia universal.

En este sentido, Asimov no se pierde por estos lares, ni transmite confusión o inseguridad. Al contrario de lo que se pueda pensar, realiza unas explicaciones simples y nada redundantes sobre las consecuencias de cambiar el pasado o el futuro, las paradojas temporales, y sobretodo, su excelente composición de cómo el tiempo puede ser circular (por ejemplo, que Cooper es en realidad el que inventará la máquina para viajar en en el tiempo ¡en el pasado!).

El concepto de Eternidad, a su vez, como la institución que realiza y controla esos cambios, se asimila muy fácilmente, de forma que Asimov logra con el lector una empatía extraordinario y hace de El Fin de la Eternidad como la novela perfecta para los no iniciados en la literatura de ciencia ficción. Los universos que propone (véase, por ejemplo, la saga de la Fundación) son asequibles para todo tipo de lectores, y Asimov hace gala de una gran inventiva, tramas muy bien llevadas y con una lógica asombrosa y en el caso de esta novela, también nos encontramos con una gran e insólita historia de amor entre Harlan y una compañera de trabajo (Noÿs Lambent) que oculta un oscuro pasado. Imperdible, aunque con sus altibajos. Indispensable novela en la ciencia-ficción del siglo XX.

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