La fuga de Logan

Un clásico de la ciencia-ficción de los 70

Bienvenidos al siglo XXIII. Corre el año 2274 y la humanidad ha logrado la sociedad perfecta: un mundo de lujo y comodidades en el que la satisfacción de todas las necesidades, incluidas las sexuales, está garantizada. Donde la delincuencia prácticamente no existe y los escasos conatos de rebelión (siempre hay rebeldes, aunque el sistema sea impecable) son sofocados por esos hombres de la ley vestidos de negro y conocidos con el nombre de “sandmen”, a los que pertenece el protagonista del título: Logan. Un mundo en el que la población disfruta de los placeres de la vida en sofisticadas metrópolis protegidas del inhóspito exterior por enormes campanas que crean el microclima ideal; en el que los bebés nacen en incubadoras sin conocer padre ni madre y conocen una idílica existencia… hasta que cumplen los treinta años. Cuando el reloj biológico, implantado en la palma de la mano y de color variable según la edad, marca el inicio de la treintena, llega el tiempo de la renovación: los elegidos pasan de ser espectadores a protagonistas de un entretenimiento que enfervoriza a las masas y marca el inicio de un nuevo ciclo, de un renacimiento literal en alguna de las incubadoras que sustituyen con sus radiaciones artificiales el calor humano del útero materno.

La propuesta es simplemente redonda: en el mundo de Logan no existe la enfermedad ni la vejez, sólo un continuo ciclo de nacimiento y renacimiento justo antes de dejar atrás la juventud. Y sin embargo, siempre hay individuos que, cumplidos los 30, se resisten a participar en el ritual del carrusel. De ellos se encargan los sandmen, como el propio Logan (Michael York) y su amigo Francis (Richard Jordan), joviales y simpáticos pero implacables cazadores de hombres, o mujeres, cuando el deber les reclama. El precio de la rebeldía: la muerte. Logan no entiende por qué alguien puede ser tan estúpido como para arriesgar la propia vida desafiando el sistema cuando existe la posibilidad de renacer indefinidamente. Sin embargo, su inquebrantable convicción empieza a dejar paso a la duda cuando conoce a Jessica (Jenny Agutter), y especialmente cuando el ordenador del sistema elude sus preguntas y acelera su reloj biológico para convertirlo en un “runner” (fugitivo) e implicarlo a la fuerza en una misión con escasas probabilidades de éxito: encontrar un lugar conocido como el “santuario”, situado fuera del recinto seguro de la metrópolis, y destruirlo.


A partir de este momento el protagonista se transforma, a su pesar, en un elemento indeseable del sistema, a la vez que enemigo de los verdaderos “runners” por haber sido un “sandman”. Algo así como un doble agente que deja sus cartas al descubierto. Y Logan, cada vez más angustiado por las dudas (¿y si el carrusel sólo es una farsa y no existe el renacimiento, sino la simple muerte antes de perder la juventud?), decide emprender una desesperada huida en compañía de Jessica y perseguido muy de cerca por el eficiente Francis, un amigo de los buenos pero también un cabeza cuadrada que ni se plantea cuestionar las bondades del orden social que representa con su uniforme y su pistola. En su viaje a lo desconocido, Logan y Jessica se las tendrán que ver con un robot aficionado a congelar a la gente como si fuera pescado y conocerán a un pintoresco y solitario anciano amante de los gatos (Peter Ustinov) en las ruinas de lo que en su día fue el Capitolio de Washington. Logan y Jessica verán el sol por primera vez, experimentarán el frío y el calor de la naturaleza y, sobre todo, descubrirán en el rostro de un hombre los estragos del paso del tiempo. Un hombre lleno de cabellos blancos y profundas arrugas que nació de un vientre materno, conoció a sus progenitores, fue testigo de su amor conyugal y los enterró con sus propias manos cuando sus vidas se extinguieron como se apaga la llama de una vela. Obviedades de la existencia humana que para Logan y su compañera, víctimas de una ilusión, resultan tan novedosas como reveladoras.

El inglés Michael Anderson (La vuelta al mundo en 80 días), todavía en activo a sus casi noventa años, dirigió en 1976 este clásico de la ciencia-ficción, ciertamente imperfecto pero también injustamente infravalorado. La película se asemeja a otros títulos del género, como THX 1138 (1971), Zardoz (1974), 2024: apocalipsis nuclear (A boy and his dog, 1975) o la polaca Sex mission (Seksmisja, 1984), en su descripción de una sociedad aséptica y engañosa que oculta a sus ingenuos habitantes la realidad del mundo exterior, que representa la incertidumbre pero ofrece a quienes se resisten a la manipulación la recompensa de la libertad. También podemos encontrar similitudes con Fahrenheit 451 (1966), en la que el protagonista es, como Logan, uno de los brazos ejecutores del sistema hasta que su relación con una mujer empieza a poner en tela de juicio sus arraigadas convicciones.

La fuga de Logan posiblemente no fue el éxito que sus productores esperaban pero tuvo la suficiente repercusión para dar pie, al año siguiente, a una serie de televisión de 13 episodios. En esta era de ideas prestadas incluso este filme medio olvidado va a ser objeto de un remake, de estreno previsto para 2010 y que curiosamente cambia la fecha de caducidad (perdón, la edad) de los 30 a los 21 años (¿tal vez un signo de los nuevos tiempos que corren, más despreciativos que nunca de todo aquello que sea antónimo de belleza y juventud?). Pero volviendo al original de Anderson, no cabe duda de que tiene sus ingenuidades, sus baches de ritmo y sus efectos especiales válidos para la época pero algo desfasados tres décadas después. Sin embargo, algunas de sus propuestas siguen siendo tan fascinadoras como inquietantes. Y está Jenny Agutter envuelta en sugerentes transparencias… O la entonces desconocida Farrah Fawcett, casi a punto de dar el salto a su efímera fama en Los ángeles de Charlie (la serie). La peli merece una revisión, aunque sólo sea por motivos tan frívolos como éstos.

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