‘El Proceso’, de Franz Kafka

Después de la ‘Metamorfosis’, ‘El Proceso’ es la obra más significativa de Franz Kafka y la que mejor concreta los rasgos de lo que se ha venido a llamar lo kafkiano. Un malestar existencialista que se apodera del personaje al verse atrapado en una situación insólita, absurda, cuyas buenas intenciones y sereno razonamiento no sólo no alcanzan a resolver nada sino que facilitan un equívoco mayor. Lo que comienza como una incomodidad deriva en un tormento angustioso cuyo único fin es la destrucción.

Después de la ‘Metamorfosis, ‘El Proceso’ es la obra más significativa de Franz Kafka y la que mejor concreta los rasgos de lo que se ha venido a llamar lo kafkiano. Un malestar existencialista que se apodera del personaje al verse atrapado en una situación insólita, absurda, cuyas buenas intenciones y sereno razonamiento no sólo no alcanzan a resolver nada sino que facilitan un equívoco mayor. Lo que comienza como una incomodidad deriva en un tormento angustioso cuyo único fin es la destrucción.

Josef K. es un joven directivo de banca en cuya habitación irrumpen una mañana para comunicarle que está arrestado. No se le comunican los motivos, ni siquiera se le impide hacer su vida normal: Josef K. sólo sabe que tiene un proceso en curso que al principio sólo implica unas pocas molestias, como acudir a un interrogatorio. Pero a medida que se involucra en el entramado judicial, rodeándose de los seres parasitarios que lo habitan, el proceso termina convirtiéndose en su única obsesión.


Josef K. tiene poco que ver con el Gregorio Samsa de la Metamorfosis. Si este era un empleado e hijo apocado y sumiso, Josef K. es seguro de sí mismo, decidido, arrogante incluso en ocasiones y compasivo en otras. Su primera reacción es de desprecio hacia las diligencias abiertas y los individuos que la cumplen. Se enfrenta con los guardias que le arrestan con aplomo y llega incluso a ridiculizar en público al juez de su instrucción. Este contraste hace aún más llamativo el fin común que comparten ambos personajes: K., como Samsa, no tiene ninguna escapatoria.

Gregorio Samsa no se pregunta por qué amanece un día transformado en insecto; Josef K. tampoco se pregunta porqué le han abierto un proceso, simplemente lo encuentra indigno de él. La primera frase de la novela dice todo lo que vamos a saber sobre la acusación en sí: Alguien tenía que haber calumniado a Josef K.. El protagonista se sabe inocente y así se lo proclama a los pocos personajes que se lo preguntan directamente. Su rebelión procede no tanto de ser víctima de un proceso inmotivado sino de la mezquindad de la máquina que lo alimenta.

El retrato del entramado burocrático que constituye el tribunal es una pieza magistral de sátira, equiparable en su plasticidad al esperpento que practica Valle-Inclán en esas mismas fechas. Tiene gran importancia la caracterización de fantoches de los personajes, sus gestos, sus movimientos escénicos. La escena del juicio de instrucción es un verdadero teatro, con dos bandadas de público jaleando intermitentemente al juez y al acusado, hasta que K. se da cuenta que ellos también forman parte de la representación.

Todo lo que rodea a los tribunales está marcado por la decrepitud y la vulgaridad. Las oficinas y las salas de juicio resultan estar en pobres vecindades obreras, y se respira un aire mefítico en su interior. El abogado al que K. se ve obligado a recurrir, Huld, recibe desde su cama por una dolencia cardiaca y obliga a sus clientes a dormir en un cuartucho de su casa, por si tiene el capricho tiránico de convocarlos de madrugada. Los jueces se hacen pintar retratos imperiales, más pretenciosos cuánto más inferior es su escalafón.

Sin duda lo más aterrador para K. es descubrir que el proceso, como tal, es un abstracto. Lo que tanto Huld como el pintor de cámara del tribunal Titorelli le confirman es el proceso no tiene nada que ver con un juicio probatorio. Se trata de influir favorablemente, mediante amistades y contactos, en unos y otros para evitar la condena. Pero el proceso no termina nunca, porque hasta los propios funcionarios ignoran por qué manos pasará a continuación. De este modo el tribunal lo invade todo, y K. se lo encuentra al abrir una puerta al azar o incluso un armario.

Un capítulo aparte ocupan las mujeres. En tres ocasiones el proceso pone a K. en una situación de intimidad, pero su seducción se ve siempre interrumpida por fuerzas externas. El impulso erótico puede con la contención de K: pero aún así no pierde de vista el proceso, maquinando cómo usar el favor de las mujeres en su beneficio. Pero incluso las más solícitas (Leni, la criada de Huld, que se enamora de todos los acusados) son para K. una fuente de frustración continua. Sus afectos son pruebas igual de inútiles que las que jalonan el resto del proceso.

El Proceso es como sabemos una obra inacabada. Se publicó póstumamente cuando Max Brod desoyó la voluntad de Kafka de destruir su obra, y fue el propio Brod quién ordenó el material manuscrito. De ahí que se perciban bruscas elipsis y que esbozos de tramas desaparezcan: la relación de K con su vecina la señorita Bürstner, por ejemplo, o la cita con el subdirector a la K. debía asistir después del juicio y que todo el mundo olvida completamente. El final en concreto llega tras una abrupta cesura, lo que lo hace aún más crudo.

Pero el efecto más evidente de este ritmo sincopado es el de acrecentar la sensación de absurdo kafkiano. Perdemos realmente todas las nociones de tiempo y con ello una secuencia lógica, que por lo demás sería imposible. No sabemos cuánto tiempo pasa ni si K. tiene éxito alguno en sus iniciativas personales, en cada capítulo parece empezar de cero otra vez. El último de ellos concluye en la catedral, en una atmósfera de introspección y reflexión que revela la medida metafísica del proceso al que K. es sometido, en preparación a la fatalidad anunciada del epílogo.

Libro completo de El Proceso

Portada Der Prozees | Wikimedia Commons

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