Fernando de Herrera y la herencia poética de Garcilaso

Tras iniciarse en la épica, la poesía española recibió el influjo italianizante del Dolce Stil Nuovo petrarquista, traído por Boscán y Garcilaso. Y como heredero de éstos puede considerarse a Fernando de Herrera, uno de los grandes poetas de nuestro Renacimiento. Movido por un afán de claridad, no desdeña, sin embargo, las galas y oropeles de la poesía bien trabajada y sus mejores logros se hallan en la lírica amorosa de corte neoplatónico.

Tras unos inicios épicos, la poesía española había recibido el poderoso influjo italianizante del Dolce stil nuovo, personificado en las figuras de Dante Alighieri y Petrarca y traído a la península por dos grandes poetas: Juan Boscán y Garcilaso de la Vega.

Retrato de Fernando de Herrera

Retrato de Fernando de Herrera

Era ésta una lírica culta, de contenidos amorosos, y apoyada filosóficamente en el neoplatonismo y su exacerbación de lo ideal y la belleza. Formalmente, preconizaba un  retorno a la antigüedad clásica y a la mitología y se cimentaba en una estética a la par sencilla y ornamentada.

Y, en lo que respecta a la métrica, adoptaba medidas y estrofas italianas –entre las primeras, el endecasílabo y el heptasílabo, y entre las segundas, el soneto, la lira o la canción petrarquista-, junto a otras latinas, como la oda.

Tras las extraordinarias figuras de Boscán y, sobre todo, de Garcilaso de la Vega, posiblemente, la siguiente personalidad lírica es Fernando de Herrera –las no menos importantes de Fray Luis de León, Santa Teresa o San Juan de la Cruz van por otros caminos-, quién, además, es probablemente el primer poeta puro de nuestras letras.

Herrera (Sevilla, 1534-1597) es, en efecto, un autor consagrado a su creación, al margen de otras actividades. Si, por ejemplo, Garcilaso personifica la figura tan querida al Renacimiento del poeta soldado, el sevillano es, en cambio, un intelectual de cultura enciclopédica y constituye una de las principales figuras líricas de nuestros Siglos de Oro.

Fundador de la escuela poética sevillana, que cuenta con otros representantes destacados, como Luis Barahona de Soto o Baltasar de Alcázar, su ideal lírico se resume en dos rasgos esenciales: la gravedad en los contenidos y la magnificencia del estilo en la forma. Para él, la claridad es el valor supremo de la poesía y a ella debe corresponder un lenguaje bello, rítmico y sonoro, con abundancia de brillantes metáforas. Y en estas tesis se cimentan los dos tipos de poesía que cultivó.

Sevilla es la ciudad natal de Herrera; en la imagen, barrio de Santa Cruz

Sevilla es la ciudad natal de Herrera; en la imagen, barrio de Santa Cruz

De una parte, la épico-nacional, que, imitando a los grandes poetas de la antigüedad clásica, exalta sus ideas patrióticas y cristianas. Buen ejemplo de ello son la Canción a la Batalla de Lepanto o la Canción al santo Rey Don Fernando.

Y de otra, la amatoria, quizá aún más brillante y casi toda dedicada a la condesa de Gelves. En ella, de acuerdo con las tesis neoplatónicas e imitando a Petrarca y Garcilaso, exalta su belleza idealizada e inalcanzable. Se trata –nunca mejor dicho- de un amor platónico, que sublima las cualidades de la amada sin esperar nada a cambio e incluso con ciertos ribetes místicos.

En suma, Herrera es un excepcional poeta, creador de un nuevo lenguaje lírico, y, salvando las distancias del tiempo, aún hoy se lee con enorme gusto y placer.

Podéis leer una antología de sus versos aquí.

Fotos: Retrato de Herrera: El Bibliómata en Flickr | Barrio de Santa Cruz: Josemazcona en Flickr

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