‘La taberna’, de Émile Zola

El Naturalismo fue un movimiento artístico que nació de las teorías positivistas de fines del siglo XIX. Derivado del Realismo, se proponía analizar la sociedad para encontrar las causas sociales y hereditarias que marcaban la vida de las personas y, así, ayudar a los marginados. Pero estas teorías desembocaron en un arte que no reparaba ante la muestra de lo más macabro. En literatura su máximo exponente fue Zola y, quizá, el único naturalista cuya obra merece ser recordada por su calidad. En este artículo analizamos ‘La taberna’, su primer gran éxito, que muestra la degradación de una familia por el consumo abusivo de alcohol.

Émile Zola

Émile Zola

Parece que, cada cierto tiempo, los escritores, cansados de las técnicas utilizadas, se lanzan a experimentar con las bases de la literatura. Ocurrió en los años veinte del siglo pasado, con los movimientos de vanguardia, y volvió a suceder en los sesenta, con la novela experimental. Pero ya mucho antes –con la irrupción del Romanticismo– había sucedido y, también, a fines del XIX, se produjo en la narrativa: surgió el Naturalismo.

Fue éste un movimiento ciertamente extremo que, apoyándose en la filosofía positivista entonces en boga y en las teorías científicas del doctor Claude Bernard y su método “experimental”, pretendía ir mucho más allá de la literatura, para ser una explicación del comportamiento de los individuos y la sociedad.

Su creador y gran apóstol fue Émile Zola (París, 1840-1902) y no estará de más que, antes de introducirnos en el análisis de la obra que nos ocupa, demos un pequeño repaso a sus tesis.

Ya en su declaración programática, el novelista francés afirmaba que deseaba reemplazar la palabra médico por la de novelista para escrutar –como aquéllos lo hacen en los cuerpos- la realidad de la sociedad y presentarla como verdad científica. Para Zola, “el observador constata pura y simplemente los fenómenos que tiene ante sus ojos y, fiel reproductor de la naturaleza, los representa con técnica fotográfica. Hasta aquí habían llegado los narradores realistas”. Pero el parisino va más allá: “Una vez constatado y observado el fenómeno, llega la idea, interviene el razonamiento y aparece el “experimentador” para interpretarlo…..Toda la operación consiste en tomar los hechos de la naturaleza, después en estudiar los mecanismos de los hechos, actuando sobre ellos mediante la modificación de las circunstancias y los ambientes que los producen, pero sin apartarse nunca de la naturaleza. Y, al final, está el conocimiento del hombre, el conocimiento científico de su acción individual y social”.


Como podemos apreciar, en ese estudio de “mecanismos de los hechos y la modificación de circunstancia y ambientes” subyace un enfoque puramente determinista de la persona. Es decir, que en el desarrollo de ésta influyen de forma determinante factores como la herencia genética y el medio social en que se desenvuelve, los cuales condicionan, para bien o para mal, su existencia.

La finalidad última de Zola con estas tesis era que la novela alcanzase un fin moral e incluso terapéutico: de denuncia de las condiciones sociales de las clases bajas con una intención reformista. Y de todo ello se deriva que sus frutos sean narraciones duras, incluso a veces desagradables, que muestran la degradación de ambientes y personas.

Pero ni su mismo creador llevó estas teorías al extremo: en algunos pasajes de sus obras aparece el idealismo. El escritor francés, una vez asentadas las bases de su novelística, se propuso llevarlas a la práctica creando una segunda “Comedia humana”, al modo de Balzac: ‘Los Rougon-Macquart. Historia natural y social de una familia bajo el Segundo Imperio’, constituida por más de veinte narraciones publicadas entre 1871 y 1893 y que muestra todos los aspectos de la vida y el comportamiento humano que deseaba plasmar. Algunos de sus títulos son ‘Germinal’, ‘El vientre de París’, ‘La tierra’, ‘La conquista de Plassans’, y, por supuesto, ‘La taberna’.

‘La taberna’ apareció por vez primera en 1877 y constituyó el primer gran éxito del novelista y una importante inyección económica. El autor se convirtió en una celebridad literaria y a su alrededor se agruparon una serie de escritores que se decían discípulos suyos. Definida por el propio Zola como “una obra de verdad, la primera novela sobre el pueblo que no miente y que huele a pueblo”, es una tremebunda historia ambientada en el mundo obrero que presenta la destrucción de un hombre por el alcohol.

Narra la vida de Gervais, una mujer casada con un vividor –Lantier– que la engaña y acaba abandonándola por otra mujer. La protagonista, sola, con hijos que alimentar y en la pobreza, trabaja en lo que puede hasta que se casa con un antiguo conocido, Coupeau, que está enamorado de ella. Todo parece marcharles aceptablemente hasta que el marido tiene un accidente laboral. Éste cambia la vida de Coupeau: se entrega a la bebida y, con ello, va abandonando el trabajo, entrando en una progresiva degradación.

Entretanto, Gervais ha cumplido su sueño de tener una pequeña tienda propia y con ella mantiene a la familia. Su marido, que era una buena persona, honrado y trabajador, continúa su decadencia.

Zola en 1870

Entonces reaparece Lantier, que no puede traer nada bueno. Y así es, en efecto. Curiosamente, se hace amigo de Coupeau, al que termina de degradar, e intenta recuperar a Gervais, quién lo rechaza. Pero el hundimiento definitivo de su marido la arrastra a ella, que, desde entonces, alterna con él de taberna en taberna.

Como puede apreciarse, no se trata de una novela agradable y, en ella, podemos ver como el origen humilde determina a los personajes, que, aunque se lo proponen una y otra vez, no logran evadirse de su miseria. Es más, cada recaída supone descender un peldaño más en su hundimiento.

Lo que sí redime a la obra es la categoría novelística de su autor. Zola es un escritor nato, puesto que sus estudios no fueron muy amplios, pero tiene el don de saber narrar la historia manteniendo el interés, reproduciendo el habla de las clases sociales que presenta y describiendo con excepcional maestría las situaciones. Precisamente sus descripciones son, a veces, excesivamente amplias y precisas, no desdeñando las notas más desagradables.

De cualquier modo, el éxito de estas obras, excesivamente explícitas, dejando a un lado la calidad literaria del escritor, sólo se explica en el contexto de su época. La etapa final del siglo XIX es un periodo materialista, en el que los avances científicos llevaron a muchos a pensar que todo se podía explicar a través de la ciencia y que ésta servía para todo. En el momento en que aparecieron de nuevo corrientes filosóficas de tipo idealista, el Naturalismo desapareció del panorama literario, aunque dejó huella en técnicas de novelar y tendencias literarias posteriores.

No obstante lo dicho, inmediatamente debemos decir, en honor a la justicia, que la categoría de Zola como escritor salva para la historia sus obras. No sucedería lo mismo con sus discípulos. Éstos, salvo escasas excepciones, llevarían las tesis del maestro hasta el extremo, creando narraciones que –por desagradables- cuesta trabajo leer. Y no es que seamos exquisitos, ni que pensemos que todo arte debe ser bello, pero es que hay límites a los que no se debe llegar y mucho menos sobrepasar.

Lectura de la obra | ‘La taberna’ en Librodot.

Fotos | Émile Zola: Gabor en Wikipedia | Zola en 1870: Van Nuytts en Wikipedia

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