‘Los amantes de Teruel’, de Juan Eugenio Hartzenbusch

El Romanticismo supuso una ruptura con los movimientos neoclásicos anteriores en todas las disciplinas. También en la literatura, se reaccionó virulentamente contra las reglas que la encorsetaban en aras de la libertad creativa y del retorno de la subjetividad a la obra literaria. Dentro de este movimiento, quizá el género más utilizado y que mejores frutos dió, fue el teatro. El drama romántico, por tanto, rompe con todas las normas anteriores y supone el desbordamiento de las emociones. En España, este teatro produjo algunas grandes obras -de entre muchas que no toleraron el paso del tiempo- y una de las mejores es ‘Los amantes de Teruel’, de Hartzenbusch, cuyo tema es la leyenda de los amantes de esa ciudad aragonesa.

Juan Eugenio Hartzenbusch

Juan Eugenio Hartzenbusch

La historia de la literatura, desde sus orígenes, ha sido una constante sucesión de movimientos estéticos que han ido reemplazándose unos a otros, enriqueciéndola y proporcionándole hondura y variedad. Estas corrientes estéticas, generalmente, han reaccionado con mayor o menor virulencia contra la anterior, para terminar imponiéndose.

Pero esta reacción renovadora pocas veces ha sido tan radical como en el caso del Romanticismo. En efecto, este movimiento se opuso de modo frontal al racionalismo neoclásico del siglo XVIII, para propugnar la vuelta de la subjetividad a la literatura. El siglo “de las luces” había defendido un arte normativizado, encorsetado en unas teorías formales –las famosas “reglas”- y que buscaba una finalidad didáctica, educativa, desdeñando todo lo relativo al sentimiento y a la subjetividad del Hombre.

Contra este movimiento literario, estalla en Romanticismo en pos de la libertad creativa, tanto temática como de la expresión: alejado de todo racionalismo, impone la subjetividad, la exaltación del sentimiento y el estado anímico del autor, el cual escribe bajo una suerte de trance creativo que es incompatible con cualquier tipo de normativa o regla. La absoluta supresión de éstas condujo a muchos excesos, pero, una vez pasados los primeros momentos de exaltación, se crearon obras muy estimables.


El género literario más cultivado en este periodo es, probablemente, el teatro. La poesía era, como ahora, minoritaria, y la narrativa –si bien fue igualmente utilizada- no rompió de un modo tan radical con las tendencias anteriores. Debemos tener en cuenta que el espectáculo dramático era entonces uno de los principales medios de entretenimiento social, capaz de generar polémicas y partidos a favor o en contra de tal movimiento, autor u obra.

El teatro romántico dista mucho del neoclásico. Éste imponía estrictas reglas al dramaturgo –las unidades de acción, tiempo y lugar, la elección entre prosa y verso, el decoro, etc.– El nuevo teatro se alza contra todas ellas a favor de la libertad creadora: la acción sucede en varios lugares, se extiende a lo largo de años, se introducen historias secundarias, se mezcla prosa y verso en una misma obra y se exalta el sentimiento y lo irracional.

No obstante, en España no se alcanzaron los excesos que se dieron en otros países, como Francia. El carácter tardío del Romanticismo español y su componente autóctono moderaron los radicalismos. No olvidemos que en nuestro país ya existía un precedente de teatro libre de las normas clásicas: nada menos que la “comedia” del «Siglo de Oro”, en la que se apoyaron los teóricos alemanes para propugnar el Romanticismo y que tanto había engrandecido nuestras letras.

El pistoletazo de salida al drama romántico lo dio en España el estreno de ‘La conjuración de Venecia’, de Francisco Martínez de la Rosa, en 1834, al que inmediatamente seguiría la más popular ‘Don Álvaro o la fuerza del sino’, del Duque de Rivas, en 1835. A partir de entonces y durante unos diez años, se suceden las obras del movimiento. Por citar algunas de las más destacadas, mencionaremos ‘El trovador’ de García Gutiérrez, ‘El desengaño en un sueño’, del propio Rivas, ‘Don Juan Tenorio’, de Zorrilla, y ‘Los amantes de Teruel’, de Hartzenbusch. Pero, hacia 1845, esta producción comienza a decaer –aunque siguen apareciendo obras- para ir, progresivamente, abriendo paso a las corrientes del Realismo.

En este contexto, por tanto, debemos situar ‘Los amantes de Teruel’, de Juan Eugenio Hartzenbusch (Madrid, 1806-1880), estrenada en pleno apogeo del Romanticismo –1837– en el Teatro del Príncipe y que alcanzó uno de los mayores triunfos del drama romántico.

Se basa en la leyenda turolense de los amantes, ya tratada en la literatura española –entre otros- por Rey de Artieda en ‘Los amantes’ y Tirso de Molina en ‘Los amantes de Teruel’.

Juan de Marsilla, muchacho plebeyo, se enamora de la aristócrata Isabel de Segura. Como no tiene fortuna, el padre de ésta le otorga un plazo de seis años para marchar al extranjero a hacerla y así permitir la boda. La enamorada le promete aguardarle. La obra de Hartzenbusch comienza cuando Marsilla, tras hacer fortuna desembarca en Valencia, camino de su tierra, para casarse con Isabel. Faltan tan sólo seis días para que se cumpla el plazo acordado. Pero el destino se tuerce. El joven es apresado por los moros cuya reina, Zulima, se enamora de él y trata de impedir a toda costa que llegue a Teruel en el plazo.

Entre tanto, en la ciudad aragonesa, las cosas no van mejor. El caballero Rodrigo de Azagra pretende a Isabel y la acosa por medios galantes y por otros menos honestos –incluso recurre al chantaje, ya que conoce un desliz juvenil de la madre de la joven-. Finalmente, ésta acepta la boda con el caballero, siempre que se espere el plazo pactado.

Zulima envía un emisario a Teruel para anunciar que Marsilla ha muerto, lo cual es falso. Entonces, Isabel se casa con Azagra. Justo en el momento en que las campanas anuncian que la boda se ha llevado a cabo, llega Marsilla, desesperado. El drama alcanza su climax: el joven se revela frente al hecho consumado y consagrado por la religión. Por su parte, Isabel le jura amor eterno pero también deja clara su fidelidad matrimonial. La situación se presenta harto complicada…..

Oleo típicamente romántico del pintor Friedrich

Nos hallamos, por tanto, ante un drama clásico del Romanticismo. Pero Hartzenbusch lo construye de modo perfecto, dotándolo de una progresiva aproximación al climax y presentándolo desnudo de artificios retóricos que empañen la desgracia de los amantes. Escrito casi todo en verso, los caracteres están bien trazados, lejos de las exageraciones a que eran tan dados otros dramas románticos. Marsilla e Isabel, enamorados y rebeldes, pero honestos con la palabra dada; Azagra, caprichoso e inflexible, cuyos intereses son más económicos que sentimentales; Zulima, apasionada y vengativa, al cabo mujer enamorada; los padres de Isabel, honestos y nobles. En suma, toda la obra expone de forma acertada los sentimientos pasionales y la tensión dramática que generan.

El lenguaje es muy trabajado y pulido y las huellas de nuestra “comedia” del Siglo de Oro están muy presentes. Se trata de una producción romántica, sin duda, pero, como señalábamos, muy alejada de las exageraciones y extremismos a que tan dados eran este tipo de dramas, sobre todo en su primera época.

En resumen, nos encontramos ante una obra de época que, probablemente, hoy pueda parecer un tanto antigua por su construcción y tratamiento del asunto, pero muy agradable y fácil de leer y que, sin duda, gustará a aquellos amigos de la buena literatura.

Lectura de la obra | ‘Los amantes de Teruel’ en Librodot

Fotos | Hartzenbusch Escarlati en Wikipedia | Óleo de Friedrich: Mathiasrex en Wikipedia

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