‘Luces de Bohemia’, de Ramón del Valle-Inclán

‘Luces de Bohemia’ es una obra interesante para tratar la vieja discusión sobre si el teatro debe ser previamente leído o no. En el caso de Luces de Bohemia hay toda una jerga cañí y arrabalera que resulta hoy en día ininteligible. Algunos chistes, como el del “rey de Portugal”, sí se explican, pero otras expresiones como “dar mulé” y “me visita el nuncio” muy difícilmente se sacan por el contexto.

Luces de BohemiaEste mes se ha estado representando en el Círculo de Bellas Artes de Madrid la producción de ‘Luces de Bohemia’ por parte de la compañía Teatro del Temple. Ha sido una buena oportunidad para ver un montaje que respeta el texto íntegro, algo a lo que no se atreven todos debido a la complejidad de su puesta en escena, su miríada de personajes (representados aquí por sólo ocho actores) y los diversos niveles de su lenguaje y referencias, que resultan oscuras sin el comentario crítico e historiográfico.

‘Luces de Bohemia’ es una obra interesante para tratar la vieja discusión sobre si el teatro debe ser previamente leído o no. En el caso de Luces de Bohemia hay toda una jerga cañí y arrabalera que resulta hoy en día ininteligible. Algunos chistes, como el del “rey de Portugal”, sí se explican, pero otras expresiones como “dar mulé” y “me visita el nuncio” muy difícilmente se sacan por el contexto. Al rescate viene el glosario compilado en la edición crítica de Alonso Zamora Vicente, que muchos habremos tenido en el instituto.

Sin embargo hay sentidos que la interpretación en escena es capaz de inferir. Aunque no comprendamos literalmente (“por usted hago la jarra”) basta una entonación y un gesto para entender que el personaje está seduciendo, provocando o amenazando. “Hacer la jarra” es poner dinero para invitar, recibir la “visita del nuncio” es menstruar y “dar mulé” es matar: todas esas cosas las dice también el cuerpo. El espectador de teatro será como el turista en tierra extraña, alerta ante cada signo descifrable. El actor, por su parte, velará para que queden claras las intenciones.


No se diferencia en este sentido Luces de Bohemia de, por ejemplo, una obra del siglo de Oro. Aunque se nos escapen las sutiles referencias (a veces nada sutiles), somos capaces de reconocer un diálogo de seducción o un intercambio de afrentas. Algo distinto son las alusiones contemporáneas de la obra. A todo el mundo le suena Maura, pero no se comprende (e incluso incomoda hoy en día) que se le trate despectivamente de judío. Igualmente se puede entender porqué los “ultraístas” son unos “farsantes”, pero no por qué las revistas de Paco Villaespesa “mueran antes de nacer”.

El chiste sobre Paco Villaespesa, así como el de “Don Benito el Garbancero” o el “sargento Basallo”, son el equivalente al guiño al público que incluyen los directores de hoy en día haciendo que un actor introduzca en los diálogos de su personajes una frase de un político que está de actualidad o la coletilla de una teleserie (si el actor de la obra y el de la serie coinciden algunos consideran esto indispensable). Con la salvedad de que las pullas de Valle-Inclán tienen ahora gran valor filológico ya que las dirigía a los letrados de su tiempo.

Pero hay que tomarlas con distancia: si Galdós aparece como “Don Benito el Garbancero” no es porque Valle-Inclán lo despreciara, todo lo contrario. Simplemente es que hasta los que sólo son citados de pasada deben transformarse en esperpento. Valle-Inclán admira a Galdós pero le parece excesivo que en aras del realismo describa hasta los garbanzos que sus protagonistas comen. Este defecto agigantado, distorsionado y proyectado a contraluz, como en un teatro de sombras chinescas, le brinda la entrada al mundo del esperpento.

No hay que creer que Valle–Inclán sólo tiene en mente al público de 1920. No es, en esencia, necesario saber quiénes son “los de Acción Ciudadana” que centran las iras del pueblo llano. Ni captar las numerosísimas referencias políticas, religiosas o místicas, en forma de la teosofía que sacan a pasear algunos personajes. Lo contrario convertiría a Luces de Bohemia únicamente en una sátira limitada a su contexto. La intención de Valle-Inclán va más allá: la de usar “matemática de espejo cóncavo” para realizar el clásico adagio de convertir lo particular en universal.

Si Luces de Bohemia tuviera una intención política: ¿por quién toma parte? Max Estrella proclama “sentirse pueblo” y habla a grandes voces de la revolución; pero ante el espectáculo del niño muerto en los disturbios y el enfrentamiento verbal entre obreros y propietarios pide que se le “saque de este círculo infernal”. A pesar de su vehemencia verbal, Max es incapaz de abordar el conflicto. Llora sinceramente por el destino del anarquista catalán al que van a fusilar; pero frente a frente con el Ministro de Gobernación, por quién pide reparación es por él mismo.

El esperpento es de aplicación rigurosa y democrática: todos pasan por él, el rico como el pobre, el débil como el poderoso. Hay hueco aún para el idealismo, sin embargo, como en el caso del Preso antes nombrado o la madre del niño muerto. Pero su función es la de resaltar con su verdadera tragedia la falsa tragedia de los que habitan el esperpento. Los seres mezquinos, pretenciosos, dúplices, ensimismados y vanidosos que pueblan un teatro mundo cercano al de las marionetas, que Valle-Inclán también explora en ‘Martes de Carnaval’.

Valle-Inclán percibe España como “un círculo infernal” dominada por la corrupción, sin solución de paz social. Si la miseria es la norma entonces la fealdad debe ser también norma estética. Los últimos días del poeta Alejandro Sawa, que murió ciego y loco, y las truculentas escenas que presuntamente ocurrieron durante su funeral (también relatadas en ‘El árbol de la ciencia’ de Pio Baroja; algunos sostienen que las sacó de ahí) le inspiran para relatar el último día de un poeta con “rostro de Hermes” que tiene mucho que ver con él mismo.

Max es un ciego que lo percibe todo salvo su propia decrepitud, cómo el miserable Don Latino le saja al mismo tiempo que le lisonjea. Ni siquiera su muerte tiene un ápice de heroísmo, se muere como de broma, y su cadáver es maltratado después. La conversación de Bradomín y Rubén Darío sobre su tumba gira sobre el olvido y termina con una confesión de ruina. El final es una cruelísima ironía, la fortuna llega a Max en forma de billete de lotería premiado que cobra Don Latino y que un borracho celebra con un brindis a su “cráneo previlegiado”.

No hay que dejarse avasallar por las referencias localistas del texto. Luces de Bohemia adquiere su sentido total en el conjunto, el fresco completo. Y sin embargo es una de las obras más necesariamente legibles que hay, debido a las acotaciones poéticas que la jalonan. Esto es porque la obra tiene también mucho de manifiesto estético. Sobre todo es un universo complejo a explorar en diferentes niveles, sea en papel o sobre la escena. Afortunadamente esta es la clase de obras que ni siquiera su inclusión en el currículum escolar consigue hacer odiar.

Luces de Bohemia
Ramón María del Valle-Inclán
Edición de Alonsa Zamora Vicente; Espasa, Colección Austral, 285 páginas

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