MAUS, el cómic del Pulitzer

Las novelas gráficas son un formato en boga que ha visto aumentada su cota de mercado y sus níveles de ventas. Ya se pueden adquirir en librerías normales y su público suele ser adulto. En este artículo te hablamos de una de las pioneras en convertirse en un gran éxito de ventas: MAUS, de Art Spiegelman. Más de 300 páginas destinadas a intentar comprender la tragedia de la ocupación nazi en Polonia y las posteriores consecuencias para aquellos que consiguieron sobrevivir. Spiegelman traduce el relato de su padre al tiempo que intenta sobrellevar su relación con él. Todo un clásico moderno del cómic.

Portada de la edición completa

Portada de la edición completa

Pocas veces hablamos de novelas gráficas en este blog pese a su gran proliferación dentro de los circuitos comerciales normales, conviertiéndose en muchas ocasiones en éxitos de ventas. Tal fue el caso de Kiki de Montparnasse, Persépolis, 300 o de Vals con Bashir. Aquello que antes llamábamos historietas o cómics son ahora obras maduras dirigidas a un público adulto, pese a que los recursos narrativos sean los mismos. Los referentes los encontramos en las viñetas de toda la vida, desde las aventuras de Tintin hasta las historias de Corto Maltés, de Hugo Pratt.

En el caso que nos ocupa vamos a hablar de uno de los llamados precursores de la novela gráfica: Art Spiegelman. Su historieta, considerada ya un clásico moderno y una obra de referencia, le ha valido múltiples premios desde su publicación, entre ellos el Pulitzer en 1992. Nos estamos refiriendo a MAUS y a sus más de 300 páginas llenas de viñetas, que se han convertido hoy en un imprescindible de la novela gráfica. Además de en un valioso documento personal sobre las consecuencias de la barbarie nazi en las generaciones posteriores.

Inicialmente publicada en dos partes, en MAUS se dibuja la historia de dos hombres, padre e hijo. Vladek y Art. A través de la voz del hijo, el padre irá relatando sus funestas peripecias durante la ocupación alemana en Polonia por parte del régimen nacional-socialista. Los ecos de esa tragedia no solo truncarán las vidas de la generación de exiliados que consiguieron sobrevivir, sino que sus hijos y los hijos de sus hijos se preguntarán de qué manera pueden ellos sobrellevar (y comprender, por tanto) el peso de una Historia que no han vivido. Este ejercicio obligará al autor a consacrarse como narrador, el único medio posible para intentar asimilar los desvaríos de su familia y los suyos propios. Ya que las heridas no pueden cerrarse, Spiegelman escarba en el fondo de ellas para tratar de sacar algo en claro.

En las viñetas, Vladik Spiegerman y su esposa

En las viñetas, Vladik Spiegerman y su esposa

Las ilustraciones, de trazos nerviosos y desequilibrados, nos transmiten desde el princio la turbación de quien intenta esbozar los recuerdos del otro. Los personajes, animales antropomórficos, representan a los distintos actores. Así, los judíos serán dibujados como ratones, los alemanes como gatos y los polacos como cerdos, en alusión a la traición que los judíos polacos sintieron por parte del resto. Además de ellos, los franceses serán ranas, los estadounidenses perros y los suecos ciervos. El hecho de utilizar cabezas de animales, evitando así un acercamiento real a los rostros, le sirve Spiegelman para marcar un distanciamiento respecto a una historia que no es la suya.

Las dos personalidades de Art Spiegelman se desdoblan en la novela: el cronista y el hijo dolido. El consecuente espacio entre las dos no hará sino generar las tensiones del relato. Como un fantasma humano que no encuentra su sitio en la Historia, él mismo se dibujará con un rostro doble. Trazos de algo que podemos adivinar como humano, escondido bajo una máscara de ratón.

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