El silencio blanco, Jack London y el darwinismo

En el siglo XIX aún quedaban territorios vírgenes en los que sólo los seres más fuertes sobrevivían. Quién mejor retrató la vida del Hombre en uno de esos lugares, la mítica Frontera de Estados Unidos, fue probablemente Jack London. De ello es un excelente ejemplo ‘El silencio blanco’.

En el siglo XIX aún quedaban muchos territorios vírgenes cuya naturaleza extrema los convertía en un serio desafío para el ser humano. Tal era su peligrosidad que tan sólo los más fuertes conseguían sobrevivir en ellos y, en este sentido, podría decirse que allí se cumplía rigurosamente la tesis de la pervivencia de los más fuertes expuesta por Charles Darwin.

Pocos escritores han narrado esta circunstancia con mayor acierto que el norteamericano John Griffith Chaney, que ha pasado a la historia de las letras como Jack London (San Francisco, 1876-1916). Y es que, éste, además de haber leído al autor de ‘El origen de las especies’, experimentó en carne propia la vida en aquellos lugares.

Jack London vivió en Sonoma (California) sus últimos años

Jack London pasó sus últimos años en su granja de Sonoma (en la foto).

Tras una infancia pobre, London se enroló como marino –un curioso paralelismo con su compatriota Herman Melville, otro especialista en situar al hombre ante coyunturas extremas en sus textos- pero sus mayores aventuras las viviría como buscador de oro en Alaska, concretamente en la región del Klondike, adonde se trasladó en 1897 atraído, como otras miles de personas, por la “fiebre” que se había desatado en la zona. Estas experiencias, junto a sus lecturas del propio Darwin y de Nietzsche, conformarían la base ideológica de sus relatos. En ellos, el ser humano aparece enfrentado a situaciones límite, luchando dramáticamente por su supervivencia, algo que tan sólo los más fuertes consiguen.

Sobre ello trata ‘El silencio blanco’: dos hombres, Malemute Kid y Mason, acompañados de la esposa india de éste, atraviesan en trineo la región del Klondike a cincuenta grados bajo cero y con tan escasas provisiones que incluso los perros se vuelven peligrosos por el hambre. Un tronco cae sobre Mason dejándolo malherido e impidiéndole continuar la marcha. Su esposa embarazada y Malemute se ven ante la disyuntiva de abandonarlo o perecer con él.

En palabras del narrador, “el espantoso juego de la selección natural se desarrolló con toda la crueldad del ambiente primitivo”. Las huellas de Darwin y de la teoría del Superhombre de Nietzsche marcan a fuego el relato, al igual que sucede con otros muchos de London cuya fama, aunque hoy ha disminuido un tanto, fue en su época extraordinaria. Durante décadas, los norteamericanos vibraron con sus tensos relatos breves ante la contemplación de la vida de sus compatriotas en la mítica Frontera. Pero, además, London fue un excelente escritor, dotado de un estilo plástico y capaz de crear densas estructuras dramáticas que mantienen en vilo al lector.

Fuente: Jack London Online Collection.

Foto: Juanlondres.

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