Algunas aproximaciones a las cegueras de Saramago y Meirelles

Una película muy buena se estrenó hace no muchos días en las carteleras, me refiero a Blindnees, que en español se traduce como Ceguera.  La película correctamente basada en el mejor relato del portugués escritor y premio Nobel de Literatura en 1998, José Saramago, cuyo título original es Ensayo sobre la ceguera, y que, para suerte de muchos, su versión en la pantalla grande es un ensayo fiel a la esencia del libro.

La película, anunciada ya desde mayo en España, ha sido una de las películas más esperadas por los aficionados a la literatura, por los seguidores lectores de Saramago y por muchos más aficionados a las buenas películas de entre semana.

Un temor imposible de ocultar ante esto: la historia ha demostrado funestamente que los libros llevados al cine casi siempre han resultado no geniales. Malas y olvidables experiencias que no pasaban más allá de los objetivos comerciales.

Dicen los cinéfilos con esa voz de mafioso italiano conseguido por el vicio del tabaco, que es difícil resumir en una cinta de hora y media, historias tan complejas y extensas como Ensayo sobre la ceguera o Cien años de soledad, este último de Gabriel García Márquez.

Gabo, como cariñosamente se le conoce al escritor colombiano, siempre se ha opuesto a que su obra máxima llegue al cine, quizá por un miedo interior a que sea mal llevada, o quizá por un sencillo exceso egocentrista.

No hace mucho otro libro de García Márquez, El amor en los tiempos del cólera, otra de las novelas mayores de Gabo, fue estrenada en el cine y lo más rescatable fue la participación de otra colombiana, Shakira en el sound track de la película. Sobran opiniones.


Quienes han leído el relato de Saramago entienden que aunque la historia es sencilla (una ceguera ataca a una ciudad por un tiempo y luego desaparece con la misma sorpresa que vino), pueden precisar que la exquisitez del relato se basa en el desarrollo de las situaciones, en las magistrales escenas y situaciones humanas pintadas al detalle por la pluma de Saramago.

Foto: Mundo Cine

La condición humana puesta a prueba, el primitivo y voraz instinto de supervivencia que todos llevamos dentro, la malicia y el egocentrismo expuesta a la máxima potencia, y el conflicto de valores y conveniencias, todo esto puesto vigorosamente en primer plano mediante diálogos y escenas que logran  cautivar al lector desde la primera frase.

El libro maravilla por la sencillez de los personajes, un médico común y silvestre, una esposa amable, educada y ama de casa, un ladronzuelo, una prostituta y chica de gafas y tantos más personajes que se caracterizan por un denominador común: la sencillez y naturalidad.

La idea de que lo que les pasa pueda pasarnos a cualquiera de nosotros se materializa efectivamente al conocer a los personajes según se desarrolla la historia, esto permite al autor acercarse más al lector, hacer más creíble lo cuenta y por consiguiente, captar la atención en primer orden.

La capacidad de Saramago con las palabras es incuestionable. Pero el símbolo de interrogante gigante se dibuja en la cabeza cuando imaginamos esta propuesta literaria hecha imágenes. Las mismas que muchos de sus lectores han creado en sus cabezas mientras iban devorando afanosamente la lectura.

Para un ávido lector, la idea de asistir a la proyección en cine de uno de sus libros preferidos puede resultar en un primer momento una batahola de curiosidades, pero en un segundo razonamiento, puede significar en la mayoría de casos, una insatisfacción total luego de vista la película. ¿La respuesta?, pues sencillamente porque la imaginación siempre resulta más amplia que cualquier hecho materializado.

Esto quiere decir que al leer la obra, uno, interiormente, posee de la total libertad de imaginarse a cada personaje, cada situación, cada secuencia, por más que el hilo conductor sea lo escrito en el texto, cada lector tiene la capacidad de ser su propio director en su película mental, su versión de la obra.

Al hacerse imágenes una obra literaria existe la gran posibilidad de limitar la imaginación de los lectores, encasillarla en la visión de uno solo, el director de la película. Quizá por eso tantos éxitos literarios hayan fenecido en el intento cinematográfico. Para muestra un botón: el éxito literario El código Da Vinci fue un total fracaso en pantalla grande, pese a que el libro causó furor en las ventas y a que la película contaba con autores de primer nivel. La película era un somnífero.

Felizmente, en Ceguera sucede todo lo contrario, Fernando Meirelles logra captar la esencia del libro desde la primera secuencia. Obvia acertadamente las escenas difíciles y simplifica con un pulso de cirujano las partes necesarias para hacer que lo visto alcance a valerse por sí mismo y sea digno de lo leído.

Fernando Meirelles ha demostrado ser de lo mejor que hay en nuevos talentos para la dirección, sorprendió ya llevando al cine una historia como Ciudad de Dios, libro original de Paulo Lins, y lo hizo bastante bien. Otra de sus películas, El jardinero fiel, también lo hizo merecedor de buenos premios y reconocimientos.

Y a la elección de Meirelles anunciaba una buena película, por suerte las expectativas fueron superadas con creces. La película posee la magia del libro, conserva aquello que logra hacerla verídica y sabe llevar el relato a momentos tan buenos como los del libro.

En una entrevista, José Saramago reveló que entre las muchas escenas que había escrito y descrito, entre tantos diálogos y relatos, uno lo enorgullece más que todos, uno logra  trasmitir el sentimiento humano que tantas veces ha intentado plasmar en sus novelas: la escena en que la mujer, esposa del médico, cansada de soportar ser la única que no ha perdido la vista, se sienta derrotada en la acera y unas lágrimas  caen por sus mejillas, hasta que un perro se le acerca y se las lame piadosamente. Esa escena es lograda con creces en la película.

Disfrutar la película debe ser una razón para retomar la lectura, y para quienes aún no la han leído, una fuerte curiosidad que los impulse a hacerlo.

Foto: Blog de Cine

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