Porque recordar es volver a leer (Parte 2)

En esta segunda parte, seguiremos con textos citados por Vargas Llosa en La verdad de las mentiras, en cada desenterrando esa relación inhóspita entre la realidad y el imaginario de cada autor. Vale el recuento como una forma de anotar las lecturas aún pendientes de la lista.

En esta segunda parte, seguiremos con textos citados por Vargas Llosa en La verdad de las mentiras, en cada desenterrando esa relación inhóspita entre la realidad y el imaginario de cada autor. Vale el recuento como una forma de anotar las lecturas aún pendientes de la lista.

El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad – 1902)

Charly Marlow es empleado de la Compañía belga en el Congo, esa que en la vida real regentó Leopoldo II, y tiene la misión de “recuperar” en favor de la Compañía a Kurtz, un antiguo oficial de la misma compañía, que ha sucumbido a la locura y erigido un pequeño reinado en medio de la selva. En este camino, Marlow enfrenta los conceptos establecidos de civilización y barbarie con aquellos que esa realidad arroja, concluyendo que no todo es lo que parece.

Nadja (André Bretón – 1928)

Compleja y simple a la vez. Integrante poco ortodoxa de un surrealismo eminentemente poético, Nadja es una sencilla y simbólica historia de amor. Desarrollada en un París que no presiente la II Guerra Mundial, la novela dota de mágicos retoques poéticos la ciudad que Nadja, la musa inspiradora del relato, posee como hábitat. Estos retoques poéticos se filtran por la voz del narrador, aquel ser cautivado por Nadja y obligado a contar su historia, representando las visiones que de la realidad se hacen los seres enamorados.

Foto: Gua 3.0



No soy Stiller, ¿es posible ser suizo? (Max Frisch – 1954)

Novela protagonizada por Max Frisch, escultor de Zurich, que un día decide abandonar a su esposa porque, al parecer, estaba ávido de aventuras y experiencias, palaras que eran extrañas en una sociedad tan educada y sin misterio como Zurich. Según Mario Vargas Llosa, lo que Stiller detesta de su mundo zuriqués es la rutina, pues el hombre “pierde espiritualidad al no aspirar  a perfeccionarse”, dice el escritor.  Es también una obra que habla de la mediocridad del mundo disimulada bajo la bonanza material. En todo caso, Stiller es un personaje que nos recuerda que siempre habrá insatisfechos.

El extranjero, el extranjero debe morir (Albert Camus – 1942)

Este relato es sumamente simbólico. Es la representación de la crítica a la teatralización a la que nos empuja la sociedad. Nos identificamos con el extranjero, con Meursault, porque encarna ese espíritu libertario e indomable que tenemos. Sin embargo, no podemos dejar de justificar a la sociedad que ajusticia a este antimodelo que puede llevarla a su destrucción. Meursault encarna el desinterés, la alevosía y el cinismo que ocultamos en público, pero que se mantiene al acecho esperando alcanzar protagonismo.

La granja de los animales (George Orwell – 1945)

El propósito de Orwell, nos cuenta Mario Vargas Llosa, era describir el mito soviético en una historia que pudiera ser fácilmente entendida por todos y traducida sin dificultad a cualquier idioma. La historia es la de los animales de Manor Farm, que se rebelan contra Mr. Jones y sus abusos despóticos. Una vez asuntos en el poder, los animales crean un sistema de igualdad en el que, sin embargo, hay algunos más iguales que otros. Finalmente el poder corrompe a quienes lo detentan y hace que la cúpula animal pacte con los otrora explotadores. Sin duda, una parábola que refleja los riesgos del totalitarismo.

El reino de este mundo (Alejo Carpentier – 1949)

Lo impactante de este libro, y que genera admiración hacia el autor, es que la novela se nutre de fuentes escritas, las más recónditas y variadas. Carpentier cuenta las vicisitudes de la independencia haitiana impregnándole un aura mítica, romántica. Su técnica narrativa hace que este mundo exaltado se nos muestre verosímil y persuasivo. Pese a lo que se dijo sobre la obra, lo real maravillosos está ausente y deja su lugar a una epopeya caribe que tiene sus héroes, elementos mágicos y fantasías idealistas.

El tambor de hojalata, redoble de tambor (Günter Grass – 1959)

Es una novela de desmesurada ambición; apetito descomunal de contarlo todo. Mario Vargas Llosa: “Que a los tres años (Óscar Matzerath) por un movimiento de voluntad, decida dejar de crecer, significa un rechazo  del mundo al que tendría que integrarse de ser una persona normal”. El Tambor de Hojalata es también la perspectiva del inocente, que se desdobla a lo largo del libro en yo y él, una duplicación inevitable  que padece Óscar al ser, simultáneamente, el narrador y lo narrado.  Mario Vargas Llosa: “Es la novela de una ciudad, Danzing”.

Foto: La Nación

El cuaderno dorado, el cuaderno dorado de las ilusiones perdidas (Doris Lessing – 1962)

El cuaderno dorado no es, para Mario Vargas Llosa, una biblia femenina; sino una novela sobre las ilusiones perdidas de una clase intelectual que, desde la guerra hasta mediados de los años cincuenta, soñó con transformar la sociedad, según las pautas fijadas por Marx. “Es el fracaso de una utopía que experimenta un intelectual (que es, también, mujer)”. En cuanto a la estructura, ésta responde a la enmarañada realidad emocional y social tal como es vivida y analizada por la protagonista, Anna Wulf. Sobre los libros y sus colores, para Anna Wulf, la vida podía ser encasillable; el Cuaderno Dorado es la negación  de esa teoría.

Siete cuentos góticos (Isak Dinesen – 1934)

Isak Dinesen es en realidad la baronesa Karen Blixen de Rungstedlund, y la publicación de sus cuentos narrados con un siglo o más de atraso marcó su permanencia en la posteridad. Su anacronismo literario, según Mario Vargas Llosa, tiene dos justificaciones, el primero lo marca su crianza y educación a la usanza antigua; el segundo, el más importante, es que, en un mundo en el que la realidad golpea con crudeza, el excesivo fantaseo no es desinterés, es más bien una puerta de escape y de irrealidad que hace la vida más digerible.

Auto de fe, una pesadilla realista (Elías Canetti – 1936)

En esta novela, narrada como una desintegración desconcertante, un elemento añadido por Canetti es la carta de ciudadanía pública a los “demonios humanos”, esos espectros que, en la vida real, hombres y mujeres mantienen ocultos en los repliegues de su intimidad y a los que sólo sacan a la luz de vez en cuando. De esta forma, lo que suele subyacer, aparece sin disfraces y, no importa cuán absurdos o feroces sean, todos viven para obedecerlos y acatarlos, con olímpico desprecio de las consecuencias.

El fin de la aventura (Graham Greene – 1940)

Esta es otra de las novelas de Greene en donde se narra una historia ligada a la fe. Ella narra, enmarcada en un Londres lúgubre y aturdido por los bombardeos alemanes, el triángulo amoroso formado por la relación adúltera de Maurice Bendrix y Sarah Miles complementada por el Henry, esposo de esta y amigo de aquel. La obra cuanta cómo Sarah abandona el terreno de las pasiones por la gracia divina en la concesión de un milagro, o algo que pareció serlo. Esta epifanía redime el ambiente y otorga un aura sacra al relato.

Sostiene Pereira (Antonio Tabucchi – 1994)

La más reciente de las novelas que analiza Mario Vargas Llosa. Ya se enmarca en la posmodernidad, sin embargo nos aventura en la historia de la dictadura portuguesa. Y en medio de ella emerge un héroe sin cualidades, Pereira. Viudo e hipocondríaco, la dictadura le tiene sin cuidado, su opinión es poco menos que crítica. Sin embargo, el contacto con los ideales libertarios de unos amigos lo lleva a cambiar, como si algo hubiera estado dormido y de pronto despertara incitando la subversión. Sin duda, otro matiz de lo imprevisible de las pasiones ocultas.

Foto: El Blog de Hugo Orell

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