El Mar de Madera, Jonathan Carroll

¿Se imaginan una guitarra de valor incalculable, un perro de tres patas que revive, un concierto en directo de los Beatles en el año 2001, una máquina que devuelve los recuerdos (de marca BIC), viajes en el tiempo, un hombre que habla con su yo adolescente, intriga, aventuras, persecuciones, una pluma multicolor, una conspiración para acabar con el mundo… y todo en un libro de 300 páginas?

Ante una novela tan visual como es El Mar de Madera, de Jonathan Carroll (1949), al lector sólo se le pasa una cosa por la cabeza: ¿cómo sería esta maravilla adaptada al cine? Para el que escribe esto sólo hay una respuesta. Sería una mezcla entre David Lynch, por el surrealismo; y Tim Burton, por el aspecto mágico que se mantiene omnipresente en el relato.

Jonathan Carroll, el autor de esta increíble novela (nunca mejor dicho), tiene como mayor logro introducir al lector en un mundo fantástico y casi inmaculado donde la vida es algo mágico, rebosante de sentido. Todo ello con un estilo sorprendente y estimulante, al más puro estilo de los nuevos escritores norteamericanos, con un lenguaje fluido, lleno de desparpajo. El derroche de originalidad se hace obvio y los personajes se hacen inolvidables.

Ante un libro así, de poco sirve explicar que el relato trata sobre la tranquila, rutinaria y feliz vida de un policía (llamado Frannie McCabe) en un tranquilo pueblo del norte de Nueva York. El argumento aquí es algo secundario. Son tantos los temas que se tocan, que el lector puede acabar extasiado tanto en el plano emocional como en el literario. Nada más lejos de la realidad: el libro acaba de la forma adecuada en el momento adecuado y, aún así, el lector se queda con ganas de más.

Se presenta una cantidad ingente de incoherencias narrativas y argumentales de manera despreocupada y divertida, una cosa está clara: a Carroll le interesan mucho más las preguntas que las respuestas, y así se lo hace ver al lector, partiendo de una especie de paradoja zen: ¿Cómo remar en un mar de madera? Atención a la ilustración de portada de Rafal Olvinsky: digna de ser mencionada de entre las mejores portadas de la historia de la literatura.

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