Fábulas de Samaniego, enseñar deleitando

El siglo XVIII es el de la Ilustración, caracterizada por su espíritu didáctico. Por ello, la literatura de la época tiene por objeto, más que la belleza, la enseñanza. Uno de los géneros en que se apoyó para ello fue la fábula, breve composición en verso que narra una historia que culmina con una moraleja. Gran fabulista fue Samaniego.

El siglo XVIII es también conocido como el Siglo de las Luces a causa del afán didáctico que preside toda la centuria. Fruto de la Ilustración, los intelectuales del tiempo –desde Rousseau hasta el español Jovellanos- sueñan con educar al pueblo para construir un cuerpo social letrado y con criterio que permitiese a los distintos países prosperar y avanzar.

Uno de los mejores caminos que encontraron para ello fue la literatura y, así, toda la de este siglo se halla presidida por esa intención docente. Pero como sin belleza no hay literatura, adoptaron la vieja fórmula latina de ‘Delectare et prodesse’, es decir, ‘enseñar deleitando’, máxima presente en toda creación literaria de la centuria. No obstante, de tener que renunciar a uno de estos dos objetivos, se dejaba a un lado el goce estético para que prevaleciera la educación. Por ello, algunas obras de este periodo resultan un poco prosaicas.

Foto del libro de las Fábulas

Una edición de las Fábulas de Samaniego

Por otra parte, en esa etapa se produce un renacer del clasicismo, tanto del de la antigüedad como del Renacimiento. Ello da lugar a que se recuperen formas literarias de aquel tiempo, entre las que resultaba ideal la fábula, por su doble finalidad estética y didáctica.

Es esta un género literario en verso –habitualmente de arte menor- que narra una historia o cuento en cuyo final se inscribe una moraleja o enseñanza práctica. Su principal cultivador en la Antigüedad fue el griego Esopo, en quién se inspirarían los fabulistas modernos. Entre ellos, destaca el francés La Fontaine y los españoles Tomás de Iriarte y Félix María de Samaniego, que, a partir de la obra de aquél –en ocasiones, copiándola directamente-, retomarían el género como instrumento literario y docente.

Félix María de Samaniego (Laguardia, Álava, 1745-1801) pertenecía a una familia de la aristocracia y ello le permitió dedicarse toda su vida al estudio y la creación literaria. Admirador de la cultura francesa, poseía una ideología anticlerical que le causó no pocos problemas con la Inquisición –pasó varios meses confinado en un convento debido a sus escritos-. Aunque su creación más conocida son las Fabulas en verso castellano para el uso del Real Seminario Vascongado, también escribió otras de índole menos didáctico y más erótico, cargadas de humor y procacidad.

Foto de Laguardia

Laguardia, villa natal de Samaniego

La obra que le ha dado fama está constituida por doscientas cincuenta y siete fábulas, algunas tan populares como la de la lechera, la de la cigarra y la hormiga y la de la zorra y las uvas. En ellas, combina la ironía sobre los defectos humanos con la finalidad didáctica. Y, aunque aparentemente son ingenuas, Samaniego introduce en ellas no pocas alusiones críticas a personajes poderosos de la época.

Se trata, en suma, de un conjunto de poemas en que los animales reemplazan a los hombres como personajes, pero tras los que es evidente la presencia de defectos y vicios muy humanos.

Podéis leer las Fábulas aquí.

Fotos: Libro de las Fábulas: Fábulas en Flickr | Laguardia: Koba Tours en Flickr

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