Otra vuelta de tuerca, de Henry James

Todos conocemos historias de fantasmas que nos ponen los pelos de punta, pero seguramente ninguna de la intensidad y relevancia de Otra vuelta de tuerca, del estadounidense Henry James (1843-1916). Pese al manifiesto barroquismo que ostenta James en sus novelas más largas, algunas de las cuales son complicadas de leer, lo cierto es que con la presente obra el lector no encontrará mayores dificultades. Un relato de corte victoriano donde los sentimientos y las pasiones se reprimen dando paso a la maldad, esta vez de la mano de dos (a priori) inocentes criaturas.

Fotograma de la adaptación cinematográfica de la novela, por Bel Bolt (1999).

Siendo fiel al título de su relato más conocido, el relato de James marca un antes y un después en la literatura de terror. En primer lugar, estamos ante una historia donde la ambivalencia domina el curso de los acontecimientos, hasta tal punto que el lector deberá hacerse algunas preguntas obligadas: ¿existen realmente las presencias malignas de las que nos habla la protagonista? ¿Está la narradora principal desequilibrada? ¿Somos nosotros testigos de una fantasía paranoica? El doble rasero que caracteriza el relato es un hecho con el que los millones de lectores de Otra vuelta de tuerca han tenido que lidiar desde su publicación en 1898.

La historia comienza alrededor de la lumbre, cuando un grupo de personas juega a contar historias de fantasmas. Uno de ellos descubre ante sus colegas un manuscrito real de una conocida suya, joven institutriz de origen humilde que acepta un trabajo en la lúgubre mansión de Bly. Al principio, todo es candor y armonía: ella adora a sus dos pupilos, Miles y Flora, y conecta enseguida con la señora Groves, el ama de llaves. Pero, al pasar el tiempo, se da cuenta de que existen detalles sensibles de hacer su vida en la mansión cada vez más extraña. El señor que la ha contratado, tío de los niños, pone como condición que nunca se le moleste, la pequeña Flora es una hipócrita y el niño Miles empieza a dar muestras de ser conflictivo. Para más inri, ella empieza a tener visiones de seres fantasmales que amenazan la quietud del caserón.

No daremos más datos para dejar margen suficiente a aquellos que no hayan leído la obra, pero lo que sí podemos decir es que nos encontramos con un relato de terror de corte clásico, donde no veremos ni violencia ni sangre… pero sí un clima progresivamente opresivo, una lectura envolvente y claustrofóbica, y un terror silente. La psicología de los personajes será aquello que más desazone al lector, que podrá leer en ellos la ambivalencia de la que hablábamos antes. De manera similar a novelas del siglo XIX como El retrato de Dorian Gray o El extraño caso del Doctor Keckyll y Mister Hyde, los protagonistas llevan dentro el bien y el mal, capaces de una cosa o la otra. El hecho de que esta dicotomía se traslade a unos «inocentes» niños, hace que la propuesta sea mucho más inquietante.

Fuente: Anaya Infantil

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