Relatos verídicos de Luciano de Samósata

Relatos fantásticosNo es el primer libro de viajes, desde luego, ni siquiera el primero que trata viajes con estos destinos, pero es, eso sí, el que nos llega más completo, pues conservamos el texto íntegro, frente a otros de los que nos ha llegado parte o sólo fragmentos o, lo que es peor, sólo referencias de otros autores. Por ejemplo hay un autor también griego llamado Antonio Diógenes que escribió una obra titulada Las maravillas de más allá de Tule, debió de ser todo un novelón, pues hay referencias en varios autores, pero por desgracia sólo conservamos algunas partes más o menos completas y algunos fragmentos. Y en ella ya hay un viaje a la luna, además de otros portentos e historias fantásticas que influyeron en autores posteriores como el mismísimo Cervantes. Por la forma en la que están escritas, probablemente las Maravillas de Antonio Diógenes datarían del siglo I d. C. Tan sólo un siglo antes de que naciera Luciano de Samósata, que va a ser el autor del que nos ocupemos en este artículo.

Imagínense, un viaje contado en primera persona, un viaje que se hace simplemente por el afán de conocer y ver cosas nuevas. El punto de partida, las mismas columnas de Heracles. El barco, una nave ligera. Y en el barco cincuenta y un hombres con deseos de saber cuál es el final del Océano y qué gente habita más allá. Este es el inicio del viaje que Luciano nos va a contar bajo el nombre de Relatos verídicos.

De pronto, el mar que se había mantenido sereno, se encrespa, crece el oleaje y todo oscurece. Durante setenta y nueve días (ojo con la precisión temporal) viven en medio de la tormenta. En el día ochenta, el sol sale de nuevo y el mar se calma. Se encuentran ante una isla en la que desembarcan, en ella hay un río que en lugar de agua, lleva vino, y los peces que en ese líquido viven, en lugar de saciar el hambre, emborrachan. Los campos están plagados de vides-mujeres, cuyos cuerpos, como el de Dafne en las representaciones en las que aparece convirtiéndose en laurel, eran mitad vegetales, mitad humanos. Sus besos enloquecían a los hombres. Así pues, huyen de la isla y vuelven al mar.

Y si antes se salvaron de la tempestad, ahora será un tifón el que arrastre a la ligera nave, lanzándola por los aires, y durante siete días los mantuvo así, hasta que al octavo (de nuevo, fíjense en la precisión del tiempo), ven una isla brillante y esférica, de la que se desprendía una gran luz. Allí desembarcan. Al explorarla, descubren que estaba poblada. Y ven, allá abajo, una tierra en la que se distinguía bosques, ríos, mares, montañas. Concluyeron que aquella otra tierra que veían abajo era la que ellos habitaban.

¿Qué es entonces esa otra tierra a la que han llegado? Si alguno ha pensado en la luna, ha acertado. Porque es a la luna donde han llegado. No piensen que en la luna todo es felicidad. También aquí hay guerras y rencillas entre los pueblos que la habitan: los Hippógypoi (los jinetes de buitres) capitoneados por el mitológico Endimión (amante de Selene); los Hipomýrmekes o jinetes de hormigas, dirigidos por Faetonte. Sus aliados son entre otros (pongo directamente los nombres según la traducción de Carlos García Gual para Alianza Editorial) los aeromosquitos, los tallisetas, los perribellotas, los nubicentauros… Todos en lucha por el dominio sobre el Lucero del Alba, en una parodia magnífica de las batallas de los grandes poemas épicos. Finalmente, se firma la paz, con condiciones, entre ellas, que todos compartirán la colonia del Lucero del Alba y vivirán en paz y armonía.

Y una vez que la guerra ha terminado, Luciano nos cuenta qué vio en la luna: las mujeres no son las que paren a los hijos, sino los hombres. Los matrimonios son entre varones, y a los hijos engendrados no los llevan en la barriga hasta el parto, sino en la pantorrilla (como Zeus llevó en el muslo el feto de Dioniso).

Existe en la luna, además, una especie de hombres llamada ‘arbóreos’, porque nacen de un árbol semejante al alcornoque, después de haber plantado una rebanada del testículo derecho del ‘padre’. Estos hombres que nacen dentro de una especie de bellota, tienen órganos sexuales de madera o de marfil.

Los individuos no mueren, cuando les llega el momento, se convierten en humo y se mezclan con el aire. Comen ranas. Consideran guapos a los que en Grecia en el siglo II consideraban feos (los calvos y pelones eran los más atractivos para los selenitas); los que llevan barbas, las llevan en las rodillas; sudan leche; son marsupiales (y los griegos no conocían a los canguros, pero donde falta el conocimiento, sobra la imaginación); sus ropas son de vidrio, sus ojos desmontables; hay una maravilla en el palacio real: un espejo en la boca de un pozo, si se desciende al pozo se oye todo lo que se dice en la tierra, si se mira al espejo, se ven todas las ciudades y todos los pueblos como si estuvieran ahí mismo (¿vio Luciano un aparato de televisión selenita?).

Cuando, por fin, abandonan la luna, tienen oportunidad de navegar aun por algún que otro satélite, hasta llegar de nuevo al mar. Donde todos se regocijan, pero por poco tiempo, porque enseguida serán tragados por una enorme ballena. En el interior de la ballena se encontrarán con cosas tan extraordinarias como las vividas hasta el momento: una isla con un huerto, y un templete, bosques, fuentes de agua y hasta habitantes, dos humanos y algún que otro bicho de mal carácter.

Cuando logren salir de la ballena, tras una batalla entre la bestia y los habitantes de unas islas flotantes, se toparán con nuevas maravillas: islas de queso con mares de leche; islas cuyos habitantes corrían sobre las aguas gracias a sus pies de corcho y, uno de los lugares más interesantes, la mismísima Isla de los Bienaventurados, en la que residen los muertos y en la que se vive la mayor parte del tiempo resolviendo pleitos de tema mitológico.

En esta Isla se encontrarán con héroes de Troya, pero también con Homero y con Pitágoras, con epicúreos, pero con ningún estoico (parece que no le caían simpáticos a Luciano, por eso que se alegre de que no anden por aquellos vergeles). Tras seis meses en la isla, y como ellos no estaban muertos, tienen que partir, nuevas aventuras les esperan a los sobrevivientes.

Mentira tras mentira, pero sin ocultar que lo son, porque Luciano nos ha dicho, desde el principio, que al igual que otros cuando cuentan sus viajes, inventan cosas y no lo dicen, él va a inventar cosas y lo advierte, todo es mentira: “Escribo, por tanto, de lo que ni vi ni comprobé ni supe por otros, y es más, acerca de lo que no existe en absoluto ni tiene fundamento para existir. Con que los que me lean no deben creerme de ningún modo.” Sin embargo, llama a su obra, la más mentirosa de todas, Relatos Verídicos, ironía y mentiras, siempre, desde el principio al fin.

Es toda una declaración de principios: ‘la única verdad es que les miento’, viene a decir Luciano. Lo impresionante es la modernidad que presentan estas mentiras que fueron escritas, no lo olvidemos, por un griego que vivió en el siglo II d.C.

Mentiras que nos hacen reír y nos asombran, a pesar de haber sido escritas hace 19 siglos. Y han hecho reír a personas a lo largo de toda la historia, y han dejado su huella en escritores como Erasmo, Rebelais, Maquiavelo, Cervantes, Quevedo, los hermanos Valdés, Cyrano de Bergerac, Voltaire y hasta Verne.

Sucede con Luciano lo que con otros autores clásicos, sus obras son de dominio público, por eso es fácil encontrarlas en griego en internet, no así las traducciones que de ella se han hecho en los últimos años, que siguen sujetas a las normativas editoriales.

En la red, podemos encontrar sus obras en griego clásico, en francés, en inglés y alguna, no ésta de la que hemos hablado, en español.

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