Vlad el empalador: en busca del auténtico Drácula

vlad el empaladorEl 99.9% de los habitantes de nuestro planeta han oído hablar en algún momento de su vida de los vampiros. Estos seres entre mitológicos y reales (enfermos de porfiria), han ocupado muchas horas frente a la hoguera, y han servido de acicate a la imaginación individual y colectiva. La historia fantástica de los pueblos europeos, sobre todo los balcánicos, está plagada de este tipo de demonios. No cabe duda de que han sido siempre un repelente ideal para evitar que los jóvenes salieran a hacer gamberradas de noche: nada más terrorífico que la posibilidad de que te chupen la sangre, te violen y te veas obligado a resucitar cada noche a partir de ese horrible momento.

El miedo a los vampiros, auténticamente racional, pues se aúnan el miedo a la oscuridad, a los animales, al Mal y, sobre todo, a la Muerte, perdura aún en determinadas regiones Europa Oriental. En estos lugares existen muchos recursos para ahuyentar a los vampiros. Los más cinematográficos son las ristras de ajos, los crucifijos, y las estacas de madera (la única forma de rematar a un vampiro si lo encuentras en su ataúd). Pero existen otras. Se cuenta que hasta hace pocos años, sobre todo en las regiones transilvanas, los cadáveres se desenterraban a los tres años del fallecimiento y, en caso de que no se hubiera descompuesto como cabe suponer tras este tiempo, se les clavaba la famosa estaca en el corazón para evitar el vampirismo. A todo esto, los sacerdotes estaban presentes en el momento de la exhumación y rezaban por el alma del finado.

Cualquiera que haya profundizado ligeramente en el apasionante tema de los vampiros, probablemente sabe que la mayoría de las leyendas que tienen como protagonistas a los seres de la noche, se originaron a partir de una persona real: Vlad Tepes.

grabado con empaladosEste personaje fue conocido también como Vlad III de Valaquia, nació en Transilvania en 1431 y murió víctima de una asesinato en 1476. Fue uno de los tres hijos de Vlad Dracul, (que significa demonio en rumano, pero cuyo significado auténtico es dragón, puesto que pertenecía a la Orden del Dragón), y lo más sanguinario que os podáis imaginar. Su castigo favorito era el empalamiento, y lo practicaba de manera extremadamente frecuente. Durante su juventud, Vlad Tepes fue rehén de los invasores otomanos, hasta que a los diecisiete años consiguió ocupar el trono de Valaquia, del que fue depuesto poco tiempo después. Sin embargo, en 1456 ascendió de nuevo al trono, tras asesinar a su contrincante y lo conservó hasta 1462. Su vida transcurrió en el exilio hasta 1474, cuando volvió a batallar para volver a sentarse en el trono, y lo consiguió en 1476, pero por poco tiempo, porque en diciembre de ese año murió a manos de los turcos rodeado de su Guardia Moldava.

Como podréis observar fácilmente, el tema me apasiona, por eso leo cada libro que habla de ello, y casualmente, éste es uno de esos libros. Vlad el empalador: en busca del auténtico Drácula, escrito por M.J. Trow, es quizá demasiado erudito para mi gusto. Reconozco que no soy experta en ningún arte, pero entiendo que si lo fuera en alguno, no trataría a los demás como si escribiera para niños de tres años. Las anotaciones al márgen en las que Trow nos explica detalladamente quién era Martín Lutero, son exasperantes.

El autor dedica gran parte de la obra a Bram Stocker, básicamente nos resume la vida del famoso escritor, nos habla de la sociedad en la que se desarrolló su personalidad y repasa las leyendas centroeuropeas e irlandesas por medio de las que Stocker modeló a su personaje estrella: el conde Drácula. Otro apartado de este interesante volúmen está dedicado a las diferentes adaptaciones cinematográficas y los actores que se vistieron de vampiro a lo largo de la historia.

A pesar de ser un buen libro, y de recomendarlo para los aficionados al vampirismo, sí es cierto que le viene al pelo el refrán: «Quien mucho abarca, poco aprieta». Es tan amplia la materia que se queda con la primera capa, la más somera, del inmenso pozo que es el conocimiento vampírico. Quien haya disfrutado de otro libros más profundamente desarrollados podrá darse cuenta de ello. Si bien es un compendio perfectamente útil como acercamiento al mito para los profanos y como recordatorio para los expertos en la materia.

figurilla de TepesAlgo en lo que no estoy de acuerdo con Trow es el tratamiento que le da a la figura real de Vlad Tepes (pronúnciese tse´pesh). El autor recoge una serie de características del auténtico Draculea y las compara con patrones estándar que siguen asesinos en serie y psicópatas de nuestro días. Incluso reconociendo él mismo que la mayoría de datos que han sobrevivido de Tepes fueron escritos por sus enemigos, no duda en aplicar el mismo rasero. No es mi intención defender a un hombre que se entretenía empalando a sus siervos, pero sí comprendo que las cisrcunstancias que se vivieron en el siglo XV no pueden ser comparadas con las de nuestro días. Todos hemos oído hablar de la crueldad de la Edad Media, recordaremos que la Inquisición quemaba a todo el que se le ponía a tiro, y todos los reyes europeos de los siglos pasados han demostrado que la benevolencia no era una de sus virtudes. Para más inri, a los presos de Guantánamo no se les reconocen Derechos Humanos, ¿llamarán nuestro nietos vampiro a Bush?

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