El cocinero del arzobispo, de Juan Valera, cuando la sinceridad no es agradecida

El relato breve cuenta con gran tradición en la literatura española. pero su gran apogeo se produce con la narrativa realista del XIX, cuando casi todos los autores lo cultivan. Uno de ellos fue Juan Valera, maestro de la prosa que, en El cocinero del arzobispo, nos muestra a un clérigo un tanto glotón que sigue el refrán de ojos que no ven, corazón que no siente.

El relato breve tiene una amplísima tradición en las letras españolas. Desde sus mismos orígenes, con el famoso Conde Lucanor de don Juan Manuel, pasando por las Novelas ejemplares de Cervantes hasta la actualidad, han sido muchos los escritores que han cultivado el género.

Foto de Valera

Juan Valera

Pero, en buena lógica, las muestras se multiplican en etapas en que la narrativa predomina sobre las restantes formas literarias, como sucede en los años del Realismo, a fines del siglo XIX. Efectivamente, en este periodo el cuento es cultivado –con mayor o menor fortuna- por, prácticamente, todos los autores importantes.

En este sentido, uno de los maestros del género es el andaluz Juan Valera (Cabra, Córdoba, 1824-1905), aristocrática personalidad que repartió su tiempo entre la escritura y los escarceos galantes. Y es que fue Valera un hombre de mundo: diplomático, político y gran seductor, su Epistolario ofrece un impagable retrato de la época que vivió.

Pero fue también un gran escritor cuyas obras resultan un tanto singulares respecto a las de otros autores coetáneos. En una etapa en que el realismo narrativo dominaba todo, Valera se inclina más por el estudio psicológico de los caracteres –especialmente los femeninos– y el elemento idealista. A ello contribuiría no poco su importante conocimiento del alma de la mujer.


Sea como fuere, personajes como su Juanita la Larga o su Pepita Jiménez poseen una fuerza de carácter y una riqueza extraordinarias, capaces de llevar al hombre a donde ellas desean con el único recurso de su inteligencia.

Junto a éste, otro importante rasgo de su narrativa es la luminosidad y gracia andaluzas que confieren a sus relatos un humor sutil y depurado que, la mayor parte de las veces, procede de una inteligente ironía.

Este último ingrediente es muy visible en su cuento El cocinero del arzobispo, perteneciente al volumen Cuentos y chascarrillos andaluces. En él se nos presenta a un austero siervo de Dios que, como penitencia, se impone la frugalidad en las comidas. Su mayor lujo es un modesto potaje de garbanzos y habas que le prepara su cocinero.

Foto de un monumento a Valera

Monumento a Juan Valera en Madrid

Cuando éste es despedido, el arzobispo busca sustituto pero, como ninguno es capaz de hallar el punto adecuado en la elaboración de su humilde manjar, los candidatos se suceden sin éxito hasta que uno de ellos, más avisado, contacta con el primer cocinero para saber su secreto. Poseedor de él, su triunfo en la elaboración del plato es rotundo pero, en un arranque de sinceridad, hará una confesión al prelado que éste zanjará con una sorprendente respuesta.

Valera es un excepcional escritor, que combina perfectamente lo castizo y lo clásico y en este breve relato consigue una pieza redonda.

Podéis leer la obra aquí.

Fotos: Juan Valera: Lissethvegamar en Flickr | Monumento a Valera: Noziroh en Flickr

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