El concierto de Augusto Monterroso, racionalidad versus sensibilidad

El cuento ‘El concierto’, de Augusto Monterroso recrea un drama cotidiano entre padres e hijos: la separación entre ambos por cuestión de profesión o actividad. En el relato, la distancia y la incomunicación hacen sufrir a padre e hija porque mentalmente han configurado un purismo que vuelve sus ocupaciones excluyentes la del uno respecto de la otra.

Pugna entre padres e hijos

Pugna entre padres e hijos

Si hay una lección de vida que todos debiéramos aprender en nuestras profesiones, oficios y negocios es la de tomar con pinzas todo extremo de purismo, desconfiar de postulados que nos dicen ‘jamás mezcles una ocupación con otra o no tengas dos intereses distintos’. Por ejemplo, aún se puede escuchar a personas que creen que en el arte, como la literatura, se vive en una situación impermeable al mundo de los negocios; pero esta sentencia cojea, pues todo escritor reconocido vive de sus publicaciones y tiene derecho a diversificar sus fuentes de ingreso. Así nadie debería tomar por pecado, que un pintor o escritor que ha logrado dinero habrá como renta accesoria un supermercado, cadena de restaurants o lo que sea.

Es cierto que los hombres de empresa son muy prácticos, algunos tienen un carácter hermético, pero no hay una regla general que se postule como ley de la física que diga ‘un empresario jamás valorará el arte’, como contraejemplo tenemos a los multimillonarios coleccionistas de pintura, escultura, antigüedades, etc. En el cuento ‘El concierto’ de Augusto Monterroso, los protagonistas anónimos son un empresario y su joven hija que inicia su carrera de pianista, ella siente frialdad en su padre, cierta distancia porque están en ocupaciones distintas, mientras él aplasta a sus competidores, ella busca el reconocimiento del público y de la crítica, gracias al esfuerzo de sus hábiles dedos que también son hermosos, como valor positivo en el relato.

El purismo separa

No estoy en contra de escribir literatura pura, más bien soy su defensor, lo que me parece arriesgado es vivir con directivas de purismo, se me hace inconcebible que alguien me diga ‘ya que eres escritor no tengas negocios, ni siquiera como renta’, quizá en el cuento tanto la hija como el padre son puristas, una a tiempo completo en su arte, sin interesarse por las actividades de su progenitor que han propiciado la libertad para su actividad, y el padre que se siente traicionado porque su hija no se dedica a ejecutiva, peor aún, no se vuelve una iniciada en los negocios, se separan ambos, haciéndose extraños, más lejanos cada vez que el narrador (el padre) se afirma en su distancia diciendo ‘yo no soy artista’, a modo de anáfora en la narración.

Para el hombre de negocios hay un reconocimiento de los íconos culturales como hitos en la música y paradigmas de imitación, incluso cree que Bach, Mozart y Beethoven estarían contentos con la performance de su hija. El problema entre estos dos personajes es la falta de identificación, pues ambos han llegado a una posición radical en la vida, donde creen que hay ocupaciones capaces de entorpecer el curso de su actividad principal, por ello sienten excluyentes sus profesiones, cuando lo que es impermeable en verdad es su estilo de vida, ya que no hay una regla o propedéutica que obligue en el aprendizaje del arte o de los negocios a desinteresarse de otros quehaceres. El sinsabor de este par de personajes se debe al extremo de directrices con las que han asumido su estilo de vida.

Este cuento recrea un drama humano, doméstico, a saber el choque de caracteres entre padre e hija cuando la afinidad entre ambos se desdibuja por ocupaciones distintas. Los personajes creen en una dicotomía entre negocios lucrativos y arte, un extremo que los lleva a la infelicidad y a tomar distancia uno del otro. En el cuento, el problema es de incomunicación, de un cierre al dialogo y a la interacción de espacios que se consolidan como estilos de vida.

Podéis leer la obra aquí

Foto: Tiago Ribeiro en Flickr

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