El idiota, de Dostoievski o un hombre bueno

Es curioso cómo, en un país que, hasta entonces, apenas tenía literatura destacable, en unos pocos años aparecen autores de la talla de Pushkin, Turgueniev, Dostoievski o Tolstoi. Quizá sea achacable a la espiritualidad del pueblo ruso, que halló cauce adecuado en la literatura. Porque la novela de estos autores, aún dentro del realismo imperante, muestra una mayor preocupación por indagar en los recovecos del alma humana. De ahí que se le haya llamado Realismo espiritual. El idiota, de Dostoievski, es buena muestra de todo ello.

La Rusia zarista, hasta mediados del siglo XIX, apenas presenta una trayectoria literaria relevante. Por ello, resulta difícil explicar que, de un modo aparentemente espontáneo, surjan en unos pocos años autores de la talla de Pushkin, Turgueniev, Dostoievski o Tolstoi. Quizá haya que buscar los motivos en la profunda espiritualidad del pueblo ruso, que encontró un cauce de expresión adecuado en la literatura.

Foto de Dostoievski

Fiódor M. Dostoievski

En efecto, las letras rusas por estos años –aun dentro de los moldes del Realismo narrativo imperante- difieren de las de otros países en ese componente espiritual que es parte esencial de la novela del imperio zarista. En Rusia, los autores toman sus temas de la realidad pero van un paso más allá que los de otros lugares: si en éstos la intención es meramente documental, de reproducción fotográfica de la sociedad, en aquélla tratan de discernir en los recovecos del alma humana para comprender la esencia del hombre ruso y, con ello, del Hombre en general.

Naturalmente, esto conlleva una crítica –en ocasiones, durísima- de la sociedad, especialmente de la aristocracia, mostrada como una clase ociosa y frívola que supone una rémora para el avance del país. Y es que Rusia, aún sometida a un sistema feudal en plena era de la industrialización, precisaba que alguien despertara las conciencias a favor del progreso.

Sin embargo, Fiódor Mijáilovich Dostoievski (Moscú, 1821-1881), aunque también trabajó en aras de este objetivo, fue un intelectual más preocupado en el componente anterior: el estudio del ser humano. Todas sus obras reflejan interés en profundizar en los aspectos más recónditos de éste y muy especialmente en su parte espiritual.


Hombre de vida difícil –baste señalar que padecía epilepsia crónica y que fue encarcelado en la durísima zona de Siberia durante varios años-, creó una amplia obra, fundamentalmente narrativa por la que se le considera un precursor del Existencialismo que tanto auge tendría a lo largo del siglo XX.

Muchas de sus novelas se caracterizan por presentarnos a un protagonista cuya forma de vida se rige por principios diferentes a los comúnmente aceptados por la sociedad, bien por ser víctima de algún vicio o bien por poseer unas cualidades que lo sitúan por encima de aquélla y hacen que, por ello, sea despreciado.

Foto de Moscú

Una vista de Moscú, ciudad natal del escritor

Así ocurre en El jugador, pero, sobre todo, en El idiota, que nos muestra al príncipe Myspkin, un hombre que, tras estar recluido varios años en un hospital psiquiátrico, regresa a San Petersburgo. Al poco de llegar, recibe una cuantiosa herencia pero no muestra ningún apego al dinero. Además, se muestra como una persona bondadosa: piensa bien de todos, perdona las ofensas y nunca cede al mal. Por ello, es visto entre la aristocracia con recelo y escepticismo, ya que no es nada usual encontrar entre los de su clase una persona así.

Como su perversión les hace incapaces para comprender que el príncipe es un hombre bueno e ingenuo, pronto lo bautizan como ‘el idiota’. Todo ello hace que el protagonista termine por regresar a su cautiverio.

Por tanto, Dostoievski realiza aquí una reflexión sobre lo perverso que el hombre se convierte en sociedad: incapaz de comprender a una persona buena, primero lo consideran un falsario y, más tarde -cuando se convencen de su sinceridad- un idiota.

Podéis leer la obra aquí.

Fotos: Dostoievski: Papa November en Wikimedia | Moscú: Espe Caballa en Flickr

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