Eugenio de Aviraneta, la contrafigura del pacífico Pío Baroja

Sabido es que Pío Baroja, hombre pacífico y más bien pasivo, siempre sintió añoranza de la acción. Probablemente por ello tomó a Eugenio de Aviraneta, antepasado suyo y conspirador, para protagonizar sus Memorias de un hombre de acción, serie de veintidós relatos sobre esta figura.

Sabido es que el excepcional novelista Pío Baroja poseía un temperamento especial. Profundamente pesimista respecto al hombre y al mundo, tímido y pacífico, sentía, sin embargo, una gran añoranza de la acción.

Él mismo, que llevó una vida tranquila, confiesa que le hubiera gustado ser un aventurero y esta inquietud la plasmó en muchos de los personajes de sus novelas como Zalacaín o Shanti Andía.

Retrato de la Reina Isabel II de España

La Reina Isabel II, a favor de la que conspiró Aviraneta, retratada por Federico Madrazo

Pero, de entre ellos, quién se lleva la palma es indudablemente Aviraneta, al que dedicó la serie de veintidós novelas Memorias de un hombre de acción y que además existió realmente. De hecho, fue un antepasado del propio Baroja.

Eugenio de Aviraneta e Ibargoyen nació en Madrid, aunque su familia era de origen vasco, en 1792. Por ello, pasó su infancia en Irún y, siendo todavía muy joven, luchó en las guerrillas que se oponían a las tropas napoleónicas durante la Guerra de la Independencia al lado del mítico cura Merino.

Poco después, entró a formar parte de la Masonería y participó activamente en la sublevación liberal de 1823. Por ello, tras la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis y la restauración absolutista, tuvo que huir de España y refugiarse en el norte de África. De allí pasó a Grecia, donde -como el mismo Baroja nos dice- conoció a Lord Byron, y después a Francia.

Regresó tras la muerte de Fernando VII pero continuó conspirando. En uno de esos complots, fue hecho prisionero y trasladado a un penal de Galicia. Pero se escapó y volvió a Madrid, donde fundaría la sociedad secreta de ‘Los Isabelinos’.

Nuevamente es encarcelado pero pronto recobra la libertad. El Gobierno liberal lo aprovecha entonces –en pleno furor de la Guerra Carlista– para que espíe en su favor los movimientos del enemigo. Incluso llega a participar en un plan para secuestrar a don Carlos, el pretendiente al Trono.

Por dos veces fracasó en tan osado intento. Pero, en cambio, contribuyó activamente a la firma de la paz con el ‘Abrazo de Vergara’, aunque ello no fue óbice para que continuara conspirando en Francia para evitar que el carlista obtuviese empréstitos con los que reanudar la guerra.

A pesar de esta vida sin pausa, aún tuvo tiempo para escribir alguna obra literaria. Murió en Madrid el ocho de febrero de 1872.
Sin duda, no fue casual que Baroja lo eligiese para su serie de relatos. Había sido el aventurero que él siempre quiso ser.

Fuente: Euskomedia.

Foto: Ángel Ruiz Almansa en Artelista.

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