Las fresas de Émile Zola, el amor como motivo del juego

‘Las fresas’, de Émile Zola en Ciudadseva es un relato naturalista que muestra la tendencia natural de los jóvenes a despreocuparse de algunos detalles mientras son enamorados. Las fresas transportan el sema de la frescura desde ellas mismas hacia Ninon, la chica idealizada para el amante y narrador. El cuento instala el bosque como lugar ideal del amor a medida que lo vincula a los protagonistas, quienes escogen de él un espacio privado para su amor.

Un cuento de amor juvenil

Un cuento de amor juvenil

El naturalismo en la narrativa aparece como un movimiento cercano al realismo, pues empezó con descripciones del ambiente en el relato similares al paso de una cámara filmadora, así en la presentación de un prado, los olores, sonidos y colores de la naturaleza daban pie a sinestesias en la lectura. Entre los fundadores de la corriente naturalista destacan los escritores franceses Guy de Maupassant, los hermanos Goncourt y Émile Zola (1840-1902), este último con un registro que va desde la ironía y crítica social hasta la recreación de aventuras juveniles como un paseo de enamorados, donde predomina el aire despreocupado de la pareja y el disfrute del ocio.

La narración tiene algunos tintes líricos cuando el narrador protagonista se detiene a contemplar los rayos del sol sobre su cuerpo o el de su amada Ninon, así como las freseras que rebosan frutos hermosos y provocativos que producen alegría. Este cuento, ‘Las fresas‘ corresponde al libro ‘Cuentos a Ninon‘ (1864), obra de juventud de Zola, donde ya se leen los principios de este ismo al cual también le dedicó estudios críticos posteriormente. Ninon es símbolo de vitalidad y belleza en este relato, un personaje que es hilo conductor en el libro de cuentos que versan sobre amores juveniles.

El juego de recolectar las fresas
En su búsqueda de fresas, el narrador y Ninon después de recorrer un trecho grande de los bosques de Verrières solo hallan una única fresa, como jugando, la coqueta Ninon la coloca en su boca para que el narrador la bese al morder su parte; aquí la frescura de la fresa es símbolo de la lozanía, belleza y encanto de Ninon, muchacha de 20 años que reboza atracción para su amado. El beso es motivo de gozo y una oportunidad de cobrar nuevos bríos para encontrar las freseras escondidas, de las cuales recolectan un abundante fruto que envuelven en un pañuelo para disponerlo a modo de merienda.

Embriagados por el gozo y los juegos del amor juvenil, ambos enamorados no se dan cuenta que se han acostado sobre el pañuelo con fresas, hasta que piensan en tenerlas como refrigerio. La distracción les hace perder las fresas pero les permite ganar más tiempo juntos en el Eros compartido. Este relato verbaliza la despreocupación juvenil como una tendencia natural a reproducir el goce, único afán de los enamorados, más cuando están colocados en un escenario como el locus amenus, lugar ideal en la literatura para el arte y el amor. En el relato el bosque se hace un espacio privado, receptivo a la personalidad y el amor de la pareja protagonista.

Este cuento instala el amor juvenil junto a su gozo despreocupado como valor fundamental en el relato. La frescura es un rasgo compartido en los amantes, el bosque y las fresas, más cuando se hace la equivalencia del sabor de la fresa con el beso de Ninon. El relato tiene del naturalismo, la forma de describir el paisaje, los movimientos de los personajes, sus sensaciones y conducta. El bosque, a pesar de su grandeza se parceliza y brinda un espacio privado a los amantes para su gozo.

Leer Las Fresas aquí

Foto: fresas por bdebaca en Flickr

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