Las mujeres árabes son las más perfectas

El Libro de cuentos del Infante Don Juan Manuel es un ejemplo clásico de obra que se nutre de sus tiempo. Sin embargo una discusión con un amigo permite descubrir una nueva lectura de este clásico.

Hace unos días tuve una pequeña discusión con mi compañero del Boletín de Literatura acerca de las representaciones que se hacen de las mujeres en los grandes clásicos de la literatura. Específicamente abordamos las colecciones de cuentos de «Las mil y una noches» y el clásico libro de cuentos del Infante Don Juan Manuel «El Conde Lucanor«. Curiosamente en mi caso mi aproximación a tan exquisitas obras se debió a un gran erudito de la literatura latinoamericana: Jorge Luis Borges.

En el caso de las Mil y Una Noches son muchas las virtudes que se han comentado en diversos artículos. El Conde Lucanor no le queda a la saga, pero su redacción tiene algo de esa atmósfera oriental propio de las noche árabes. Entendible por la influencia árabe en la cultura española. Tantos años de ocupación árabe tenían que dejar una huella en la península ibérica y la podemos ver tanto en la arquitectura como en las comidas y algunas palabras del habla castellano derivadas precisamente del idioma árabe.

sevilla.jpg

Uno de los cuentos que siempre me gustaron de la obra del Infante Don Juan Manuel es el célebre «Lo que sucedió a un deán de Santiago con don Illán, el mago de Toledo«. El elemento fantástico y la forma en la que se cuenta la historia hace que uno pueda confundirla con ese otro monumento de la literatura que es «Las Mil y una noches». Pero las virtudes de «El Conde Lucanor» son propias. En el caso del Deán de Santiago con el mago de Toledo uno disfruta uno de los mejores finales que un cuento puede tener. Un final tan contundente y profundo en la reflexión de la naturaleza humana que supera a muchos cuentos de «Las Mil y una noches».



Tenemos también en «El Conde Lucanor» las sencillas y simpáticas fábulas con animales que recrean situaciones humanas. Técnica muy empleada en la literatura antigua, desde China hasta Grecia. El antropomorfismo de los animales es una característica común a todas las culturas de la humanidad. Tenemos al dios Anubis de los egipcios, las fábulas de Esopo, los cuentos aleccionadores de los chinos, Hanuman el dios mono de los Indios y tantos otros ejemplos que abundan en la historia de la literatura. Varias de las mejores fábulas de la tradición española las encontramos en este libro. Tenemos en generosa abundancia los cuentos «lo que sucedió a una zorra con un gallo», «lo que sucedió a los caballos con el león», «lo que sucedió a una golondrina con otros pájaros cuando vio sembrar el lino», «lo que sucedió a un cuervo con los búhos», «lo que sucedió al león con un toro» y muchos otros cuentos más.

De las fábulas, una de las más recordadas es la del León y el Toro. Un espléndido muestrario de la cizaña y las torpezas de los poderosos. Gracias a la zorra (un clásico de los animales ladinos) y el carnero la cizaña se apodera del reino de los animales y provoca un colapso tan grande en la tiranía del León y el Toro que pierden el poder. Una ilustración sencilla y contundente de las debilidades de los poderosos tan propensos a desconfiar de su entorno y creer ciegamente en sus aduladores. El refrán que cierra la obra es otra pieza perfecta de la obra «Por dichos y obras de algunos mentirosos, no rompas tu amistad con hombres provechosos».

Es importante notar que en las obras de la literatura española clásica y antigua abundan los refranes. Tenemos los refranes de «La Celestina», «Don Quijote de la Mancha» y, claro está, «El Conde Lucanor». Ese gusto de los autores clásicos por utilizar refranes para enriquecer sus obras permite a muchos de los lectores modernos comprender en estos breves textos la ética y moral que aplicaban en sus vidas los hombres de aquellos siglos en los que se escribió la historia.

La discusión con mi amigo Gibrán se centró en una aparente fascinación por la mujer árabe en los cuentos del Infante Don Juan Manuel. Algo que me pareció descabellado, ya que los cuentos con personajes árabes son pocos. Quizás los de Saladino y unos cuantos más. Pero Gibrán me pidió me detuviera en ellos. Especialmente en el cuento de Saladino y la mujer de un vasallo suyo. Me explicó Gibrán su punto de vista. La mujer árabe del vasallo tiene una moral y comportamiento impecable incluso para el exquisito mundo árabe. Saldino no puede doblegarla a pesar de todo su poder y debe partir a occidente para encontrar respuesta a la pregunta que le pone la mujer para poder frecuentarla. En occidente Saladino encuentra un sabio que lo orienta y le da la respuesta a la mayor virtud de los hombres. Esta resulta ser la vergüenza y provoca en Saldino un bochorno terrible por descubrirse como el malvado de la historia.

Lo interesante del cuento es como el autor nos dice indirectamente que para encontrar explicación al comportamiento pleno de virtud se debe recurrir a la ética occidental y a la religión cristiana. Pero no por ello deja de alabar las virtudes de la mujer árabe en el cuento. Ellas son mostradas como fieles, sabias y bellas. Un verdadero regalo de la vida.

Le repliqué a Gibrán que la colección de cuentos, escrita en el siglo XIV, presenta también el caso de una joven mora rebelde y de mal carácter que es finalmente controlada por un astuto mancebo. En ese caso la mujer mora no era un ejemplo de perfección.

Ante esto me replicó Gibrán que eso demostraba que no hay mujer árabe mala sino mal educada y que con un poco de paciencia todas eran perfectas. Me sorprendió lo forzada pero lógica explicación que Gibrán encontró a mi objeción. Pero obstinado decidí arremeter con el cuento del Rey Abenabet de Sevilla y su mujer Rumaquía. En aquel cuento la mujer es una caprichosa y no se contenta con nada de los favores que le da el Rey.

yop-molesto.jpgA mi objeción Gibrán refutó citando una frase del libro acerca de ese personaje femenino «Ella era muy buena y los moros aún la recuerdan por sus dichos y hechos ejemplares; pero tenía un defecto era a veces antojadiza y caprichosa». Gibrán me dijo que la mujer árabe del cuento tenía un defecto, pero era el más adorable de todos. Los caprichos. Me insistió argumentando que el mayor deseo romántico de un hombre es satisfacer todos los caprichos de su amada. En ese caso la mujer árabe del cuento representa a la buena mujer que nos coquetea con sus caprichos. Eso en el fondo nos encanta. Conclusión era una mujer árabe perfecta.

Me sonreí con los argumentos de Gibrán. Mejor es que cada uno saque sus conclusiones leyendo el libro. Puede usted, amigo lector, hacerlo gratis desde este link.

Y usted ¿Qué Opina? ¿Son las mujeres árabes perfectas?

Foto 1 Castillo de Alcalá en Sevilla en flickr

Imagen 2 el autor de la nota sufriendo por las ocurrencias de Gibrán

Valora esta noticia: 1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (0 votos, media: 0,00 de 5)
Loading ... Loading ...