Niebla, Miguel de Unamuno

niebla.jpgDon Miguel de Unamuno (Bilbao 1864, Salamanca 1936) está considerado uno de los mejores escritores en lengua castellana. Su principal característica no es la profusión de descripciones, los escenarios en los que transcurren sus historias o la narración perfecta, ni mucho menos, de hecho, él mismo define sus novelas como “nivolas”, puesto que no se reconocen en ellas las características que hicieron míticas otras grandes obras. La riqueza de Unamuno está en los personajes. Qué grandes son éstos. Cuán bien nos imaginamos las historias de Augusto Pérez, o a Eugenia Domingo del Arco, o a cualquier otro protagonista de las novelas de don Miguel.

Otra característica exclusiva del autor es que no deja nada al azar. La vida de sus personajes está perfectamente organizada por él, y nada ni nadie puede liberarse de esta planificación. Cada personaje conlleva una predeterminación en sus acciones que él mismo conoce y reconoce, pero que no determina que el lector conozca su final, y aunque así ocurriera, es tan original y nunca visto, que no por ello se deja el libro a medias.

En Niebla encontramos a Augusto Pérez, que es un soltero empedernido con posibles y vive en la que fuera la casa de sus padres, pues como hijo único es heredero universal. Le acompañan y le cuidan dos viejos sirvientes, Liduvina, la cocinera, y su marido Domingo, que hace las veces de mayordomo. La vida de Augusto transcurre monótona, pues al no verse en la necesidad de trabajar, dedica su tiempo a sí mismo, con lo que se aburre mortalmente. Tan sólo las visitas al casino, donde juega al ajedrez con su amigo Víctor, le sacan de su tediosa existencia.

Un día al salir de casa se ensimisma pensando en las musarañas, y un reflejo en los ojos de una muchacha lo hipnotiza de tal modo que la sigue casi sin darse cuenta. Tras indagar sobre ella, decide convertirse en su pretendiente. Eugenia Domingo del Arco, profesora de piano, será el amor ¿correspondido? de Augusto, pero esta señorita tiene otras preocupaciones en la cabeza. Debe ahorrar el dinero de sus lecciones de piano para pagar una hipoteca que pesa sobre la casa de sus padres, ya fallecidos, por lo que ella convive con sus tíos: Fermín y Ermelinda. El caballero es anarquista místico, mientras la dama es el pragmatismo personalizado. Ella es quien decide apoyar a Augusto en su aventura como pretendiente, pues comprende que el dinero de él puede resolver los problemas de ella.


Sin embargo Eugenia no lo tiene tan claro. Está enamorada de Mauricio, un don nadie con vocación de bohemio, en otras palabras, un pelagatos. Pero como Augusto insiste con sus pedanterías y su dinero, Mauricio, al que no se le escapa una, incita a Eugenia para que aproveche la oportunidad que se le presenta y consiga lo que necesite (Mauricio, claro) del galante Augusto. Tras unas páginas en las que aparentemente el hombre que la pretende se fija en la planchadora Rosario, Eugenia accede a casarse con él, pero tras un breve periodo, lo abandona para recuperar el cariño de Mauricio, eso sí, tras observar cómo éste mantiene una relación con Rosario. Como no podía ser de otra manera, el matrimonio no es feliz, pues ya estaba sentenciado desde el momento en que Eugenia se casa sin estar enamorada de Augusto, y el pobre marido abandonado se encuentra en la disyuntiva de seguir viviendo aunque no merezca la pena o morir honrosamente. Y se decide por la segunda opción.

migueldeunamuno.jpgLo sorprendente y magistral de la novela, perdón, nivola, llega en este momento, pues como hemos comentado antes, don Miguel de Unamuno no permite a sus personajes la toma de decisiones. Así pues, Augusto, decidido a suicidarse, acude a Salamanca para dejarse aconsejar por don Miguel, en una secuencia surrealista que no deja de ser genial, tanto por lo original como por el desenlace. Tristemente para Augusto, Unamuno no le da permiso para quitarse de en medio, pero tras una conversación extraña y paradójica, Unamuno termina prometiendo la muerte a Augusto, mientras éste suplica por no morir. Es entonces cuando nuestro protagonista se desengaña de lo que hasta ahora creía una vida en libertad: sólo ocurrirá lo que el escritor quiera, porque él es el autor de sus días.

Pero Augusto, acongojado por la noticia de su pronta muerte, regresa a su casa y se convence de su inmortalidad, puesto que, como él mismo dice “¡yo soy idea! ¡soy idea!”. Se hace servir por Liduvina una cena tremenda, come todo lo que hay en la casa y decide abandonarse a la muerte, precisamente por que está convencido de su inmortalidad. A pesar de que don Miguel quiere resucitarle cuando conoce la noticia de su fallecimiento, Augusto se le presenta en sueños y le convence de que no lo haga.

Es tan extraña e inquietante (a veces) esta nivola, que produce cierta desazón en el lector poco acostumbrado a los soliloquios de un escritor. Porque sin duda es eso lo que Unamuno nos presenta como diálogo con Augusto, una conversación consigo mismo en la que decide el futuro de un personajes que se le va de las manos, que ha tomado decisiones en las que no ha participado su creador. Recomiendo su lectura a todos aquellos cansados de leer novelas al uso, a los que los alicientes de ver pasar las vidas de otros ya no llenan como antes. No es una obra entretenida, es decir, no contiene un divertimento fugaz, sino que te hace pensar una vez acabada la lectura en todo cuanto has aprendido, y es un conocimiento considerable. A pesar de todo esto, encuentro la historia espesa para leerla rápido, es mejor una lectura en dosis pequeñas pues a veces se hace un poco pesada la línea argumental en cuanto a que no estamos habituados a las situaciones que presenta y que se daban a principios del siglo XX, como la forma en la que un hombre pretendía a una mujer, pero es muy interesante leerla, aunque sea a ratitos pequeños.

Si queréis leerla, la podéis conseguir aquí.

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