Un escritor obsesionado con publicar

Jacinto Robles era un meticuloso contable extremadamente eficiente. Cuyo principal horror, pero también mérito, era resolver los desaguisados en las cuentas de ambiciosos empresarios, a menudo en números rojos gracias a la permanente improvisación y absoluta carencia de planificación financiera. En apenas unas horas era capaz de plantear un banco de soluciones de emergencia, que ahorraban no pocos disgustos a semejante estirpe de triunfadores, acostumbrados al arte del soborno para evitar la prisión.

Jacinto tenía una pasión, la lectura, e incluso se atrevía en ocasiones a dejar volar su pluma buscando homenajear a los grandes de la literatura. Por ello, se dedicaba a la escritura como una suerte de inversión para sus futuros años de jubilado. Nuestro querido administrador decidió informarse tan escrupulosamente como fuera posible sobre el camino a seguir para ver su prosa en letras impresas. Leía con avidez cuanto manual o decálogo existía sobre el arte de escribir, asistió a talleres, cursos y foros, engullía entrevistas a escritores consagrados, e incluso se hizo una hoja de cálculo donde registraba minuciosamente todos aquellos aspectos que supuestamente marcaban la agenda de un escritor. Se empapó de la terminología editorial, desde aspectos legales como los derechos de autor, hasta el vocabulario de las imprentas, acetato, linotipia, resma, offset… pasando por el inevitable ISBN. Consultó blogs que destapaban las miserias del mundo editorial, otros sobre el infravalorado arte de la corrección, e incluso alguno sobre los tipos de letra más agradecidos por el lector.

Cuando ya tenía toda esta información clasificada, organizada y puesta a punto para su uso, el Sr. Robles entendió que había llegado el momento de escribir sus primeras líneas. Recordó multitud de feroces críticas que había memorizado con extremo celo, pues aunque aún no había enviado nada a terceros, reconocía como suyos todos los errores sobre los que alertaban los manuales de estilo: excesiva adjetivación, el horror del sufijo «mente», la miseria de los personajes planos, el engolado estilo de los presuntuosos…

Jacinto Robles sintió un estremecimiento. Depositó tanta ilusión en los preparativos que ahora no se sentía capaz de escribir una palabra. Rompió folios y folios antes incluso de haber empezado a escribir, manchados como estaban, se decía, de la simple probabilidad de inicios torpes, defectuosos,
aberrantes y ofensivos hacia cualquier lector. De pronto, experimentó una íntima satisfacción. Se supo escritor. «Siento terror por la página en blanco, como tantos otros», se dijo, y volvió orgulloso a su contabilidad.

Lo que no supo el Sr. Robles es que podría haberse ahorrado este amargo y solitario trabajo, concentrándose desde el principio en la temida página en blanco, auténtica obligación de quien escribe.



El portal literario el-recreo.com publicó el año pasado el libro «Tiempo de Recreo», una recopilación de relatos y poemas presentados en su web, organizando todos los aspectos que llevan desde esa página que consigue dejar de estar en blanco a su presentación en papel (ISBN incluido, claro).

La experiencia fue un éxito de participación con más de veinticinco autores trabajando de forma cooperativa. Es por ello, que el-recreo vuelve a repetir la iniciativa con dos nuevas publicaciones, una de relatos y otra de poemas, e invita a todo aquella autora o autor deseoso de publicar a que se una a nuestra aventura.

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