13,99 euros, Frédéric Beigbeder

Frederic Beigbeder (1966), fue un tiempo un brillante creativo de publicidad, de esos que, como él dice, tiene una cadena hi-fi Bang & Olufsen, viaja en Business Class, con lo que los billetes le cuestan 10000 euros, el mejor frigorífico del mercado, un BMW Z3 en su plaza de parking, fotos junto a Inés Sastré, David Lynch, Gerard Depardieu, un iMac de color rosa, zapatos de 600 euros (cada uno), veinte camisas de Prada… entre otras muchas cosas.

Pero escribió 13,99 euros y fue automáticamente despedido por plantearse la dudosa moral de su oficio y publicarla a un libro que fue considerado una auténtica revolución de la literatura francesa.

Analizando detenidamente el relato, estamos claramente ante una novela claramente autobiográfica, donde, excepto por los nombres de los personajes, que han sido cambiados, y algunas escenas surrealistas y salidas de tono, Beigbeder consigue (aunque con altibajos) convencer al lector de que todo lo escrito ha ocurrido realmente.

Empieza muy bien, centrándose, con carácter amarillista, en temas como la publicidad, la manipulación a las masas, la televisión, el consumismo, la desigualdad social, el sexo, la violencia… y consiguiendo llegar de forma directa al lector, con mensajes que están destinados a no ser olvidados nunca en la mente de quien lee 13,99 euros, como por ejemplo, “No hay alternativa al mundo actual” ó “La diferencia entre ricos y pobres es que los pobres venden droga para comprarse unas Nike, y los ricos venden sus Nike para comprar droga”, entre cientos y cientos de frases que sin duda golpean y martillean sin descanso durante la lectura.

Con un original título (que causó un delicioso malentendido cuando fui a comprar este libro, que realmente vale 6,60 euros en la FNAC), Beigbeder nos propone una novela muy ambiciosa, a modo de panfleto, con un estilo insolente y con frecuencia soez, que a veces es necesario y otras veces puro capricho. Haciendo uso de una brutal honestidad y una visión del mundo poética pero radicalmente pesimista, el lector va teniendo la sensación de que la novela se va deshinchando progresivamente, y el autor va perdiendo el norte. Además, su forzadísima idea de combinar las partes de la novela siendo el narrador, por turnos, “yo-tú-él-nosotros-vosotros-ellos” termina yéndosele de las manos y es más un defecto que una virtud del relato.

Sólo cuando Octave (el alter ego de Beigbeder) consigue narrar el abandono de su amante Tamara, una prostituta a la que Octave había enchufado en su anuncio publicitario más logrado, la novela retoma su rumbo y termina de forma brillante con la descripción de Ghost Island, una isla de las Caimán donde todos los famosos aparentemente muertos (como Kennedy, Elvis Presley, River Phoenix) han pagado para desaparecer del mundo y vivir la vida loca. Allí están su antiguo jefe y su amada Sophie, la madre de su hijo, que presuntamente se habían suicidado juntos. La última página, en la que una interminable secuencia de frases publicitarias es todo lo que recuerda un personaje segundos antes de su muerte, es sencillamente de antología.

Beigbeder puede ser fácilmente comparado con Bret Easton Ellis, Michel Houllebecq, Henry Miller o Charles Bukowski por los temas en los que se centra y su lenguaje (vulgar y radical, aunque elegante y directo), pero da la impresión de que este autor ha dejado todo lo que tenía en 13,99 euros, sin duda un derroche de propuestas que, a pesar de conformar un libro notable, no evita la sensación de confusión e imperfección como obra literaria.

Dicen que es muy recomendable también su posterior novela Windows on the World, que relata a modo de vidas cruzadas, el trancurso del día en un restaurante situado en el World Trade Center el 11 de Septiembre de 2001.

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