Anoche hablé con la luna, Alfredo Gómez Cerdá

luna.jpgAlfredo Gómez Cerdá (Madrid, 1951) es un autor (casi) de culto dentro del género de la literatura juvenil. Muchas y muy buenas son sus obras, pero a la que dedicamos hoy nuestro blog es Anoche hablé con la luna, publicada por Editorial Luis Vives (Edelvives) en 1993. Llegó a mis manos en uno de esos cumpleaños entre los doce y los quince años, cuando regalar a un adolescente se convierte en una tarea difícil. Pero como mis allegados saben de mi afición a la lectura, siempre recibía libros y más libros que terminaba en un par de días. Y éste no fue una excepción.

A pesar de que la sociedad occidental tiende a retrasar deliberadamente la edad a la que los niños y jóvenes toman conciencia de los problemas diarios de los “menos favorecidos”, considero esencial un contacto, por mínimo que sea, con la realidad existencial que nos rodea. Esto da una amplitud de miras a las generaciones nuevas, y ayuda a que quienes se deban enfrentar tristemente a episodios violentos desagradables comprendan que no están solos, que hay otras opciones que no son guardar silencio y sufrir en soledad. Y es esta palabra la que cobra protagonismo en la obra de Gómez Cerdá. Porque la importancia de sentirse apoyado, de saber que tenemos a alguien a nuestro lado que nos protegerá, consigue que podamos salir del pozo en el que estamos metidos y nos reconciliemos con nosotros mismos.

En Anoche hablé con la luna encontramos a Luz, una chica adolescente que vive con sus padres (Federico y Elena) y su hermano Quique. La situación en casa es mala. Muchas voces, muchos reproches, muy poca paciencia y comprensión. Federico trabaja de jardinero en el Gran Parque, pero su sueño de juventud era ser abogado laboralista. No lo consiguió, evidentemente, y culpa de ello a todos, excepto a sí mismo, único responsable de su decadente vida.

Elena es profesora en un colegio. Es una mujer aparentemente desenvuelta, cree que consigue superar la tediosa situación en casa relativizando la cuestión. Intenta olvidar los años en los que Federico intentó hundirla en su propia miseria, pero no lo consigue porque ambos aún comparten su vida, y la mala relación de la familia pasa factura a todos sus miembros. Quique es el hermano pequeño de Luz. Es un auténtico “pasota” (palabro antediluviano). Considera a su familia como mera comparsa de su auténtica vida: la que existe fuera de las paredes del “hogar”.


Y llegamos a Luz. Es una joven inteligente, sensible, un poco perdida en su nuevo cuerpo de mujer. Se odia a veces. Cree ser la culpable de la terrible situación en la que vive inmersa. Sus compañeros de clase no le interesan porque no sienten las mismas cosas que ella. Sus pensamientos son ligeros, alegres, irresponsables. Y ella necesita una comprensión más profunda, necesita ayuda. Está obsesionada con el Gran Parque donde trabaja su padre. La idea de encontrárselo mientras pasea le causa temor, pero no puede evitar sentirse a gusto en el Parque, con sus árboles centenarios que parecen proteger a los caminantes con sus ramas-brazos. Esa misma sensación de amor-odio (más del segundo que del primero, sin duda) es el reflejo de los sentimientos que tiene hacia su padre. Tan solo las cartas a su amiga Soledad (Sole, Sol), cuyos problemas superan con creces los de Luz, permiten que la parte de ésta que permanece oculta casi todo el tiempo, salga a la luz un momento, aunque esa luz sea la reflejada por la luna.

Soledad sufre abusos sexuales por parte de su padre. Una situación durísima y compleja por la que nadie debería atravesar. Y Soledad es el alter ego de Luz. Su amiga imaginaria es lo que más odia, lo peor de sí, la parte anulada por su padre: su libertad. Con ella consigue separase del problema, alejarse de él. Pero llega un momento en el que la situación se vuelve insostenible. Llega a jugar con la idea de empujar al vacío a su padre en el lugar desde el que su hermano practica puenting. Afortunadamente llegado el momento no consigue encontrar las fuerzas necesarias, quizá porque nunca tuvo el convencimiento absoluto para llevar a cabo el asesinato.

gomezcerda.jpgEn sus paseos por el Parque, durante los que se evade de la triste realidad, Luz conoce a Rafa, que maneja marionetas cerca del gran estanque. Su amistad con el titiritero la llevará a plantearse la vida de otra manera, hará que comprenda que todo puede cambiar si ella lo desea y lo intenta. Así el autor nos esboza los comienzos de su nueva vida en la que Luz destruye su reflejo “negativo” (Soledad) y decide emprender un camino diferente al seguido hasta ahora, en el que su familia, lejos de haberla apoyado y ayudado, ha corrido un tupido velo sobre el grave problema de los abusos sexuales.

Este libro es esclarecedor en cuanto a la problemática real de muchos adolescentes, que en vez de sentirse a gusto en su propia familia, prefieren salir de ella y buscarse la vida en solitario.
En muchas ocasiones ocurre así porque ellos no perciben que en el hogar, dulce hogar se les tenga en consideración como merecen: como personas autónomas y a la vez dependientes de los lazos afectivos que se suponen inherentes a la condición familiar. Otra novela de Alfredo Gómez Cerdá en la que se muestran crudas pero verdaderas tramas sociales. Es de agradecer que este escritor, junto con otros que deciden plantear temas espinosos para los adolescentes, tenga en cuenta que para formarse como personas, la gente joven debe saber enfrentarse a situaciones comprometidas, y que leer no es sólo entretenerse, sino pensar en la historia, los personajes y lo que éstos nos pueden aportar una vez que hemos terminado el libro. Esto es enseñar a pensar y a tener criterio propio. Gracias, Alfredo.

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