‘El gen egoísta’ juzga la evolución natural

Nunca se nos había planteado la posibilidad de que algo/alguien pudiera estar viviendo dentro de cada organismo vivo, dentro de personas, animales y plantas, y aún menos que lo hubiera hecho a nuestra costa a lo largo de la historia. Nosotros solo somos máquinas de supervivencia. En nuestro seno cobijamos a miles de genes egoístas, cuya forma perfecta ha evolucionado hasta el ADN, y ellos determinan nuestro comportamiento social. Es la base de la que parte el etólogo Richard Dawkins para explicar el principio de la vida en nuestro planeta y su evolución en esta obra llamada ‘El gen egoísta’. Aquello que planteaba Charles Darwin de la “selección natural”, por la cual las especies más fuertes sobrevivían y las más débiles se quedaban atrás, es recogido en esta obra desde un punto de vista extremista. Y es que esa lucha por la supervivencia entre fuertes y débiles se plantea a niveles más bajos: no entre especies, ni grupos ni individuos. Sino entre genes, aquello que nos compone, que nos da la vida y que solo los más aptos logran subsistir en las posteriores generaciones.

Richard Dawkins

Richard Dawkins, autor de la obra 'El gen egoísta'.

En el libro se persigue la idea de la evolución seguida por las moléculas, cómo su capacidad para hacer réplicas de sí mismas les ha permitido reproducirse a lo largo del tiempo. Bajo factores determinados (exactitud en la réplica, rapidez de la reproducción…), las células más aptas sobrevivieron. Juntas, otorgaron la estabilidad necesaria para crear océanos, montañas y poco a poco se convirtieron en células vivientes. Dieron vida a plantas, animales y seres humanos, todos ellos particularmente diferentes, pero compuestos por la misma sustancia base: el ADN.

Dawkins afirma que los genes son prácticamente inmortales porque sobreviven en sus copias en otros cuerpos. Y esa inmortalidad los hace buenos candidatos como unidades básicas de la selección natural. En todo esto, destaca el papel de la sexualidad como el principio clave para la selección. El apareamiento permite que los genes (normalmente el 50% perteneciente a cada miembro de la pareja) sobrevivan y pasen a la siguiente generación. De ahí la importancia de la actividad sexual.

Se confrontan aquí dos términos de gran peso en toda la obra que son: altruismo y egoísmo. Dawkins da por hecho que los genes son en sí mismos egoístas por naturaleza porque esa característica es la que les permite en muchos casos ser más fuertes y sobrevivir, y lo ejemplifica a través de numerosas actuaciones concretas de seres vivos. Con todo, nos invita a discurrir medios para cultivar y fomentar un altruismo puro y desinteresado, con el que poder rebelarnos contra nuestros genes creadores.

El pájaro que pía fuerte para recibir alimento sin preocuparse de sus hermanos, obligando a la madre a ceder, antes de que el pío atraiga la atención de algún depredador al nido. El macho que empreña a una hembra y la abandona para seguir difundiendo sus genes con otras hembras de la manada. El cuclillo recién nacido que arroja fuera del nido los demás huevos para tener toda la atención de sus padres. Son algunos de los pasajes que sacan a relucir la naturaleza egoísta de nuestros genes. Como anuncia el autor, todo lo que haga un individuo (aunque sea un acto altruista a priori), es porque obtiene un beneficio mayor para el bien de sus genes que si no lo hiciera.

En su momento, esta obra fue una forma de ver las cosas al revés que muchas otras ideas tradicionales sobre la evolución centrada en los individuos o las especies. Si la aceptáramos con entereza, nosotros solo seríamos meras máquinas de transmisión que a través de la sexualidad propagamos los genes más aptos a las siguientes generaciones. Y como máquinas, podemos funcionar mejor o peor en nuestro entorno. De ello depende que continúe la cadena a lo largo del tiempo o perezcamos en una selección evolutiva.

Foto: Jurvetson

Valora esta noticia: 1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (0 votos, media: 0,00 de 5)
Loading ... Loading ...