El móvil de Javier Cercas

El escritor cacereño Javier Cercas logra con este relato de alrededor de 100 páginas no dejar indiferente a ningún lector que se pruebe a leerlo. El móvil, es además de un escrito surcado constantemente con un rico lenguaje, una reflexión sobre la propia esencia de la literatura y de su parangón irremediable y natural con la propia realidad que nos circunda. Es el mismo autor del texto, quién finalmente es presa de sus propias palabras que lo dominan y le llevan a manipular y dirigir mentalmente un crimen para lograr finalizar su obra, “la obra definitiva” que revolucione la historia de la literatura.

Álvaro, el protagonista de la historia, es consciente de que “en toda creación hay un uno por ciento de inspiración y una noventa y nueve de transpiración”, por lo que, a falta de imaginación, decide jugar con su entorno más cercano para lograr encontrar la trama de su relato. También decide llevarlo a cabo en prosa, después de comprender que el verso no es superior y de que “ningún instrumento podía captar con mayor precisión y riqueza de matices la prolija complejidad de lo real”. Esta última decisión metodológica le encamina a regresar a los clásicos del siglo XIX, a “regresar a Flaubert”.

El MóvilYa únicamente queda proponer un móvil y elegir a los personajes, todos ellos, vecinos del propio Álvaro: un joven matrimonio, los Casares, que tienen problemas económicos; un anciano solitario; una periodista y la portera del edificio, fuente incesante de conocimiento. Respecto al móvil, Álvaro prevé un crimen, por lo que manipula a sus vecinos -sus personajes- para que el crimen deje la huella obvia que permita llevar a la policía al autor material de los hechos sin dificultad.

Pragmático y obsesionado con su idea, Álvaro se acostará con su portera para sacarle la información necesaria de los inquilinos; aprenderá a jugar al ajedrez para poder enfrentarse al anciano, quién es un apasionado de este juego; y se convertirá en abogado y psicólogo de Enrique Casares, quién está a punto de perder su empleo. Junto a estas maniobras interesadas, Álvaro establecerá un puesto de escucha en su propio cuarto de baño para espiar a sus personajes y para transcribir sus diálogos realistas.

Uno de los momentos más importantes del relato es cuando Álvaro se ve obligado a elegir entre dos alternativas y poner en balanza, por una parte, la propia vida de su vecino Enrique Casares o la de, por contra, aprovechar la ocasión de proseguir el relato de su novela. Entonces, se ofrece voluntariamente a ser el abogado de su vecino para solucionar su situación laboral y recurrir la carta de despido que le habían mandado desde su empresa. “Sí recurría la carta, era muy posible que Casares lograr conservar su trabajo”, pero “era seguro que el hecho de perder el trabajo -su única fuente de ingresos- repercutiría en las relaciones del matrimonio, que se deterioraría” y “las vicisitudes de ese proceso de deterioro podría aprovecharlas para su novela”. Opta entonces por la segunda, a pesar de poner en riesgo la estabilidad matrimonial de su vecina, por otra parte, una fuente obvia de nuevas ideas para su obra.

En su recorrido por su novela, Álvaro, se encuentra “incapaz de darle un final adecuado”, por lo que, ante la necesidad de hallar una solución, es finalmente ella la que lo halla a él. Esa misma mañana, encuentra al matrimonio Casares con “varias bolsas y, envuelto, en el papel de estraza, un objeto de forma alargada que se ensanchaba en su extremo inferior”. Para Álvaro, ese objeto, según él un hacha, era lo que estaba buscando de forma incondicional: el arma para materializar el crimen. A pesar de su mente manipuladora y obsesiva, el protagonista se pregunta si “vale la pena acabar la novela a cambio de la muerte del viejo y del apresamiento que casi con toda seguridad esperaba después al matrimonio”. Pero, él sólo tiene una idea en su cabeza: terminar su novela.
Finalmente, sus propios vecinos o sus propios personajes, fruto de esa conexión establecida entre ficción y realidad, se revelan y terminan por cambiar la trama y poner en el punto de mira al propio escritor. “Él era el verdadero culpable de la muerte del viejo Montero. Irene y Enrique Casares habían sido dos marionetas en sus manos; Irene y Enrique Casares habían sido sus personajes”. Es “ese fanatismo creador” de Álvaro el que le lleva a ser víctima de su propia creación.

La creación de la novela es, por otra parte, un compendio prolijo de bellas descripciones y situaciones que se valen de la fuerza de las palabras, que Cercas emplea con un palpable dominio literario: “Álvaro consideró su estatura, la curva leve en que su cuerpo se combaba, sus manos surcadas de gruesas venas, su frente huidiza, su mandíbula voluntariosa, su difícil perfil”, “aquella mujer de maneras serviles y untuosas, alta, delgada, huesuda y cotilla, con una sugestión confusamente equina rondándole el rostro” o “boca de dientes disciplinados” son claros ejemplos de dicha capacidad creadora.

Son numerosas las preguntas que emanan de este relato, porque a la postre parece ser una “metaliteratura”, una reflexión sobre la literatura y sobre su proceso de elaboración, así de cómo su relación con aquello que copia: la propia realidad. Es este recurso el que se puede apreciar también en la obra más conocida de Javier Cercas, Soldados de Salamina, que además, al igual que en El Móvil, el inicio y el final repiten las mismas palabras y nos involucran en un discurso circular sin salida. La realidad nunca es tan gobernable como una novela, quizá sea esa la reflexión más apreciable a la que llegarán los lectores más comprometidos.

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