El viaje prodigioso. 900 años de la primera cruzada.

Evidentemente el 900 aniversario de la primera cruzada quedó atrás hace unos cuantos años, concretamente en 1995. Pero este es el título de este interesante y ameno libro de Manuel Leguineche, que escribe junto con María Antonia Velasco, a modo de crónica periodística, con ese estilo tan cercano y a la vez tan cuidado, tan literario, del escritor y periodista vizcaíno.

manuel-leguineche.jpgPongo el acento especialmente en Manuel Leguineche, sin querer por ello desmerecer la aportación de María Antonio Velasco, pero creo que en la obra se nota sin duda la brillantez de un autor cuya trayectoria ha sido merecedora de los más importantes premios literarios y del reconocimiento por parte de crítica y público.

Sobre el tema del libro no es necesario aclarar demasiado. Evidentemente se trata de una crónica de la primera cruzada, de las ocho que hubo en total a lo largo de ocho siglos. El propio Leguineche nos da la razón de por qué se centra en esta primera cruzada y no en las siguientes o en una visión de conjunto de todas ellas: fue la única que triunfó, quizá porque era una utopía, una desmesura táctica y logística.

El libro comienza con un Preámbulo, en el que Manuel Leguineche trata de hacer ver al lector las circunstancias y causas que motivaron esta primera peregrinación, pues este fue el nombre que recibió inicialmente, y no el de cruzada. En pequeños apartados, a modo de reducidos sub-capítulos de una página o dos de extensión, estructura que sigue durante toda la obra, recrea la atmósfera predominantemente religiosa de la Alta Edad Media, las condiciones culturales, sociales y económicas que sirvieron de caldo de cultivo para que miles de cristianos dejaran atrás hogar y familia y se lanzasen a la conquista de Jerusalén al grito de ¡Dios lo quiere!

A partir del Capítulo I, que precisamente lleva por título ¡Dios lo quiere!, el autor nos conduce desde la fecha misma de la convocatoria de la primera de las cruzadas, hecha por el Papa Urbano II, el 27 de noviembre de 1095 en la localidad francesa de Clermont, hasta el reinado de Balduino en Jerusalén.
Es posiblemente uno de los capítulos más interesantes del libro, puesto que describe con maestría el poder de convocatoria de Urbano II, su habilidad para manejar la situación, para convencer a las masas, su discurso… Como dice el propio Leguineche, utilizando paralelismos de la actualidad, podríamos decir que Urbano II era un gran coreógrafo, era el telepredicador del siglo XI.

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Por supuesto, tampoco faltan los capítulos dedicados a las batallas, y especialmente los dedicados al sitio y toma de Jerusalén. Pero previamente nos describe el autor la variopinta composición de esa primera cruzada, donde encontramos príncipes y mendigos, procedentes de muy diversas naciones de Europa, unidos por el mismo afán, aunque no todos movidos por idénticas intenciones.

Todo ello escrito con rigurosidad histórica, con citas de autores y de crónicas de la época en el momento más oportuno, de manera que Leguineche nos está contando la historia pura y dura de esta primera cruzada, pero al mismo tiempo parece que estuviésemos leyendo una crónica periodística de cualquier acontecimiento histórico actual o reciente, con un estilo directo pero en el que enseguida descubrimos la calidad literaria de un buen escritor. Por poner sólo un ejemplo, cuando habla de la sed que pasan los sitiadores de Jerusalén podemos leer: En la guerra por el agua los fuertes vencieron a los más débiles. Se abrieron paso con violencia inaudita hacia la piscina sobre la que flotaban animales muertos, hasta alcanzar la boca rocosa de la fuente, mientras los más débiles quedaban abandonados en medio del agua sucia. Con sus lenguas acorchadas por la sed, los desafortunados tendían sus manos hacia los más fuertes para implorarles un poco de agua. En los campos adyacentes, caballos, mulas, cabras y ovejas permanecían como paralizadas. Eran incapaces de moverse. Morían poco a poco sobre el mismo lugar en que se encontraban. El aire se llenó pronto, escribe De Aguilers, del olor de la muerte.

Es además, un libro muy de actualidad, pues todavía hoy se polemiza sobre las causas de las cruzadas, que se utilizan como arma arrojadiza o como elemento político sustentador del enfrentamiento entre el Islam y el cristianismo. Todavía hoy sirven de justificación para acciones criminales o atentados terroristas: Alí Agca quería matar al caudillo de los cruzados, cuando estallan las bombas de los terroristas islámicos en el metro de París en 1995 sus autores proclaman que la razón del atentado era que esta ciudad era la capital de las cruzadas… Entonces fueron los cristianos, hoy los fundamentalistas islámicos. El recurso a la invocación de la guerra santa sigue funcionando 900 años después.

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