En la playa de Chesil

Fotograma de Expiación, adaptación de otra de las novelas de McEwan

Fotograma de Expiación, adaptación de otra de las novelas de McEwan

Una novela concisa, corta y de palabras justas. Nada sobra y nada falta dentro de En la playa de Chesil (Anagrama, 2008), la última de las novelas del británico Ian McEwan. Conocido por ser el autor de la densa Expiación, los expertos aseguran que sin ella, En la playa de Chesil no habría existido. McEwan nos traslada a una cotidianeidad hiperrealista, la de una pareja de recién casados, Edward y Florence, que viven su noche de bodas como una condena. Cada detalle invita a la tensión, cada gesto equivocado tiene una razón y una consecuencia. Dos almas jóvenes enclaustradas en sus propios cuerpos.

Florence, violinista y Edward, historiador, son dos jóvenes cultos que se conocen en un Londres traumatizado tras la II Guerra Mundial. En un tiempo, los años 60, donde mujeres y hombres empiezan a buscar su libertad, McEwan nos muestra la falacia que ese supuesto e incipiente movimiento de liberación supone para sus dos personajes. El puritanismo, el desconocimiento de la propia sexualidad y el sometimiento de la mujer están en la base de la novela de manera bien explícita.

Decimos que se trata de una obra concisa donde nada falta porque el autor así lo ha querido. Nadie nos explica las razones de la profunda aversión y repugnancia de Florence hacia el sexo. Ni las causas de la poca empatía femenina que manifiesta Edward. Nosotros nos preguntamos y esas preguntas significan lo más inquietante del relato. ¿Qué pasó en realidad entre Florence y su padre en esos viajes en barco? Como si fuera parte de otro estadio de realidad, el autor nos va dando datos valiosos del pasado de los personajes pero no nos deja profundizar en ellos. Renuncia al psicoanálisis en pro de los indicios, de los detalles. Nos da las claves pero no la respuesta. Es desde este punto de vista donde la novela cobra su mayor valor.

Portada del libro

Portada del libro

Ian McEwan habla sobre la represión sexual, la incomunicación, los roles sociales, la familia… y al mismo tiempo no habla de ninguna de esas cosas. Porque el relato no cuenta nada, desprende algo. Es el lector quien debe hacer el trabajo de recoger las piezas al vuelo y articular sus propias preguntas. Edward y Florence finalmente siguen adelante, pero lo pasado queda reflejado detalladamente como un episodio hiperrealista que da testimonio de lo que puede suponer el errar en un gesto o no comprender una mirada.

La turbación de los protagonistas en 1962 contrasta con la experiencia del amor libre que traería la nueva década. Sin embargo el propio McEwan duda de que aún hoy nos hayamos liberado de nuestra herencia inmediata en el momento de enfrentamos a nuestras primeras experiencias íntimas.

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