La Lluvia Amarilla, Julio Llamazares

A veces leemos textos y al cabo de una semana, ya no nos acordamos de lo que trataban. Podríamos llamarlos libros para leer y olvidar. Sin embargo hay otros que pasados los años, siguen casi intactos en nuestra memoria. Esta es una de esas novelas.

lluvia-amarilla.jpgLa angustia que acompaña a la desesperación de encontrar a su mujer ahorcada en el molino hace que un viejo se aísle aún más en su aldea desierta de gente. Su perra, única compañera de fatigas, es la que le sigue y le ayuda en ese territorio yermo en el que la realidad se confunde con la ensoñación al no tener a nadie con quién repartir los días.

Esta novela tiene como protagonista a un hombre que habita un pueblo abandonado en el impresionante Pirineo de Huesca. Y sin embargo, parece que el argumento real del libro es el miedo. Muchos tipos de miedo, de ésos que acechan a una persona: el pánico a morir solo, a convivir con los fantasmas de los difuntos, a terminar siendo infiel a sus principios y abandonar la aldea como los demás, y a dejar sola a su perra. Si los días se le hacen largos, las noches parecen interminables. No hay nada que hacer, aparte de salir a cazar algo para comer y de cavar su propia tumba… Y el desenlace, que deja una sensación de intranquilidad, de ponerte en la piel del otro, de pensar en lo terrible que podría resultarnos ser ese viejo.

El hombre contra sí mismo, contra su propia naturaleza, un Robinsón en su isla. Es éste un tema recurrente en la literatura de todos los tiempos, pero del que nunca se escribirá la última palabra. El ser humano jamás dejará de sorprender al ser humano. Sobre todo en la senectud de la existencia, cuando parece que el espíritu se deja dominar por los temores arrinconados durante toda una vida.

Julio Llamazares sabe de qué habla. El pueblo leonés donde nació ya no existe. A través de una prosa cruda, sin artificios, hace que el lector acompañe al viejo en su soledad. Más aún, hace que se convierta en el protagonista, que sienta las mismas sospechas, los mismos recelos ante esa existencia de la que no quedan sino recuerdos. Los pasos que aún pueden darse son vanos; no hay adónde ir. Es un morir lentamente, un luchar para no acabar con una soga al cuello, para no perder la dignidad que le han dejado los años.

Este libro impresiona. No sólo por su calidad literaria, sino por la tristeza de saber que no hay solución posible. Por la identificación, ya no con el propio viejo, sino con sus miedos, con sus pesares. Por esa sensación final de saber que todos podemos llegar a sentirnos así, sin necesidad de habitar un pueblo fantasma.

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