La Piel del Tambor, Arturo Pérez Reverte

piel_tambor.jpgCon este autor mantengo una relación (sin que él lo sepa) de atracción-repulsión. Me encanta leer sus obras, están llenas de gente, de historias, muy bien documentadas, amenas, fáciles de leer y ademas enganchan, pero siempre termino cabreada porque me queda la sensación de que podría hacerlo mucho mejor si no “atacara” al lector con su estructura perfectamente organizada, en la que los personajes son exactamente como nos los presenta, sin ninguna sorpresa, sin dobles intenciones, puramente lo que se espera de ellos. Desde luego, a nadie le va a dar un infarto leyendo los finales de este escritor.

Pérez Reverte tiene una serie de tópicos muy bien aprendidos y los dosifica para cambiar las historias. Tan sólo se repite en todas ellas el que yo llamo “personaje artúrico”: varón; entre la treintena y la cuarentena; atractivo a pesar de cicatrices, baja estatura, etc.; soltero; atormentado por un pasado-presente en el que el sufrimiento vivido atenaza la integridad espiritual del personaje; absoluta y aterradoramente consciente de las situaciones; sincero hasta la exasperación; inteligente-listo-despierto, pero al que las mujeres manipulan sin necesidad de esconder sus intenciones; rozando el límite entre borracho y alcohólico, pero siempre muy macho, con un gusto por los tacones de aguja que en ocasiones roza el fetichismo. ¿No será un personaje autobiográfico? Sólo he tenido la fortuna de curzarme una vez con Arturo Pérez Reverte y tuvo la amabilidad de regalarme un autógrafo que guardo en uno de sus libros, pero tiene ese aire melancólico que hace imaginar que tras esa fachada se puede esconder cualquiera, desde un hombre lleno de fantasmas hasta otro lleno de ternura.

Y en La Piel del Tambor no podía ser de otra manera. Encontramos a un sacerdote de treinta y tantos años, atractivo hasta decir basta, con un italiano traje hecho a medida, una pistola y una misión importante: el Papa desea conocer la verdad sobre una pequeña iglesia del siglo XVII en el centro de Sevilla que le ha llegado al corazón de su correo electrónico privado. Un hacker apela a las más altas instancias católicas para denunciar irregularidades por parte del obispo de la ciudad en relación a una pequeña iglesia, Nuestra Señora de las Lágrimas, con una historia truculenta ocurrida en el siglo XIX y otra aún más extraña que está pasando en el presente con crímenes de por medio.


Cuando el sacerdote vaticano (Quart, Lorenzo Quart) llega a la ciudad, comienza a resolver los misterios que se le van apareciendo. Conocerá a variados y siempre tópicos personajes: una guapísima pija sevillana (Macarena); su anciana madre, más moderna que ella y cuya bebida favorita es la Coca Cola (¿la Duquesa de Alba?), que habita en un palacete en el mejor barrio de la ciudad; el ex marido de Macarena, un tipo de oscuras intenciones y mucho dinero acostumbrado a mandar y ser obedecido; los sacerdotes de la iglesia en ruinas que unos quieren demoler y otros reconstruir, a los que la convicción de hacer lo correcto llevará hasta lugares donde es mejor no pisar; la monja-restauradora americana que no lleva hábito y cuyo leit motiv es la salvación de Nuestra Señora de las Lágrimas; el ambicioso obispo y sus acólitos; y el trío que se gana nuestro corazón desde el principio y que es lo que más me gusta de la novela, y también lo que menos.

Se trata de don Ibrahim, un buscavidas obeso que ha ejercido de abogado sin haber pisado una facultad, al que lo que le sobra, además de kilos, es labia, que suele ir de garito en garito con su puro apagado en la comisura de la boca junto a la Niña, una gitana cincuentona que viste un traje de lunares y se recoge el pelo en moño con caracolillo, al más puro estilo Concha Piquer, que con más pena que gloria actuaba en las tabernas cantando coplas, y que ahoga las penas en vino porque no sabe que las penas flotan. El tercer y ultimo miembro es el Potro, ex boxeador de chicha y nabo al que un mal golpe alejó de las competiciones. Con estas semillas, imaginaos las flores. Entre ellos tratan de alejar los fantasmas del pasado, sobreviven a base de caridad y pretenden soñar con una nueva era de prosperidad. Don Ibrahim es el jefe del grupo, el padre de las dos promesas, la de la canción y la del boxeo, que se preocupa por ellos con cariño y los embauca por compasión en un delito del que no sabe cómo saldrán.

capa_estada_reverte_madrid.jpgComo no podía ser de otra manera: el cura macizo con su traje a medida y la pija preciosa con acento sevillano se “entremezclan” para ofrecer una pésima imagen de la curia vaticana, donde el amor al dinero y el placer sexual brillan por su presencia, según deja entrever el autor en el libro. Cual si de una Operación Malaya se tratara, el obipo y el empresario (Pencho, el ex marido de la niña bien), formarán un equipo muy peligroso en el que el dinero en el caso del primero, y la sed de venganza del segundo, harán temblar los cimientos de la alta sociedad andaluza.

En cualquier caso es muy interesante tanto la historia como los personajes. Es entretenido y te apetece llegar hasta el final, cosa que no ocurre con otros escritores. Si bien no hay sorpresas de última hora, sí es verdad que tampoco se puede prever del todo el desenlace, algo que se agradece en estos días en los que el título de la mayor parte de las obras ya te explota el final. Y hablando de títulos, ¿qué significa éste? Porque a pesar de que la cita en la que se basa sí aparece en el libro, tengo que confesar y confieso que no veo la relación con la historia (mi incultura no conoce límites). A partir de esta novela de Reverte, Antena 3 hizo una serie de pocos capítulos sobre el personaje del sacerdote atractivo a la vez que tipo duro que se llamó Quart.

Foto Arturo Pérez Reverte: www.capitánalatriste.com

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