Obélix y Compañía, René Goscinny y Albert Uderzo

Obélix y Compañía es probablemente el mejor libro de la saga de aventuras de Astérix, un conjunto de cómics creado por René Goscinny (en labores de guión) y Albert Uderzo (en el dibujo). Fue escrita en 1976 y es lectura recomendada para todos los estudiantes de Márketing, Relaciones Laborales, Ciencias Políticas y similares, a pesar de su condición de historieta.

Habrá quienes prefieran otros libros de la colección igualmente conseguidos como El Adivino, El Combate de los Jefes, La Cizaña o El Caldero. Sin embargo, es por su brillantísimo guión y por su carácter alegórico por lo que podemos determinar que Obélix y Compañía es, sin duda, la más lograda de ellos.

La premisa argumental es muy sencilla y sobradamente conocida por aquellos que hayan dispuesto de una infancia sin sobresaltos, pero me es necesario justificar el sueldo, así que vamos allá: en tiempos de Julio César, aproximadamente en el año 50 a. C., una aldea situada en la región gala de Armórica resiste todavía a la invasión expansiva romana gracias a una poción mágica que prepara su druida Panorámix. En dicha aldea, Astérix y Obélix son dos grandes amigos que resultan indispensables para la armonía pacifíca del pueblo. Mientras que Astérix es el más inteligente y sagaz de sus habitantes, Obélix posee una fuerza increíble ya que cayó dentro de una marmita rellena de esa poción mágia cuando pequeño.

En esta ocasión, hay un relevo en uno de los campamentos próximos a la aldea, y con ocasión del cumpleaños de Obélix, los demás aldeanos se lo comunican para que pueda divertirse pegando «mamporros» a los soldados romanos recién llegados. Esto provoca la ira del César, que ve cómo una aldea gala provoca que sea el hazmerreír al no tener Europa entera conquistada. Por ello, busca un método revolucionario no basado en la violencia para destruir a tan molestos galos. Requiere pues los servicios de un joven estudiante de Económicas llamado Cayo Coyuntural, que propone al César introducirles en el capitalismo para convertirles en seres decadentes y sedentarios, como los cónsules de los que se rodea el propio César. Tras la aprobación del Emperador, Cayo Coyuntural llega a la aldea y procede a comprar menhires a Obélix. Los menhires son grandes piezas cónicas hechas con piedra, sin utilidad alguna. Le paga sestercios por los menhires y le fuerza a traerle más y más al campamento donde se aloja, con lo cual Obélix se siente obligado a contratar aldeanos para que le ayuden y a otros para que cacen para él mientras él trabaja, provocando una situación de estrés progresiva en el pueblo y de crispación absoluta.

Obra maestra indiscutible entre los cómics, y elemento fundamental en la obra de Goscinny (de quien ya hemos hablado en la reseña de El Pequeño Nicolás), que presenta varias particularidades de gran consideración: para empezar, es la única aventura que no contiene la palabra ‘Astérix’ en su título, ya que Obélix posee un protagonismo mucho mayor en esta ocasión, y su aparición tiene destellos de pseudo-villano, y sin duda es la vez que más cerca he podido ver que han estado los romanos de conseguir someter a los galos (por la evidente regresión que sufren los habitantes del pueblo al introducirse el dinero en él).


Ingeniosas virtudes como el lenguaje de los negocios (con uso del infinitivo y frases como «nos llamamos y hablamos»), el personaje de Cayo Coyuntural, según dicen, inspirado en Jacques Chirac, y el uso de atuendo tan ostentoso como ridículo por parte de los «nuevos ricos», convierten a Obélix y Compañía en una de las más brillantes y sin duda más divertidas metáforas sobre el capitalismo, ya que muestra con solvencia cómo el dinero puede ser una cuna de rencillas y malestar, al tiempo que éste se expande como un virus. El giro narrativo por el que el mercado de menhires impregna a la propia Roma por la excedencia de estos productos es tan efectivo como el propio final, que no deja lagunas.

En definitiva, Obélix y Compañía es un libro muy rico y completo por aúnar una lectura muy entretenida y disfrutable y un contenido de claras y loables intenciones. Lo negativo es que al ser un cómic, toda la seriedad, interés literario e implicación del lector podrían verse afectados por el hecho de ser un cómic (como ocurre con la aquí reseñada Pyongyang).

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