Es hora de hablar de Oscar Wilde

30 de noviembre. Hace 111 años acababa de morir el mejor dramaturgo de Londres. A él se le recuerda por sus epigramas llenos de ingenio, sus avispadas obras teatrales y también por su encarcelamiento. Era poseedor de un nombre extenso: Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde. En nuestra memoria al menos siempre recordaremos el principio y el final de su nombre, nuestro querido Oscar Wilde. Escritor y poeta, nació el 16 de octubre de 1854, con apenas 46 años de vida por delante, aunque eso nadie podía saberlo.

Oscar Wilde

Estatua de Oscar Wilde en Dublín.

Su inteligencia es posible que fuera cosa de herencia, pues Wilde era hijo de importantes intelectuales de Dublín. Su padre, el cirujano William Wills-Wilde y su madre, la escritora Joana Elgee. Aprendió con fluidez el francés y el alemnán, se implicó en la filosofía del esteticismo y reflexionó sobre los pilares del catolicismo -religión a la que se convirtió en su lecho de muerte. Se convirtió en un estudiante destacado, como suele pasar. Primero lo hizo en el Portora Royal School de Euniskillen, casi tan complicado de decir como el propio nombre de nuestro autor. Más tarde, acudió al Trinity College de Dublín donde demostró un enorme interés por la literatura clásica. Y, finalmente, entre 1874 y 1878 puliría sus conocimientos en la Universidad de Oxford, donde se introdujo en círculos culturales de moda y se unió a la corriente esteticista que defendía el arte por el arte.

Extravagante en su forma de vida. Lucía pelo largo, vestía ropas de terciopelo y decoraba su habitación con flores, plumas y todo tipo de objetos de arte. Fue objeto de crítica y sátira en muchas publicaciones cómicas de la época, pero las burlas no le desterraron porque ya se había labrado para entonces toda su popularidad. Su ingenio mordaz, su brillante conversación y su insoportable talento le habían convertido en centro de un gran número de admiradores. Como portavoz del esteticismo que era, contribuó con varias actividades literarias. Publicó un poemario, impartió conferencias sobre el Renacimiento inglés en América y Canadá y regresó a Londres para ejercer de periodista. En la capital de Inglaterra conoció a Constance Lloyd, con la que contrajo matrimonio en 1884 y con la que llegó a tener dos hijos. Una lástima que ambos rechazaran el apellido paterno tras los acontecimientos de 1895, que ahora relataré.

En 1890, Wilde fascinó a los modernistas y provocó una enorme controversia entre el resto del público. Lo consiguió escribiendo su famosa obraEl retrato de Dorian Gray‘. Esta es su única novela, cuyo tema central es el narcisismo, y donde mezcla realidad y fantasía como también lo hizo en sus cuentos moralistas como ‘El príncipe feliz’ o ‘El ruiseñor y la rosa’. Dorian Gray es un tipo atractivo y exitoso que está obsesionado en mantenerse joven eternamente, después de que un amigo suyo, el pintor Basil Hallward, le retrate con soberbia en un lienzo. Y claro, su deseo se convierte finalmente en tragedia. Oscar Wilde retrató a la perfección a la sociedad de la época victoriana (finales del siglo XIX), caracterizada por la vanidad, la locura y la enajenación. Sin embargo, ese carácter presumido de Dorian Gray y su relación con el pintor se convirtió en más leña que arrojar al fuego a propósito de la homosexualidad de nuestro autor (algo que entonces era delito con pena de cárcel). «No se puede juzgar a un hombre por lo que escribe», se defendió inteligentemente él.

Esta gran polémica, le llevó a escribir otros géneros más maleables como la poesía o el teatro. En París, escribió ‘Salomé’ en francés, pero no se le permitió representarla porque aparecían personajes bíblicos en el guión. Sin muestras de desilusión alguna, produjo cuatro comedias sobre la sociedad a principios de 1890, adquiriendo su éxito como dramaturgo. En su máximo apogeo, mientras se representaba en el escenario su obra maestra ‘La importancia de llamarse Ernesto’, Oscar Wilde demandó al padre de su querida por difamación. De todo esto salió mal parado, pues tras una serie de juicios fue declarado culpable y enviado dos años a la prisión de Reading por comportamiento indecente. Todo este proceso judicial es el que le llevó a separarse de su mujer, la señorita Lloyd, (aunque nunca se divorció de ella), así como también se le obligó a renunciar a la patria potestad de sus hijos. Unos y otros se cambiaron el apellido entonces para desvincularse de todo el escándalo.

Wilde no quiso perder el tiempo y lo demostró escribiendo otra de sus obras universales mientras permanecía encerrado entre barrotes. Su título es ‘De Profundis‘, una larga epístola épica, dirigida esta vez a su amante Alfred Douglas. Una epístola que no pudo enviar cuando acabó de escribirla y que mantuvo en su poder hasta el final de su condena. Finalmente, pactaría con un amigo suyo para que hicera llegar la carta a su amante, pero éste siempre negó haberla recibido. Cuando Wilde consiguió su liberación, partió a Francia y allí escribió su última obra, ‘La balada de la cárcel de Reading’, un poema donde retrata la dura vida carcelaria.

Oscar Wilde murió indigente en París. Su éxito, basado en su ingenio punzante y su derrochante ironía, se consumió cuando le encerraron entre rejas. Fue tachado de inmoral y sus escritos posteriores a los acontecimientos de 1895 no encontraron un gran eco en la sociedad, al menos hasta hoy. Actualmente, entre sus obras más interesantes se cuentan cuatro grandes comedias: ‘El abanico de lady Windermere’ (1892), ‘Una mujer sin importancia’ (1893), ‘Un marido ideal’ (1895) y ‘La importancia de llamarse Ernesto’. Años después de todo esto, en conmemoración de su muerte, volvemos a recordarlo. Oscar Wilde, nuestro ingenioso dramaturgo.

Fuente: rincondelvago.com

Foto: Stacphane Moussie

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