País de Jauja

La novela «País de Jauja» de Edgar Rivera Martínez, desde su publicación a fines del siglo pasado, se ha convertido en uno de los referentes de la identidad nacional del Perú. Se trata de una novela celebrada por diversos sectores literarios y que además cuenta con la peculiaridad de ser una de las pocas novelas peruanas sin trama desgarradora y con una visión optimista del país.

Uno pensaría que esta novela sería denostada en una tradición literaria como la peruana dominada por el desencanto, la amargura de su prosa (por no hablar de su poesía desgarradora como en el caso de César Vallejo) y la denuncia social. Sin embargo todos se han rendido al encanto de una narración tan genuina como exquisita de parte de Edgar Rivera.

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Estamos ante una obra mayor de la literatura peruana que retrata, en sorprendente segunda persona, un verano de vacaciones escolares. El protagonista es un adolescente jaujino de nombre Claudio Alaya que durante la narración nos conduce a descubrir una realidad del mestizaje brillante y optimista.

La novela presenta personajes inolvidables como las tías solteronas de Claudio, la Iliada y la música (sí, son protagonistas), el barbero (estupendo personaje cómico que resume las taras del racismo), la enferma de TBC caucásica (ideal de belleza europeo), la chica campesina (ideal de belleza andina), la tía letrada y sabia; así como muchos otros personajes más que destacan por lo entrañables y bien construidos.

País de Jauja puede ser comprendida dentro de la categoría «novela de aprendizaje». El personaje principal Claudio Alaya va descubriendo su identidad en un país mestizo que tiene herencia europea y andina. La importancia que tiene Jauja en ese descubrimiento de la identidad no es poca. Jauja es un valle abundante en recursos que ha permitido a su población vivir alejado de la mayoría de los problemas que han aquejado al Perú en su historia. Sus pobladores han vivido en tranquilidad asimilando la cultura europea sin conflicto. Caso muy distinto a las provincias del sur peruano donde la cultura europea siempre estuvo en conflicto con la andina. Por eso Jauja es el sitio ideal para muchos, por su clima, historia y abundancia.

No en vano los peruanos nos referimos a Jauja como la tierra de la abundancia y la prosperidad. Nadie puede vivir triste en Jauja. Igualmente la Real Academia de la Lengua Española define a Jauja como la tierra de la abundancia. No se necesita añadir nada más.

Con una tranquilidad social que se ha vivido por siglos en el Valle del Mantaro (Jauja) era casi obligado que Edgar Rivera tomara a su ciudad natal para redactar una novela optimista como «País de Jauja». Una verdadera sorpresa en una literatura nacional acostumbrada a celebrar las tragedias.

Tenemos de todo en esta novela de aprendizaje. El sanatorio de tuberculosos que alberga a personas cultas que han llegado de todo el mundo para encontrar la cura milagrosa en el magnífico clima de Jauja. Los adolescentes que desean descubrir el sexo. Una secta naturista que se enfrenta a la tradición religiosa católica de la región. Pintorescos personajes racistas. La idealización del amor. Muchos aspectos a mencionar.

Tal vez una de las mayores críticas que se le hace a la obra es la poco veracidad de los diálogos. Todos hablan demasiado formalmente en el libro. Es posible que sea un error, pero no quita mérito a la belleza formal de la obra ni a la contundencia de la trama.

Al respecto es importante señalar que el protagonista viene de una familia culta, aspira a ser literato y su entorno destaca por la cultura de los personajes. Por ejemplo la hermana del protagonista estudia pintura en la Escuela de Bellas Artes, uno de los mejores amigos del protagonista es un profesor rumano. Con ese entorno era un poco inevitable los diálogos formales. Aunque quizás se le pueda pasar la mano al autor en los diálogos de personajes menores con oficios no muy «letrados» como el carpintero o el barbero. No se puede olvidar que desde fines del siglo diecinueve hasta los años setenta del siglo pasado la clase media baja peruana vivió una verdadera primavera cultural. Muchos leían libros inspirados por políticos que reivindicaban la educación como un derecho y medio de ascenso social. Además de la influencia de poetas de la talla de Vallejo o novelistas como Vargas Llosa. Pero, como siempre, las clases altas de los círculos literarios peruanos piensan que el resto del Perú vive en la selva.

Tengo una anécdota graciosa sobre los diálogos naturales. En mis años universitarios realicé un corto de cine para un concurso. Por falta de recursos tuve que recurrir a mis amigos para protagonizarlo. Incluso yo fui un personaje más del corto. Fue una experiencia divertida que al final cosechó algunas críticas por lo artificial de los diálogos. Se me reprochaba principalmente que no se mencionaran palabras gruesas ni lisuras. Lo gracioso era que en mis conversaciones con mis amigos nunca utilizábamos lisuras y al contrario buscábamos pulirnos en nuestro lenguaje. Todos los involucrados en el proyecto, jóvenes católicos instruidos de clase media baja, no representábamos la realidad de la sociedad. Y eso que éramos reales, lo puedo asegurar.

Uno de los aspectos que quisiera desarrollar respecto a «País de Jauja» es la exaltación de la belleza de la mujer peruana. Hay que considerar el profundo racismo de los círculos literarios peruanos. No es muy difícil encontrar, en ese sector, una descripción despectiva de los inmortales poemas románticos de Vallejo referidos a mujeres de la sierra peruana. Generalmente en las novelas peruanas se ha descrito la belleza de las mujeres como un atributo de las mujeres de descendencia europea.

iglesia-juaja.jpgPero viene Rivera Martínez y aparte de alabar la belleza de las peruanas descendientes de europeas, reclama como símbolo de sensualidad a las mestizas de árabes con quechuas y como ideal de belleza a la mujer campesina en la inolvidable figura de la jaujina Leonor Uscovilca.

En la novela uno se rinde frente a esa descripción enamorada de una belleza andina, natural y cálida en oposición a la belleza estilizada y fría de Elena Oyanguren (representante de la belleza de origen europeo). También vence en idealización la belleza andina frente a la belleza de la mezcla de árabes con quechuas. Esta última destaca más por ser sensual y carnal.

Especialmente inolvidable es el final de la novela. La misa en el templo católica a la que llega el amor verdadero protagonista. Una descripción jubilosa y optimista que cierra perfectamente la novela.

Son muchas las lecturas que uno le puede hacer a «País de Jauja». Por eso cada nuevo reencuentro con la lectura lo puede llevar a reflexionar sobre muchos aspectos de la condición humana. Esa es la característica de las grandes obras literarias. ¿No se le antoja descubrir esta joya literaria?

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