Retrato del Artista Adolescente, James Joyce

James Joyce (1882-1941) no pasó desapercibido. Ni pasará nunca. Es su sino. Él mismo dijo: «He escrito Ulíses para mantener ocupados durante 200 años a los críticos con lo que dije o quise decir».

Joyce, posiblemente el novelista irlandés más recordado y reconocido, salvando las distancias con George Bernard Shaw, Jonathan Swift y Oscar Wilde. Retrato del Artista Adolescente es la obra autobiográfica que a todo autor consagrado le gustaría haber escrito. Relatada de un modo hilarante y con un estilo fácilmente reconocible, muestra las peripecias de Stephen Dedalus, su indudable alter-ego, que luego aparecerá en su obra cumbre Ulíses en la alegoría del personaje homérico Telémaco.

A Joyce le apasionaba Irlanda, y en concreto Dublín. Se puede ver en Ulíses, en su colección de relatos Dublineses (de una gran influencia sobre la literatura anglosajona posterior), y se puede ver aquí, en su particular Retrato.

La adolescencia fue dura, o al menos es lo que pretende exponer. En un país y unas circunstancias dadas al protocolo, al catolicismo rígido y fervoroso, a lo políticamente correcto, a guardar las apariencias, al que dirán, a la obligada convivencia familiar, Joyce, bajo la figura de Dedalus, se rebela contra todo esto y marca sus diferencias, con todo lo que eso conlleva.

Con una narración en tercera persona que sin embargo permite numerosos monólogos interiores de su protagonista, se puede observar cómo el autor cuenta esta etapa de su vida con lejanía, como si recordara con una sonrisa todas aquellas cosas que le hicieron madurar y convertirse en la persona que posteriormente fue. Su ruptura con el catolicismo y más que nada con la Iglesia, su actitud progresivamente resignada con la vida tras varias decepciones y errores, y su posterior vuelta a la tranquilidad cuando consigue poner en orden varios aspectos de su vida, van marcando la novela a un ritmo reflexivo y pausado. Es por ello que la lectura de este libro no es fácil. Decía Joyce que le gustaba escribir en la cocina, mientras oía los diálogos de los demás habitantes de la casa. Esto es muy coherente con el estilo del Retrato, y también con el de Ulíses, porque esto fundamenta el aspecto onírico del relato, los continuos desvaríos y reflexiones, los giros argumentales en cuanto al pensamiento del autor/protagonista. Hay momentos en los que no se sabe qué rumbo toma la novela, y el lector se siente perdido. Esto es un arma de doble filo, ya que por un lado es una virtud (hace que el lector se sienta igual de perdido que Dedalus) y por otro lado la hace imposible de leer en algunas páginas en concreto. Esta tendencia también es clave en Ulíses, donde la experimentación con las palabras marca la pauta.

La riqueza de este libro es portentosa. Joyce intenta aparentar arbitrariedad, confusión, para contribuir al tema candente en el libro: la crisis existencial del propio Dedalus. Por ejemplo, no le da mucha importancia a su boda pero sí a una confesión con un sacerdote, recalca la relación con sus compañeros en su adolescencia, y luego añade conversaciones surrealistas a situaciones puramente cotidianas, y así sucesivamente.
A Joyce hay que amarlo u odiarlo. Quien lo ame no se dará cuenta de lo complicadísimo que resulta leerle con atención, y quien lo odie, no se dará cuenta de sus muchísimas virtudes, tanto artísticas como humanas.

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