La mente, una especie de lámpara de Aladin

Cuando entramos en esa fase del sueño en la que ni una mosca es capaz de despertarnos, nos abandonamos a un mundo imaginario llamado sueño. Un estado somnífero tal, que si percibimos mínimamente el revoloto de un insecto lo incorporamos a lo que estamos soñando y bien imaginamos un mosquito o bien algo que imite semejante sonido, de forma que la realidad pueda formar parte del sueño. El caso es que nada nos despierta. A veces porque no queremos despertar, porque cuando sentimos que Morfeo nos abandona, luchamos por seguir soñando porque va y resulta que el chico/a que me gusta por fin me estaba correspondiendo, o porque nuestros difuntos vuelven a estar a nuestro lado, o porque nos ha tocado la lotería y no hemos acabado de compartir nuestra alegría. Luego de pronto abres los ojos y un detonador desploma todo nuestro mundo creativo en menos de un segundo, como cuando trabajas afanosamente de pequeño en construir una torreo y el mínimo temblor te lo hecha todo a tierra. Frustrados, no contentos con la realidad ni por haber regresado a la crueldad de nuestro mundo, corremos a la estantería, agarramos el libro de ‘Interpretación onírica’ y buscamos desesperados qué habrá querido decir nuestro sueño. Porque… ¿será premonitorio de algo?

Soñar

Cuando dormimos profundamente, nos abandonamos a sueños realizadores de deseos.

En este terreno, Sigmund Freud es sin duda una de las personalidades de referencia. Él fue quien aseguró que nuestras mentes guardan recuerdos y emociones en nuestro subconsciente y que las sacan a relucir a su libre albedrío durante nuestros sueños. Freud afirmaba que se habían producido tres grandes humillaciones a lo largo de la historia. La primera la había revelado Galileo, al descubrir que la Tierra no era el centro del Universo. La segunda Darwin, al comprobar que no somos la corona de la creación. Y la tercera la había encontrado el propio Freud al descubrir que el ser humano no controla su propia mente.

¿Por qué soñamos? Freud mantenía que todos los sueños representan algún deseo expreso del soñador, incluso cuando el sueño deriva en pesadilla. Porque también hay sueños negativos de deseos, donde somos incapaces de alcanzarlos. Los sueños desde su perspectiva son solo realizaciones de deseos reprimidos. El hecho de no poder alcanzarlos en la realidad y tratar de conseguirlo, nos lleva a soñar con ello porque es la única manera de hacerlo posible. Se pone en marcha la maquinaria subconsciente del cerebro, una máquina capaz de hacer deseos realidad. Se convierte así en el genio de la lámpara de Aladin, aunque por tiempo limitado.

Freud considera que todo sueño es interpretable, es decir, puede hallarse su propio sentido. A la hora de trabajar sobre ello, repararemos en detalles del sueño, no lo interpretaremos en su conjunto, sino que analizaremos partes aisladas. Cada cual encuentra su significado en sentido estricto. Una vez descuempuesto nuestro sueño en diferentes partes interpretadas, lograremos averiguar el por qué del sueño y qué deseo se manifiesta en él. Lo malo de todo esto es que muchas veces al despertar, se nos olvida de pronto la mitad de las cosas soñadas (como si el propio cerebro lo descartase como fantasía y no perdiese el tiempo en registrarlo en su memoria, aún habiéndolo vivido minutos antes de abrir los ojos). En ese caso o olvidamos lo poco que recordamos (que hemos soñado) o nos rebanamos los sesos repensando una y otra vez hasta recordar vagamente algo.

Así que Freud asume que todo sueño solo es un reflejo de lo que nos gustaría ser o tener. Luego están aquellas personas que van más allá y creen adivinar el futuro a través de sus nebulosas ensoñaciones. Pero eso ya es ir un paso más allá.

Fuente: euroresidentes.com

Foto: Le taxidermiste

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