Un soñador para un pueblo

En esta ocasión, vamos a presentar (por decirlo de alguna manera) una obra de teatro. No son frecuentes las reseñas de obras de teatro, al menos, si las comparamos con las dedicadas a novelas y cuentos. Quizás por esa doble naturaleza que tiene la obra teatral de servir para la lectura y la contemplación y quizás, también, porque las obras de teatro contemporáneas, las escritas en los últimos años, están más dirigidas a la representación que a la lectura (sucede por ejemplo con los musicales visuales de Blue Man o los catalanes Dagoll Dagom). No ocurre así con todas las obras de este tipo, a veces, la representación es bastante complicada (sucede, por ejemplo, con La Celestina de Fernando de Rojas, por nombrar un clásico español) y, otras veces, es tan impactante la lectura como la representación, siendo aconsejable ambas. Lo que es una suerte, porque en lugar de una obra, podemos considerar que son dos en una.

Esto último es lo que sucede con las obras de Buero Vallejo, y lo digo en plural, porque aunque no vamos a comentar todas sus obras aquí, es una de sus principales características: tan maravillosas son las representaciones que de su obra se pueden hacer como la misma lectura de ella. Un buen director teatral le puede sacar mucho jugo a sus acotaciones y a sus diálogos y hacer que el espectador disfrute. El lector puede gozar de la lectura, como si de una novela se tratara.

Ésta que ahora comentamos, Un soñador para un pueblo, se estrenó el 18 de diciembre de 1958 y forma parte de las obras históricas de Buero Vallejo, pues recrea un episodio de la historia española del siglo XVIII.

Buero Vallejo nos sitúa junto al palacio del marqués de Esquilache, ministro italiano de Carlos III, justo el día antes del motín que tendrá lugar contra el ministro. El pueblo está descontento ante las reformas que el italiano quiere hacer, reformas que el pueblo ve como un entrometimiento en sus tradiciones. Bernardo es el personaje que representa a este pueblo descontento y que encabezará el motín popular. Tenemos ya los dos polos: Bernardo, por un lado, Esquilache, por el otro: Bernardo, la tradición, el pueblo que opta por el oscurantismo, frente a Esquilache que representa la modernidad y las luces. La última reforma, lo que parece llenar el vaso, es la orden de acortar la capa española y sustituirla por la italiana, mucho más ligera y con menos posibilidad de ocultar el rostro. Pero el asunto de la capa es simplemente la excusa. La realidad va más allá. Porque Bernardo que se cree líder, no deja de ser un peón de una fuerza mayor, representada, en la obra, por el marqués de Ensenada o el de Villasanta, dos posturas también interesantes dentro de la aristocracia tradicional española.

Ensenada y Villasanta, a pesar de compartir su desprecio hacia Esquilache, tienen actuaciones diferentes, desde el primer momento, sabemos que Villasanta odia todo lo que representa Esquilache, nunca se oculta. Sin embargo, Ensenada que aparenta compartir la política reformista de Esquilache es, en realidad, la mano negra que mueve el motín. Puede ser que en el fondo comparta esa actitud de culturizar al pueblo, lo que no soporta es que venga de manos extranjeras, tampoco soporta la preocupación que Esquilache siente por la opinión del pueblo. Tiene su postura algo de xenofobia, además de la arrogancia del noble que usa al pueblo para sus fines, pero que se despreocupa de los problemas que realmente éste tiene.

Siguiendo con el bando “anti-Esquilache”, hay otros personajes significativos, por lo que caracterizan, es el caso de doña María y Claudia, doña María es vecina del marqués, y tiene hacia él dos aversiones: una por ser extranjero, otra por querer imponer tradiciones que a ella le parece aberrantes y prohibir lo que para ella es lo correcto, hay una escena bastante esclarecedora de su idea de cómo debe ser Madrid: una vez iniciado el motín y cuando éste ya empieza a tomar cierta inclinación que favorece a los amotinados “(…La luz baja, hasta que desaparece casi totalmente. Poco antes, Doña María se asoma a su balcón con un perol de desperdicios y otea a una y otra parte.)

DOÑA MARÍA.- ¡Agua va!

(Tira el contenido del perol a la calle y cierra…)


Esquilache no está solo, aunque tampoco tiene tanto apoyo como los ‘otros’. Tiene, por supuesto, el apoyo de Carlos III que lo protege hasta el final, pero, a pesar de ser su amigo, sigue siendo el rey, quiere ser justo con él y con su pueblo, y opta por una decisión que le resulta bastante difícil de tomar, pero que es la única posible si es que quiere calmar al populacho que se manifiesta ante el Palacio Real y al resto de las ciudades que empiezan a tomar el ejemplo de Madrid.

Y tiene otro apoyo, quizás más sorprendente y menos esperado que el del rey, especialmente teniendo en cuenta desde qué sector le llega. Me estoy refiriendo a Fernandita, una joven que trabaja en el servicio de doña Pastora, la esposa de Esquilache, y que pasará a formar parte de su servidumbre, gracias a su chocolate (y a su verborragia graciosa e inocente). Entre Fernandita y Esquilache se establece una relación algo peculiar, Fernandita admira al marqués y siente que todas las reformas que pretende hacer van a beneficiar al pueblo, Esquilache ve en ella lo que quisiera ver en el resto de sus compatriotas, y, en ese sentido, también hay admiración hacia la joven. Pero además, Fernandita ve en Esquilache a alguien donde poder apoyarse, una especie de refugio y Esquilache ve en la muchacha una especie de bastón. Forman, pues, una tanda perfecta. Fernandita representa a la parte del pueblo que ha sufrido humillaciones y dolor y que considera que las reformas del ministro son la salida de la oscuridad, que representan la luz que tanto necesita el país, es por esto, la figura en la que Buero Vallejo ha puesto el punto de esperanza. Fernandita no se une a los amotinados, tampoco puede irse con Esquilache, no tendría sentido, prefiere marchar con la cabeza bien alta, a pesar de que la insulten y la injurien.

Hay otros dos personajes muy representativos que no podemos dejar de mencionar, uno es doña Pastora, la esposa de Esquilache. Una estampa totalmente opuesta a la dibujada por su marido: lo que ella entiende por ser moderna nada tiene que ver con lo que él entiende por modernizar al país. Sus conceptos de la vida y del poder, chocan del todo con los de Esquilache, a ella no le importa ser nepótica, a pesar de que el marido rechace el ‘enchufismo’, lo que hace que éste se avergüence de ella. Si alguna vez ella estuvo enamorada, fue hace tiempo, y ya aquello pasó, ni recuerdos le queda, porque tampoco parece estar de moda estar enamorada del marido, sino flirtear con algún galán de la corte.

El otro personaje es Campos, el secretario, fiel hasta que ve hundirse la nave, como las ratas, es el primero que huye y se sube a la que cree que va a navegar mejor, sin darse cuenta de que la otra no está en mejores condiciones que ésta. Se siente discriminado ante Fernandita, él que pertenece a una clase superior, nunca ha logrado tener, con su amo, la amistad que ha logrado una simple cocinera. No es el pueblo que reclama sus tradiciones, es simplemente el oportunista que se pone de cara al viento que mejor sopla, pero en esta ocasión, la veleta se equivoca de viento.

¿Y por qué Buero Vallejo escribe sobre este tema? En plena dictadura franquista, Buero no puede hablar directamente sobre lo que piensa de la situación de España. El pueblo español de este momento, igual que el del XVIII ha optado por seguir a oscuras, guiado por personas que sólo buscan autobeneficiarse, ha creído elegir él, cuando, en realidad, han elegido por él y ha rechazado las luces, sin saber a ciencia cierta qué significaban éstas.

No crean que es un sentido negativo de todo el pueblo español, porque ahí está Fernandita, que muestra a esa parte que lucha por salir. Esquilache, le dice: “El pueblo no es el infierno que has visto: ¡el pueblo eres tú! Está en ti (…) ¡Está, agazapado, en vuestros corazones! Tal vez pasen siglos antes de que comprenda… Tal vez nunca cambie su triste oscuridad por la luz… ¡pero de vosotros depende!

Así pues hay esperanza, porque, y esto es otra de las características de este autor, aunque en sus obras se representen situaciones espantosas, de ceguera y oscuridad, no se puede catalogar de teatro pesimista, porque, dentro de cierta lógica y credibilidad, siempre deja una ventana abierta a la esperanza. El hecho de que sus finales sean verosímiles, le da mucha más fuerza a esta esperanza.

En mi ejemplar de Un soñador para un pueblo, tengo anotadas unas palabras de Buero. En una conferencia, allá por 1989, ante la pregunta de qué era el teatro, él escuetamente dijo: “El teatro es pensamiento y reflexión, pero también pasión

Las tres cosas están, efectivamente, en Un soñador para un pueblo.

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