Dostoievski y la condición humana

El mayor auge de la literatura rusa del siglo XIX se dio con la narrativa realista que surgió como oposición a la corriente del romanticismo cuyo máximo representante fue Aleksandr Pushkin.

En la segunda mitad del siglo, Rusia experimentaba transformaciones sociales significativas, pues la revolución industrial había arrancado y la emigración del campo a la ciudad se imponía cada vez con mayor fuerza, dada la abolición de una servidumbre que ligaba al campesino a la tierra.

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En ese entorno social caracterizado por todo tipo de manifestaciones ideológicas, en ese ambiente convulsionado por la inminencia de los cambios, aparecen las primeras novelas de Fiodor Dostoievski que se inscriben en el realismo por registrar todo cuanto acontece en el medio en el que se desenvuelve.
Ese nuevo orden de cosas estará presente en Humillados y Ofendidos (1861), novela que se inspira en la problemática de los siervos emancipados del poder de los terratenientes, pero que se enfrentan a otro tipo de esclavitud que les plantea el capitalismo de las ciudades, lejos de su medio rural nativo. Pero esta novela es considerada la de la transición de Dostoievski, la que le permite al autor la eliminación de ciertos elementos del romanticismo sin romper abruptamente con éste y encasillarse en un realismo abiertamente radical. Será la novela en la que se proponga observar más detenidamente la cotidianidad de sus contemporáneos para transformarla en el objetivo temático de sus futuras ambiciones literarias. Pronto Rusia vería entonces al Dostoievski que intensificaría sus indagaciones sobre el ser social e individual para reflejarla con exactitud en la totalidad de su obra.

“El hombre en la superficie de la tierra no tiene derecho a dar la espalda y a ignorar lo que sucede en el mundo, y para ello existen causas morales supremas», decía Dostoievski como comprometiéndose con aquella frase a que ese mundo real en el que estaba inmerso fuera el eje principal de su inspiración literaria. Para descifrar ese universo le sirvió el ambiente de la época y la experiencia personal. En Los hermanos Karamázov (1880), por ejemplo, aparece el parricidio de un terrateniente a manos de su hijo natural, como una transposición de la realidad de ese siervo sin dueño en el nuevo orden social de la Rusia de entonces. Le serviría también la tragedia familiar que lo marcó hasta el punto de desencadenarle el primero de sus ataques de epilepsia: su padre tiránico es asesinado por uno de sus siervos.

En Crimen y castigo (1.866), está reflejado todo el conocimiento que el autor pudo obtener de su experiencia en la cárcel cuando le fue conmutada la pena de muerte por una condena en prisión que cumplió desde 1.850 hasta 1.854. Hasta allí lo había conducido su simpatía por ideas revolucionarias que se oponían al régimen Zarista, y de esta etapa de su vida entre delincuentes no es difícil suponer que haya extraído las ideas que más lo obsesionaron: la culpa y la redención.


img.gifSu pasión por el juego y por su amante Polina Suslova se deja traducir en El jugador, novela en la que el protagonista Alexei entrega su vida al azar de la ruleta, como el mismo Dostoievski, en cierta etapa de su vida, cedió su seguridad económica a ese placer incontenible.

En carta dirigida a su hermano Mijail, el 18 de agosto de 1839, el escritor escribe: “El hombre es un misterio. Un misterio que es necesario esclarecer. Si pasas toda la vida tratando de esclarecerlo, no digas que has perdido el tiempo; yo estudio este misterio porque quiero ser hombre”. Lo anterior parece un anuncio de lo que pretendería hacer en su obra, que era reproducir fielmente a ese hombre contemporáneo suyo desde un realismo literario que busca la exactitud en la presentación de las costumbres, de los ambientes, y de la descripción de unos personajes que, a fin de cuentas, sería a través de los cuales él busque esclarecer el misterio. Su capacidad de riguroso observador de ese hombre lo lleva a penetrar en el espíritu humano para rastrear sus conflictos y exponerlos sin mordazas ni disimulos. Los personajes de Dostoievski no son figuras abstractas hechas de ideas si no seres muy vivos y concretos que están siempre bordeando los límites del bien y del mal.

“Dostoievski es el único que me ha enseñado algo en psicología……Su descubrimiento ha sido para mí más importante aún que el de Stendhal”, opinó F. Nietzsche, dando a entender que los temas planteados en sus novelas podían tomarse como auténticos estudios psicoanalíticos del subconsciente. Tampoco Sigmud Freud fue ajeno a la influencia que en él ejerció Dostoievski. A Los hermanos Karamázov dedicó muchas horas de estudio, y su entusiasmo por esta novela lo llevó a declararla como “la más acabada que jamás se haya escrito”.
Sea exagerada o no la apreciación de Freud, lo cierto es que la obra de Dostoievski contiene lo mejor de la novela psicológica. Sus obras son como sabias respuestas a los interrogantes sobre el sentido de la vida. Para Dostoievski ese sentido está latente en cualquier existencia humana, sea que ésta deambule por fuera del orden social establecido o no, porque al final cabe la esperanza de que quienes hayan subvertido ese orden puedan volver a acceder al bien a través de la expiación. Ese es el ideal al que aspiran los personajes de Dostoievski; no quedarse en el fondo de aguas negras, sino sumergir a superficies más nítidas, ilusionados ante la promesa de la salvación. La aspiración a la bondad es la vocación natural de la esencia humana, parece proclamar Dostoievski, y si las circunstancias oscurecen esa esencia buena, no tiene la sociedad derecho a negar una oportunidad de reparación. El dolor como consecuencia de los delitos, es a quien los comete, un medio a través del cual hacer un tránsito del pecado a la salvación; y ésta no se la negó la prostituta Sonia a Raskolnikov cuando, aún a costa de su propio sacrificio, le muestra el camino para obtener el triunfo sobre el mal.

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