El abuelo de Pérez Galdós

No es, desde luego, el último bestseller de las grandes listas de éxitos, ni siquiera puede que sea una de las más famosas obras de Pérez Galdós. Siempre ha quedado opacada al lado de títulos como Fortunata y Jacinta, Miau, la colección de las novelas de Torquemada, los conocidísimos y poco leídos Episodios Nacionales, Misericordia y otras muchas obras de este genial novelista español. Pero vale la pena hablar un poco de ella.

Si abrimos la novela por cualquier página, me van a decir, ‘pero… ¿novela? ¿dónde está la novela?’, porque la obra tiene toda la pinta de una obra teatral, presenta la típica forma dialogada, las típicas divisiones en actos y las típicas acotaciones de cualquier obra de teatro. No obstante me acojo a la opinión del mismo autor que la subtituló “Novela en cinco jornadas” y se justificó, en el prólogo, con las siguientes palabras:

Aunque por su estructura y por la división en jornadas y escenas parece El abuelo obra teatral, no he vacilado en llamarla novela, sin dar a las denominaciones un valor absoluto (…) En toda novela en que los personajes hablan, late una obra dramática. El teatro no es más que la condensación y acopladura de todo aquello que en la Novela moderna constituye acciones y caracteres

Y para desasosiego de críticos y teóricos de la Literatura, añade:


Resulta que los nombres existentes nada significan, y en literatura, la variedad de formas se sobrepondrá siempre a las nomenclaturas que hacen a su capricho los retóricos.

No sé qué diría Aristóteles de haberse encontrado con esta obra, con estas y otras obras que se mueven a mitad de camino entre la novela y el teatro, el mismo Pérez Galdós nos recuerda dos casos emblemáticos de difícil catalogación: el Ricardo III de Shakespeare y La Celestina de Fernando de Rojas.

[ad#ad-default]

Otra cosa que nos hace pensar en que leemos una novela, ya fuera de la propia opinión del escritor, que es suficiente, es la sensación que tenemos, al acabarla de que, efectivamente, hemos leído una novela y no una obra de teatro. Quizás se deba al hecho de que, además de las clásicas acotaciones de una obra dramática, nos encontramos con tantas descripciones y tantos incisos narrativos por parte del autor que, acabamos sintiéndola como una novela con mucho diálogo.

Pero, veamos un poco del contenido de la obra.

La acción está situada en la imaginaria villa de Jerusa, “las principales escenas en La Pardina, granja que perteneció a los Estados de Laín. Careciendo esta obra de colorido local, no tienen determinación geográfica el país ni el mar que lo baña”

[ad#ad-default]

Y puede ser que Pérez Galdós lleve razón en eso de que no tiene colorido local, pero los personajes, las situaciones, las reacciones y los sentimientos expresados sí que tienen un tiempo y un espacio determinado, nos encontramos, desde luego, finalizando el siglo XIX, con todos los prejuicios de la vieja y rancia aristocracia española.

Don Rodrigo, conde de Albrit, llega a su tierra, la villa de Jerusa, después de haber intentando ‘hacer las Américas’. Según las murmuraciones de los criados, llega más pobre que las ratas, sin haber tenido el éxito de otros ‘indianos’. Vuelve para conocer a sus nietas, Nell (Leonor) y Dolly (Dorotea), que viven al cuidado de Gregoria y Venancio, también en Jerusa, mientras que su madre, viuda del hijo del conde, vive en la corte, llevando allí una intensa vida social. Suegro y nuera nunca se llevaron bien, ella es considerada una extranjera en la villa y en la zona (lo es, también por su nacionalidad, pues es hija de un irlandés establecido en EEUU), y nunca fue querida por nadie, lo contrario a sus hijas y a su suegro, que son vistos como los señores de la villa. Cuenta eso sí, con el beneplácito del alcalde y de un parasito (Senén) que se aprovecha del conocimiento que de los hechos de la vida de la condesa adquirió en otros tiempos.

Pronto conoceremos las verdaderas intenciones del señor de Albrit al querer conocer a sus nietas, sabe que una de ellas no es hija legítima de su hijo, al trabar relación con ellas, quiere dilucidar a cuál de ellas hará su heredera ‘moral’ y dará todo su afecto, “no vive más que para un fin: resolver lo pasado, los desechos del pasado…”, de la otra no quiere saber nada, ya le parece demasiado que la ley la considere como su heredera y le transmita su nombre, porque, el león de Albrit comprende que ambas son inocentes, es la madre quien ha pecado contra el honor de la familia, quien abandonó a Rafael, el esposo muerto, quien ha mancillado a toda una ‘casa histórica, grande en su pasado’, que hasta el momento en el que Lucrecia, la nuera, ha entrado en la familia había mantenido incólume el honor de su nombre.

La madre se negará a confirmar si quiera las sospechas del conde sobre la bastardía de una de sus hijas, así que el conde se dispone a averiguarlo por sí mismo. Con un método bastante peculiar: cree que conseguirá descifrar el enigma por el puro instinto de la sangre, que la casta misma le develará quien de sus dos nietas es la que merece llevar su apellido.

Pero el conde no está del todo sano, ha llegado de América, además de pobre, enfermo, casi ciego. Los más allegados quieren que se refugie en un monasterio de la zona, donde lo cuidarán y podrá morir tranquilo y honrosamente. Claro, que el conde en lo último que piensa en este momento es en morir.

Las dos niñas adoran al abuelo y el abuelo adora a las dos nietas, pero la relación que se establece entre el viejo y la menor es más intensa conforme va pasando los días. Acaban convirtiéndose en inseparables. A eso se le suma que parece haber heredado todo el carácter del linaje de los Albrit:

Dolly.- Yo… Me basto y me sobro. Nieta soy de mi abuelo.

El conde.- (Con inmensa ternura y entusiasmo, abrazándola) ¡Sí, sí!… ¡Sangre mía, corazón de Albrit!

Claro que no todo es como parece ser…

En los últimos tiempos salen autores que creen que van a romper las barreras de la literatura con grandes innovaciones, cuando, en realidad, gran parte de esas enormes y supermodernas innovaciones habría que ir a buscarlas a la novela del XIX.

Por eso vale la pena tanto para los que quieren escribir como para los que deseen tan solo pasar un buen rato con una buena lectura, volver la vista a esa época y a ese género literario.

Y para los que gustan de ver versiones cinematográficas, hay varias de excelente calidad sobre esta novelita de Galdós: La Duda de Rafeal Gil, con Analia Gadé y Fernando Rey; y El abuelo de Garci con Fernán Gómez.

Valora esta noticia: 1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (0 votos, media: 0,00 de 5)
Loading ... Loading ...