Flush de Virginia Woolf

Flush es el nombre de un personaje algo peculiar, de esos que sin decir ni escribir nunca ni una sola palabra acaba apareciendo en la historia de la literatura y no por ser un personaje ficticio, porque no lo es. Fue un personaje de carne y hueso, tan real como nosotros mismos. Con necesidades, deseos, sueños, miedos, sentimientos de afecto, y, a veces, con muchas pulgas.

Sí, con muchas pulgas, y no porque fuera sucio ni despreocupado de su propio ser, que no era, porque estaba orgulloso, en extremo, de su ‘rancia estirpe’, sino porque así lo quiso la naturaleza y sus largos pelos.

Estamos hablando, desde luego, de un perro. Eso es Flush un perrito que, viviendo tan pegado a su ama, acaba siendo una extensión de ella. Hasta cierto parecido físico logran.

cocker.jpgFlush nace en la campiña inglesa y vive en casa de los Mitford, y , aunque su dueño presumiera de un abolengo que no tenía, el perrito sí que procedía de la auténtica y aristocrática estirpe de los spaniel, en concreto, de la familia de los cocker. Y tal como el muy inglés Spaniel Club hubiere designado, poseía todas las características para que nadie dudara de quiénes fueron sus ilustres antepasados, a saber, de pelaje negro, tenía cierto matiz rojizo o marrón, que al sol relumbraba como ‘el mismo oro’. Sus ojos tenían color avellana, sus orejas enmarcaban ‘la cabeza como una capota’, sus pies estaban ‘endoselados con mechones’ y la cola era ancha.

Cuando la señorita Mitford lo sacaba a pasear, Flush, en una especie de vuelta a sus más remotos orígenes, oía, allá en lo más hondo de su cerebro, los gritos de los cazadores de conejos en las llanuras españolas y, toda su compostura y su frío temperamento inglés se venían abajo, ante la llamada de los instintos cazadores de su raza.



Esta señorita Mitford no es otra que Mary Russell Mitford, escritora inglesa, amiga de Elisabeth Barret y no encontró mejor regalo para su amiga, recluida en una oscura habitación, que aquel perrito que corría intentando averiguar de dónde venía aquel olor a conejos, zorros que el viento traía.

Y éste es el motivo por el que vemos a Flush avanzando por Wimpole Street, hasta el número 50. Punto en el que su ama se detiene toca el timbre y entra en esta casa, en el corazón de Londres. Flush se ve venir un cambio, pero no sabe cuál, hasta que se encuentra encerrado en un dormitorio, semioscuro, con un fuerte olor a agua de colonia, y, en lugar de la vivaz señorita Mitford, una dama recostada sobre un sofá. ¿Dónde estaba el pasto verde? ¿Dónde el olor de las flores? ¿Dónde aquel viento que le hacía llevar el olor de los animales salvajes? ¿Cómo aquí, encerrado, entre libros, bustos, cortinajes, muebles, iba a poder revivir sus más atávicos instintos?

Pero, cuando Flush miró a Elisabeth y Elisabeth miró a Flush de cerca, sucedió algo asombroso, porque ambos se reconocieron en el otro. Tenían cierto parecido físico: Elisabeth lucía unos rizos negros que le enmarcaban el rostro y unos ojos grandes y una boca que, al sonreír, dejaba ver unos dientes grandes; Flush tenía enmarcada también su cara, por sus orejas con pelambreras negras, también tenía grandes ojos, abiertos y expectantes y unos buenos dientes. Y, en este primer encuentro, hasta aquí llegan las semejanzas.

Flush aprenderá a vivir en este nuevo ambiente, a beber en un bol y a esperar a que su ama le regale el pollo de su cena. Aprenderá a conocer los estados de ánimo de la inválida, simplemente, por sus caricias. Sabrá adaptarse al paseo por el parque, sustituto de sus antiguas correrías campestres, a pesar de esa espantosa correa que tiene que llevar al cuello. Acabará consiguiendo un lugar en esa sociedad paralela a los humanos que, comparten con ellos, sus melindres aristocráticos, me refiero a la sociedad perruna. Tal como la etiqueta de las buenas costumbres exige, será moderado y concluirá por convertirse también él en todo un ‘caballero’, no sólo por sus antecedentes familiares, sino por su propio comportamiento.

Y, cuando todo parece haberse acomodado, cuando la vida transcurre con una monotonía y una regularidad propia de una enferma, con muy poca vida social y muy pocas salidas, algo vuelve a cambiarlo todo. Flush empieza a sospechar que no todo va a seguir igual. Primero son unas cartas que llegan para la poetisa, unas cartas que empiezan a ser habituales, casi diarias… lo que le hace sospechar al spaniel es la ansiedad con que la Barret espera la llegada del cartero y el ruido que el criado hace al subir las escaleras para llevar a su señorita la correspondencia del día.

Y un día de primavera llega el ‘enmascarado’, el que está dispuesto acabar con esa tranquilidad de la que goza nuestro personaje. Se trata, en realidad, de Robert Browning y, sí, tal como presentía Flush con la llegada de este poeta a casa de los Barret, todo va a cambiar, por eso, y pese a los ladridos y los gemidos iniciales, incluso a algún mordisco en la espinilla, el perro ha de darse por vencido y dejarse llevar por las circunstancias, es inevitable que aquellos dos poetas se enamoren y que conviertan el sosiego en un trasiego constante de idas y vueltas, subidas y bajadas, compras, misterios, charlas, más cartas, más encuentros furtivos, y todo, visto a través de los ojos de un ser de cuatro patas y mirada inteligente e inquisitiva, al que no le gusta nada el viraje que toman las vidas de los humanos que lo rodean.

ebbalfredwatercoloeb.jpgDe pronto, todo se precipita, ya no sólo que la ama se porte algo extraña, sacando cosas de los armarios y metiéndolas en maletas de viaje que esconde bajo la cama, o que salga un sábado, furtivamente, acompañada tan sólo de su doncella y vuelva luciendo un dorando anillo en su mano, es que la vida del pobre chucho también se ve afectada por tanto alboroto, porque, en un descuido, en pleno paseo de compras, alguien se lleva a Flush. Lo secuestran y lo llevan a Whitechapel, hasta allí acabará yendo la propia Elisabeth para conseguir a su perro, oponiéndose a todos los conocidos que intentaban convencerla para que lo dejara, para que no pagara el rescate. Pero ella no podría hacer eso, porque Flush no es un simple perro, es SU perro, un amigo entrañable y querido, al que no puede dejar a su suerte. Esa experiencia es la que hará que Flush no ponga más impedimentos para salir de Londres, se dejará llevar por mar, por tierra, hasta llegar a Florencia.

Florencia no se parece nada a Londres, la luz lo impregna todo, no hay alfombras ni pesados cortinajes, el suelo es cálido, las puertas están abiertas para que Flush corretee por donde quiera. Aquí los perros no son de estirpe, son ‘puro perro’, pero son libres, no necesitan correas ni hay secuestradores en cada esquina dispuesto a pedir un rescate por ellos. Y viven, y disfrutan de la vida y de los placeres que de ella pueden obtener, hasta que dejan de estar vivos, y mueren.

Virginia Woolf, la responsable de la biografía de Flush, ha sabido captar el carácter del perro, dándole, eso sí, un aspecto casi humano. A través de sus ojos, nos muestra la vida de Elisabeth Barret, especialmente, lo que concierne a sus primeros años con Browning, y su llegada a Florencia.

A pesar de que los ojos de Flush queden a poca altura, es un gran observador y, recostado, mira y admira todo lo que los humanos hacen, a veces, sin comprender mucho, pero siempre dispuesto a ofrecer su cabeza para secar una lágrima.

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