La isla de los Jacintos Cortados De Gonzalo Torrente Ballester

Dos novelas en una o por el precio de una, eso es lo que nos ofrece La isla de los Jacintos Cortados, eso y mucho más, claro, porque además de un triángulo amoroso encaminado al fracaso, nos traslada, a través del fuego, desde una universidad norteamericana del siglo XX, a una islita perdida en el Mediterráneo, a finales de la Revolución francesa. Ambos paisajes, con sus historias respectivas, con sus personas, se mezclan en la novela y, a veces, llegan a tocarse.

Cerca de una universidad norteamericana, no importa mucho cuál de ellas, hay un laguito y en medio del laguito una isla con una cabaña que la misma universidad alquila a alumnos y/o profesores. Es la Isla de los Jacintos Cortados.

En esta ocasión la cabaña está habitada por un profesor de literatura (el narrador, sin nombre ni muchos datos, quizás un alter ego no confesado del autor, Torrente Ballester) y por una becaria de historia (la griega Ariadna), el profesor locamente enamorado de ella, ella novia enamoradísima de un amigo de él, también del departamento de historia (Alain Sidney, Claire para los amigos). El profesor de literatura va a ser nuestro narrador, nuestro guía a través del tiempo.

Pero detengámonos un poco más en por qué viajamos a través del tiempo, cuál es el pretexto.

Sidney ha escrito un libro sobre un antepasado suyo, un eminente poeta inglés que pasó una temporada en una islita mediterránea, la Gorgona. Según contaba este poeta en sus memorias, durante su estancia en la isla se produjo algo que, de ser cierto, cambiaría completamente ciertos aspectos de la historia no sólo europea, sino mundial.


Sir Ronald Sidney cuenta ni más ni menos que él sabe de ‘muy buena tinta’ que Napoleón no existió nunca, que fue un invento y que fue inventando, precisamente, en una velada en la Gorgona.

Imagínense qué recibimiento tiene la obra que su nieto Alain Sidney publica apoyando tales afirmaciones de su ancestro. Se convierte en el hazmerreir de la comunidad universitaria y se ve venir que va a quedar totalmente en un ridículo del que le va a resultar bastante difícil salir.

Su novia, la joven Ariadna, busca la ayuda de para quien ella es su mejor amigo y confidente, que para nuestra suerte, es precisamente nuestro narrador. Y él mueve cielos y montañas para averiguar la verdad. En este caso, en realidad, lo que mueve son los rescoldos de la chimenea, porque, dada la imposibilidad de llegar hasta lo que realmente pasó de forma bibliográfica o de conseguir testigos oculares de los hechos, busca la forma de conocer qué pasó de una forma bastante poco científica, pero llena de encanto y de imaginación.

Un tal Cagliostro que afirma ser el histórico personaje lo introduce en el arte de ver a través de los espejos, de ver el pasado y el futuro. Pero él, una vez solo, descubre que lo suyo no son los espejos, sino que como hicieron sus antepasados gallegos le resulta más fácil leer en el fuego. Y eso hace, sentarse cómodamente en un butacón, frente al calor de la chimenea y viaja hasta la Gorgona.

Y curiosamente llega a la Gorgona para ver partir a sir Ronald rumbo a Italia, expulsado de la isla, más tarde conoceremos los motivos. En una nueva incursión, encontraremos la isla en plena revolución, los latinos (principalmente, comerciantes) se imponen a los griegos (principalmente, marineros y navieros), y toman el poder. Los latinos están bajo las órdenes de Ascanio Aldobrandini, primer ministro del superpoderoso y enigmático general Galvano Della Porta, totalmente reaccionario.

A partir de esta revolución serán Ascanio y su esposa Flaviarrosa los que gobiernen la isla, el general quedará recluido en un castillo que domina toda la isla, desde el que verá a sus vasallos y del que no saldrá, comido por la lepra. Ascanio, hijo de un pobre mercader, minusválido y que nunca hizo nada deslumbrante, se convierte en algo más que la mano derecha del temible General, es en realidad el corazón y el cerebro de una marioneta vestida con galas militares.

Todos presienten en la isla que Galvano es una fantasía, pero unos no lo dicen por miedo a las represalias del cojo Ascanio y de sus temibles tías, las Parcas, y otros porque prefieren vivir bajo la sombra de una ilusión que bajo el gobierno de los griegos.

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A la isla llega Agnesse, la que en el mundo del narrador, de Ariadna, de Claire es conocida como la que fue amante del poeta inglés. Curiosa esta llegada que se produce cuando el poeta ya no está. Y es que la historia de la Gorgona está llena de personajes que se repiten, que se inventan, que se disfrazan, que van y que vienen, confundiendo al lector poco atento o al que quiere terminar rápido saltando páginas.

No es precisamente una novela de esas que permitan una lectura en diagonal, porque si bien es cierto que Torrente Ballester a veces se va por las ramas y nos llena líneas y líneas de contenido que, a veces, sirven más para enredarnos en la telaraña del argumento que para que el mismo argumento avance, también es cierto, que sin previo aviso nos ofrece datos que van a ser imprescindibles para el resto de la obra. De manera que el que lea diagonalmente, puede perderse, por ejemplo, el por qué la Gorgona también es la ‘Isla de los Jacintos cortados’, o por qué Agnesse no es la verdadera Agnesse de los poemas de sir Ronald o, mejor dicho, no es la Agnesse de todos los poemas de sir Ronald.

Nos sorprenden escenas como la aparición en pleno día, en pleno mar del dios Poseidón, con toda su corte de dioses marítimos, fornicando con su esposa ante las miradas atónitas de todos los habitantes de la Gorgona; o la cena secreta e íntima en la que se reúnen personajes como Chateaubriand, Metternich y Nelson con sus respectivas amantes, asistidos por un camarero llamado Napollioni. Cena ésta decisiva para lo que los Sidney dicen, generación tras generación, y que sirve de burla para todos. Pero la escena más impresionante, la más impactante, es el momento en el que Napoleón, inventado, ataca a la isla donde fue creado (¡qué no diría Freud sobre esto!) y la isla se defiende como Fuenteovejuna, todos a una. Por sí sola, la escena ya vale el libro completo.

Entre ambos mundos, el actual y el entrevisto o ‘entreimaginado’ al calor del fuego, a veces, hay puntos de contacto: nuestro narrador se atreve a enfrentarse con sir Ronald y preguntarle por su poesía, quizás una ilusión que más de un profesor de literatura ha tenido alguna vez respecto a los escritores que ha estudiado; y si este encuentro es extraño, ¿qué decir del que ocurre cuando en la cabaña de la isla de los Jacintos cortados de una moderna universidad norteamericana se siente el aleteo y los grititos de las brujas viejas, tías de Ascanio, que han llegado desde la lejana Gorgona de finales del siglo XVIII?

Los personajes son pintorescos tanto en un lado como en el otro del fuego de la chimenea, pero la historia de la Gorgona supera con creces la historia del triángulo Narrador-Ariadna-Claire, con un final bastante predecible. Hasta el punto de desear, de vez en cuando, que Torrente Ballester hubiera ideado sólo la parte de la isla en la que se inventó a Napoleón y hubiera dejado para otra novela la Carta de amor del subtítulo.

Esta novela cierra la llamada ‘trilogía fantástica’: La saga/fuga de JB, Fragmentos de Apocalipsis y La isla de los jacintos cortados. Como entre ellas no hay nexos argumentativos, se pueden leer en el orden en el que a uno le apetezca. Las tres tienen algo en común: las huidas de un tiempo a otro, el transitar por el tiempo como si lo estuviéramos haciendo por la vereda de enfrente. Y, por supuesto, el juego entre lo que puede ser real y lo que puede ser imaginación, con la curiosidad de que sabemos que todo lo que es novela es imaginación, así que todo es imaginación.

Y para los que gustan de leer ‘premios’, también tiene esta obrita ese aliciente, porque obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1981.

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