La poesía de Antonio Machado

Reconozco, desde ya, que, como aficionada a la lectura, no soy lectora empedernida de poesía lírica, siempre he estado, desde que empecé a leer, con un libro en la mano, pero pocas veces ese libro ha sido de poesía. Probablemente porque o no he sabido llegar al espíritu creador del poeta o porque el poeta no deja bien claro cuál es su espíritu creador.

En ocasiones, me ha dado la impresión que, cuando descuartizamos un poema para examinarlo, estamos desentrañando algo más que el poema, que nos estamos metiendo en las entretelas más íntimas del artista, es como fisgonear en el interior de alguien.

Pero hay excepciones, porque algunos autores sí me han permitido entrometerme en su poesía y, sin ningún pudor, he podido sacar de ella lo más jugoso.

Y uno de estos poetas que te dejan leerlo y comprenderlo y, a veces, hasta ‘simbiotizarse’ con él es Antonio Machado. Hay otros, por supuesto, en nuestra lengua, por ejemplo, tenemos a Miguel Hernández o a Alberti (a Lorca lo prefiero como autor teatral que como poeta, a pesar de su maravilloso Romancero Gitano) y a algunos más. Pero es difícil que todo lo que un poeta escriba guste a todos, eso sólo pasa con unos pocos.

Y vuelvo a decir, creo que entre esos pocos está Machado (Antonio, claro). Puede ser que descubrí a Machado cuando se ha de descubrir a los buenos poetas, pasada la adolescencia. Esto puede parecer contradictorio, porque siempre nos han dicho que es en la adolescencia cuando somos más propicios a leer poesía; pero no lo es, en absoluto, porque cuando somos adolescentes nos inclinamos hacia otro tipo de poesía, más romántica, o hacemos lecturas más ñoñas de poesías en las que luego descubrimos otras cosas.

Además de la fecha en que me regalaron el volumen de las Obras Completas de Antonio Machado, tengo apuntados en la primera página unos versos que no son de Machado, pero que expresan, perfectamente, qué es su poesía (los versos son de un poeta local, del que, espero que me perdone, no tengo el nombre):

“No es poeta quien escribe

Muchas palabras rimadas,

Sólo es poeta el que vive,

Tal como piensa y habla”

Yo decía más arriba que estas palabras, sin ser de Machado, lo definen perfectamente, porque Machado no es poeta por escribir palabras rimadas, sino por vivir tal como pensaba y hablaba.



Rubén Darío dijo de él:

“Misterioso y silencioso

Iba una y otra vez.

Su mirada era tan profunda

que apenas se podía ver.

(…)

Las maravillas de la vida

Y del amor y del placer,

Cantaba en versos profundos

Cuyo secreto era de él.

Montado en un raro Pegaso,

Un día al imposible fue.

(…)”

Obras completasVayamos ya a comentar directamente esta edición de las Poesías Completas de Antonio Machado, prologada y editada por Manuel Alvar.

De forma cronológica, van apareciendo los libros de poesías, empezamos con Soledades y terminaremos con las últimas palabras garabateadas en un papel, encontradas tras su muerte: “Estos días azules y este sol de la infancia

Y es curioso en estos últimos versos ese determinante ‘este’, tan actualizador y deíctico, como si los estuviera viendo y señalando, y, probablemente, fue así, él veía y señalaba, mentalmente, al menos, esos recuerdos tan lejanos en el tiempo y en el espacio y tan cercanos en su memoria.

Este sol de la infancia que le viene a la memoria (y al corazón) a Machado en su destierro francés, poco antes de su muerte, hospedado en una pensión como cualquier otro exiliado español, triste y enfermo, había sido el sol sevillano que salpicaba aquel patio en el que maduraba el limonero y por donde paseaba, meditaba y hasta cantaba don Antonio Machado, padre.

Luego vendrían la Institución Libre de Enseñanza, la estancia en París, Soria, en particular, y Castilla, en general, y caminos, muchos caminos que hacer, porque ya lo dice el poeta, ‘Caminante, no hay caminos, se hace camino al andar’.

Caminos que, a veces, parecen acercarlo al Modernismo:

“Adoro la hermosura, y en la moderna estética

corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;

mas no amo los afeites de la actual cosmética,

ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar”

pero que lo despegan de él y lo acercan a un intimismo diferente, “mi verso brota de manantial sereno.”

Las palabras de Machado son significativas por sí mismas, no necesitan adornos, ni sus sutantivos van acompañados de epítetos floridos. El lenguaje de su poesía es bastante simple, o, al menos, eso aparenta, porque donde faltan ‘los afeites’, sobran los conceptos y las metáforas: los caminos, las veredas, las tardes, el agua que corre frente al agua de los cangilones, el olmo seco al que le empiezan a aparecer unas hojitas verdes, las galerías, los sueños, la luz, la primavera, los relojes… todos tienen otro sentido en la obra machadiana, no aparecen porque sí, marcan su vida, sus alegrías, el tiempo que pasa y que no volverá, sus recuerdos, sus momentos de tristeza y sus esperanzas.

En la vida de Machado, tan dado a pasar desapercibido y a vivir como un hombre sencillo, hay tres grandes amores: uno, Leonor, su esposa, a la que conoció cuando ella tenía 13 años, recién llegado él a Soria, con la que se casará apenas ella cumpla los 16 y que estará muy poco tiempo a su lado, pues muere pronto:

“Sentí tu mano en la mía,

Tu mano de compañera,

Tu voz de niña en mi oído

Como una campana virgen

De un alba de primavera.

¡Eran tu voz y tu mano,

En sueños, tan verdaderas!…

Vive, esperanza, ¡quien sabe

Lo que se traga la tierra!”

Otro, Guiomar, una luz que se ve en la niebla, y que, para algunos, es sólo un fantasma y para otros, una esperanza y que Machado deja a mitad de camino entre lo uno y lo otro:

“Guiomar, Guiomar,

Mírame en ti castigado:

reo de haberte creado,

Ya no te puedo olvidar.”

“Todo amor es fantasía;

él inventa el año, el día,

La hora y su melodía;

Inventa el amante y, más,

La amada. No prueba nada,

Contra el amor, que la amada

No haya existido jamás.”

Y su tercer amor, sin duda, Castilla. La melancolía de Machado encuentra un lugar idóneo en Castilla, se llega a identificar tanto con la tierra, que se siente “extranjero” en los campos andaluces. El Duero corre por sus venas, como si fuera su propia sangre, y añora aquellos paisajes desde Baeza, lugar al que se traslada tras la muerte de su joven esposa. Y recordar Castilla es recordarla a ella (o, al contrario, que en este caso es lo mismo):

“Allá, en las tierras altas,

Por donde traza el Duero

Su curva de ballesta

En torno a Soria, entre plomizos cerros

Y manchas de raídos encinares,

Mi corazón está vagando, en sueños…

¿No ves, Leonor, los álamos del río

Con sus ramajes yertos?

Mira el Moncayo azul y blanco; dame

tu mano y paseemos.

Por estos campos de la tierra mía,

Bordados de olivares polvorientos,

Voy caminando solo,

Triste, cansado, pensativo y viejo.”

Castilla es para Machado la esencia y sus hombres son el reflejo de esa tierra dura y diversa:

“labriegos transmarinos y pastores

Trashumantes –arados y merinos-,

Labriegos con talantes de señores,

Pastores del color de los caminos (…)

Castilla visionaria y soñolienta

De llanuras, viñedos y molinos.

Castilla –hidalgos de semblante enjuto,

Rudos jaques y orondos bodegueros-,

Castilla –trajinantes y arrieros

De ojos inquietos, de mirar astuto-,

Mendigos rezadores,

Y frailes pordioseros,

Boteros, tejedores,

Arcadores, perailes, chicarreros,

Lechuzos y rufianes,

Fulleros y truhanes,

Caciques, y tahúres y logreros.”

Toda una gama que se completa con unas de sus composiciones más logradas: ‘La tierra de Alvargonzález’, cuento y poema, en torno ambos a la historia negra del crimen de un campesino, por parte de sus hijos mayores y la venganza del pequeño.

La poesía de Antonio Machado es también un poco como Castilla: en apariencia, espartana y silenciosa, raspando un poco, profunda, diversa y rica en pasiones y matices.

Y a veces recibes sorpresas como ésta:

“Hombre occidental,

Tu miedo al Oriente, ¿es miedo

A dormir o a despertar?”

O te encuentras con versos tan conocidos como estos:

“Nunca perseguí la gloria

Ni dejar en la memoria

De los hombres mi canción:

Yo amo los mundos sutiles,

Ingrávidos y gentiles

Como pompas de jabón.”

Y que de tanto oírlos, han perdido ya hasta su valor metafórico y lo que significaron en la trayectoria poética del autor.

Hemos hecho un recorrido bastante rápido y muy a la ligera por la obra de Antonio Machado, queda para ustedes profundizarla y recrearse en ella.

En este volumen aparecen las siguientes obras:

Soledades; Del Camino; Canciones; Humorismos, Fantasías, apuntes; Galerías (hasta la edición de 1907, no aparecen Soledades y Galerías como una única obra, por esto Alvar prefiere separarlos); Campos de Castilla; Elogios; Nuevas Canciones; Cancionero Apócrifo; Poesías de Soledades (perteneciente a otra edición de la misma obra); Los Complementarios; Juan de Mairena; Poesías de Guerra; y algunos poemas sin clasificar.

Y para terminar, cuatro versos que dicen mucho:

“Prefiere la rima pobre,

La asonancia indefinida,

Cuando nada cuenta el canto

Acaso huelga la rima.”

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